'Sin techo' más preocupados por comer

Antonio Martín (EFE)
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La desesperada situación de las personas que viven en la calle se agudiza al haber menos voluntarios y estar cerrados bares e iglesias

‘Sin techo’ más preocupados por comer

A Ramón, un sin techo de 50 años, le preocupa mucho más si podrá comer mañana que el riesgo de contagio de coronavirus y por eso acude puntual al reparto diario de alimentos de la Cruz Roja en Alicante, una labor solidaria de calle que estos días es más difícil porque hay muchos menos voluntarios.
Y es que la mayoría son jubilados, un colectivo de alto riesgo. Lógicamente, se quedan en casa. Algo parecido les sucede a los padres y madres de familia, que tienen que cuidar de sus hijos. 
Y todo esto se produce, precisamente, pese a que el COVID-19 golpea directamente a los sin techo porque el estado de alarma ha dejado las calles desiertas y apenas reciben limosnas ni ayudas directamente de los transeúntes.
No pueden dirigirse a la puerta de las parroquias ni tienen opción a recoger los sobrantes de alimentos procedentes de bares o mercadillos, prohibidos en toda España desde hace ya dos semanas.
A esto se añade que las restricciones de movimiento por el estado de alarma no les impide seguir viviendo en un cajero, protegidos por un plástico, bajo un puente o a la intemperie pero, en cambio, sí desplazarse mucho más allá de donde pernoctan.
Por eso, estos días es acuciante la labor solidaria para atender a estas personas invisibles, y entidades como Cruz Roja se afanan en buscar manos altruistas que repartan a pie de calle comida.
Ramón pone voz a Natalia, Raúl, Ricardo y a tantos otros que llegan cada mediodía al puesto de reparto de alimentos de Cruz Roja en la calle Teulada de Alicante, donde hasta hace dos semanas cada jueves y sábado se instala el principal mercadillo de la ciudad.
Como todo el mundo, no quiere contagiarse del virus, pero «mucho más» le preocupa qué poder «llevarse a la boca».
«Nadie se acuerda de nosotros salvo alguna excepción como Cruz Roja», se oye a menudo en las largas filas de estos sin hogar que, separados por una distancia de más de un metro, aguardan pacientemente su kit de alimentación.


Café y yogurt

Se trata de una bolsa con dos bocadillos de jamón y queso, otras dos piezas de fruta, un yogurt, un zumo y una botella de agua que, junto con un caldo o café caliente, les tiene que alcanzar para todo el día.
«No hay sitio donde ir a comer: está todo cerrado a cal y canto», se lamenta otro usuario que al comienzo de la crisis intentó sin éxito entrar en el polideportivo de 70 camas abierto por el ayuntamiento.
Por todo esto, la labor de los voluntarios tiene estos días más que nunca nombre y rostro como el de José, de amplia sonrisa y que vive dignamente en una vieja caravana de un polígono sin despegarse de un respirador portátil por problemas en los pulmones.
También el de Narciso, de 66 años, sin movilidad en las piernas y cuyos amplios ojos azules deslumbran en una de las calles del centro, el de Maricarmen, que malvive bajo unos plásticos, o el del inglés John, que sobrelleva sus dolores «siempre con sonrisa».
Son personas como cualquier otra que, más allá de la razón por la que han acabado en la calle, agradecen especialmente que sus vecinos «normalizados» les miren a los ojos y les dirijan un saludo para sentirse un poco menos invisibles.