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Adiós a los míticos cachis de croquetas en 'El Cid'

L.N.
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Después de 39 años detrás de la barra de este bar-restaurante y de 11 más en Barcelona, Pedro Izcara ya disfruta de la jubilación. Fue pionero al implantar el menú del día para trabajadores en la capital ribereña

Adiós a los míticos cachis de croquetas en ‘El Cid’ - Foto: DB

Más de uno se llevará una sorpresa cuando aterrice en agosto en Aranda de Duero para disfrutar de Sonorama Ribera y vea que el mesón El Cid ha cerrado sus puertas. Sin duda, se sentirán un tanto huérfanos sin los míticos cachis a rebosar de croquetas que sentaban de lujo ya fuera a la hora del vermut, a las cinco de la tarde o las tres de la madrugada. Porque Pedro Izcara siempre estaba ahí. Detrás de la barra y con la plancha encendida. ¡Qué socorridos esos bocadillos de lomo a las tantas cualquier fin de semana! Él acostumbraba a cerrar el último en la zona de abajo. Una vez que bajaban la persiana el resto de pubs, el destino estaba claro: El Cid. "Era matemático, la gente llegaba en tropel", recuerda, incapaz obviamente, de calcular cuántos estómagos se habrán asentado en su bar, parada obligatoria antes de emprender el rumbo a casa.

Ahora que ya disfruta de la jubilación después de 39 años al frente del bar-restaurante El Cid y de otros 11 en Barcelona, Pedro explica que la moda de los cachis de croquetas surgió hace tiempo porque "la gente quería llevarse la comida cuanto antes". A ello se suma que, en ocasiones, cuando ya había barrido y fregado su establecimiento, solía aparecer algún que otro rezagado, por lo que la fórmula del cachi le resultaba de lo más útil. Y es que, según cuenta Izcara, en esos vasos ha llegado a servir hasta tortilla. "Nadie daba comida a esas horas y variedad había un montón". Callos, albóndigas, bacalao o chipirones rellenos eran algunas de sus especialidades, a las que añadía un sinfín de bocadillos y raciones.

Pero no sólo eso. Izcara fue pionero al implantar el menú del día para trabajadores en la capital ribereña en los 80. Asumió las riendas del local en 1983 en un traspaso "al señor Arribas". El mesón, cuyo interior era completamente de madera, había abierto cinco años antes y lo llevaban dos hermanas. A finales de 1987, Pedro se quedó también con la planta de arriba, donde instaló la cocina y el comedor, mientras que abajo dejó el bar. Con la experiencia que había cosechado en Barcelona, se animó a ofrecer menús. "No era lo mismo comer por 350 pesetas que por 3.000, como en la mayoría de restaurantes, que trabajaban a la carta. Di comidas por un tubo. En aquel entonces había muchos viajantes y la calle no era peatonal", detalla, mientras subraya que llegó a contar con seis empleados.

"1ª generación y última". Lo suyo ha sido un no parar. En total, 50 años y medio en el mostrador, sin que le faltara su raspita de jamón y su cañita, los dos únicos caprichos que se daba para hacer más llevadero el día a día. Izcara, procedente de Baños de Valderados, empezó a trabajar con 15 años y se ha jubilado en cuanto cumplió los 65. "Nunca he estado en el paro, sólo iba a buscar gente para trabajar", puntualiza. Reconoce que desde los 55 se le ha hecho "un poco cuesta arriba" y, claro, los dos últimos años de pandemia han sido "terribles". Sin olvidar, añade, que el alterne en la capital ribereña ya no es lo que era. Apenas se ven cuadrillas de 14 o 15 amigos que sigan religiosamente un recorrido por distintos bares para chatear. "La juventud ha cambiado. El ambiente ha cambiado", asegura Pedro.

Cuenta que su vida ha sido la hostelería y que "a casa iba a dormir, pero vivir, vivía en el bar". Por eso, sostiene rotundo que él representa "la primera generación y última" que se dedica a un sector que no ha recomendado a sus hijas.

Ahora, Pedro disfruta junto a su mujer, Tere, de tantas y tantas horas que hasta este momento no habían podido disfrutar juntos. Suman 33 años casados y, por fin, pasean juntos de la mano, casi como si vivieran un segundo noviazgo. Con una tranquilidad inaudita para ambos, no pueden evitar sonreír al decir que su única obligación es sacar de paseo a su perrita, Nala. Pedro se lleva el cariño de sus clientes y de un sinfín de personas que siempre que volvían a Aranda pasaban por El Cid a saludarle.