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«Hay un componente obsceno a la hora de asomarte al dolor»

GADEA G. UBIERNA
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Armada cubrió el cerco de Sarajevo y el genocidio de Ruanda con El País. Fue corresponsal en África para esta cabecera y, después, en Nueva York para ABC. Es presidente honorífico de Reporteros sin Fronteras España

«Hay un componente obsceno a la hora de asomarte al dolor» - Foto: Bernardo Pérez

Con especificar que Alfonso Armada cubrió el sitio de Sarajevo y el genocidio de la población Tutsi en Ruanda es suficiente para entender que este periodista de larguísima trayectoria y variopinta experiencia está curtido en atrocidades. Afirma que el estrés postraumático que sucede a cada conflicto armado vivido pasa, pero no el recuerdo. «Las imágenes quedan grabadas en la memoria para siempre», dice, admitiendo que tampoco uno vuelve a ser el que era antes de ir a una guerra para ver, escuchar, comprobar y relatar. Ha compartido sus vivencias en libros como Cuadernos africanos o Sarajevo, pero esta tarde volverá sobre ello en el MEH, dentro del ciclo 'El mundo, en conflicto', que organiza el Museo de la Evolución Humana en colaboración con Diario de Burgos. 'El peligro de un mundo sin hechos' es el título de su charla, que empieza a las 20.15 horas en el salón de actos.

El sitio de Sarajevo fue su primera guerra, ¿visto un conflicto vistos todos?
No, cada conflicto es único porque las víctimas son distintas y porque es imprescindible analizar el contexto, la historia, los antecedentes políticos, culturales, económicos... Todas las guerras son distintas y todas se parecen, pero creo que una forma de despreciar el sufrimiento es pensar que todas son iguales. Es como convertir a todas las víctimas en una sola.

En las facultades tiende a mostrarse una imagen idealizada del corresponsal de guerra, pero usted es de los que no han omitido el miedo ni las penurias experimentadas en el ejercicio de la profesión, ¿cómo le cambia a uno la guerra?
Para siempre y, si no lo hace, es que tienes un problema en la capacidad para sentir compasión por el dolor ajeno. En las facultades hay algo que siempre se omite, porque cuando un estudiante expresa el deseo de convertirse en corresponsal de guerra lo que más le fascina es esa sensación de estar asomándose a la historia y de vivir experiencias al límite. Pero si vas a contemplar de cerca escenas de una crueldad inaudita, has de tener en cuenta que eso te va a cambiar y va a tener un coste para ti. Hay que estar dispuesto a arrastrar esa carga contigo. Y, aparte del miedo, que es necesario para no correr riesgos, hay que manejar una distancia complicada; hay que sentir compasión, pero la pena y el dolor no pueden abrumarte al punto de no dejarte trabajar. Hay un componente obsceno a la hora de asomarse al dolor y contarlo.

¿Que decaiga el interés por Ucrania es solo una cuestión de tiempo?
Sí, forma parte la naturaleza de los medios.La información sirve para que la gente tenga conciencia del mundo en el que vivimos, pero muchas veces los medios se dejan condicionar por la sociedad del espectáculo y se acaba provocando cierta fatiga en los espectadores. Y si las cuotas de audiencia empiezan a disminuir, se deja de prestar tanta atención; es triste pero así funciona el mercado de las noticias. Ahora hay conflictos tremendos: en Yemen, en Siria, en Afganistán, donde no hay guerra, pero los talibanes están aprovechando esa desatención para volver a las andadas, en América, en África... Es posible que acabe pasando con Ucrania, aunque al ocurrir en suelo europeo y con el riesgo de extensión, de momento no decae.

¿No es arriesgado pensar en el consumidor de noticias como un espectador y en los medios como un espectáculo?
Sí, pero los medios, sobre todo los audiovisuales, juegan con esa doble vertiente de información y entretenimiento. Y algunos lo hacen de forma más ostensible, lo cual ha provocado que el periodismo sufra bastante desprestigio. Así que es importante que recuperemos la verificación de todo lo que contamos, que separemos con más claridad hechos de opiniones y que defendamos que hay historias que la ciudadanía debe saber, muchas veces a su pesar. 

¿Cómo se está contando en Occidente la guerra en Ucrania, nos estamos enterando de lo que ocurre?
Sí, creo que la cobertura está siendo exhaustiva y ecuánime. Si la gente quiere, tiene muchas opciones para informarse. Pero no basta con navegar unos minutos; para enterarse hace falta profundizar y querer saber. El lector también tiene obligación de tomarse tiempo y de entender que si se quiere buena información, hay que pagarla. 

¿Qué diferencia a esta guerra de otras, más allá de que se produce en Europa y sentimos miedo?
Una diferencia fundamental es la exposición permanente a las noticias. Antes, los ciclos de noticias eran más razonables. Ahora estamos en otra vorágine, que afecta a los usuarios de medios y a los periodistas; hay una permanente invasión de alertas de noticias y falta esa distancia para sopesar, comprobar, editar y leer con más calma. Esa exposición permanente provoca ansiedad. En lugar de dar conocimiento y argumentos para entender, alimenta la emoción. También pasó con la pandemia. 

Esta guerra se produce en suelo europeo, pero las de los Balcanes también y se prolongaron diez años; cuatro el cerco de Sarajevo.  ¿ Qué responsabilidad tuvo Europa?
Europa, Naciones Unidas, la OTAN ... Tuvieron mucho que ver en la duración. Una de las mayores frustraciones que sentíamos los periodistas era esa: '¿Cómo es posible que esté ocurriendo algo así en Europa, después del compromiso de que nunca más se iban a tolerar crímenes de esa magnitud, genocidios o limpiezas étnicas en suelo europeo?'. Bueno, pues se cometían, se sabía, se retransmitía de forma sistemática y, sin embargo, no provocó una reacción contundente. Solo tras la matanza de Srebrenica, [Bill] Clinton persuadió a la OTAN para bombardear las baterías serbias alrededor de Sarajevo y se puso fin a la guerra. Entonces se inició un largo proceso, que acabo en Dayton, con unos acuerdos de paz que ratificaban lo conseguido a sangre y fuego sobre el terreno. Ahora estamos en lo mismo: ha habido una invasión infame de un país soberano y es verdad que está habiendo apoyo y que se acoge a inmigrantes, pero la guerra sigue y nadie es capaz de pararla.

Usted ha vuelto al Sarajevo que vive en paz. ¿Diría que el conflicto se resolvió?
No lo diría en esos términos. El conflicto provocó que se creara un país imposible, que es Bosnia-Herzegovina, formada por dos entidades: una, la Srpska, que está deseando integrarse en Serbia y otra formada por croatas y musulmanes que tampoco funciona. Muchísimos jóvenes están huyendo porque no ven porvenir, la corrupción es rampante, sigue habiendo unidades de la UE y de la ONU para preservar esta paz precaria... Bosnia lo único que quiere ahora es integrarse en Europa; es algo paradójico, todos los países que formaban parte de antigua Yugoslavia, que se mataron con un ensañamiento tremendo, quieren formar parte de la UE. Hubiera sido mejor que lo hicieran antes de aniquilarse unos a otros. 

¿Qué lecciones se han sacado de aquello?
Cuando entrevisté a Susana Sontag en Sarajevo le pregunté si la historia nos enseña lecciones y ella contestó que sí, que nos enseña, pero que no queremos aprender.