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La batalla que cambió la historia

Javier Villahizán (SPC)
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Hace 450 años, la Liga Santa, integrada por España, Venecia y los Estados Vaticanos, vencieron al imperio otomano en Lepanto, en lo que fue considerado una epopeya de la cristiandad contra el infiel musulmán

La batalla que cambió la historia

Como ya había sucedido en la toma de Granada en 1492 por parte de los Reyes Católicos contra el dominio nazarí de Boaddil, la batalla naval de Lepanto en 1571 no fue un simple combate estratégico o una conquista de territorio, sino que se trató de un choque global  entre superpotencias sobre dos conceptos de cómo entender el mundo: el cristianismo y el islam. 

Hace 450 años tuvo lugar en el golfo de Lepanto, antesala del también famoso de Corinto, en Grecia, uno de los enfrentamientos más sangrientos y fratricidas por dominar el mundo occidental y el Mediterráneo. El imperio otomano y la Liga Santa (una coalición militar integrada por los Estados Pontificios, España y Venecia, además de Malta y Saboya) se batieron a fuego en la que se consideró la mayor batalla marítima de la Historia hasta ese momento.

El 7 de octubre de ese año del Señor, más de 400 galeras, 204 cristianas y 205 musulmanas, y casi 200.000 hombres, se enfrentaron en una lucha que mostró el poder de la artillería europea sobre la marina otomana. Y constató, según los historiadores, la supremacía cultural, social, religiosa y militar de la escuadra occidental frente a la oriental. 

Ese momento bélico, patrocinado por el Papa Pío V, el monarca español Felipe II y el duque veneciano Alvise Mocenigo, logró frenar y taponar una de las mayores amenazas para Europa, la conquista otomana del Mediterráneo occidental.

Hacía años que las naves turcas se habían lanzado al control de esta parte del globo y amenazaban desde hacía tiempo las costas italianas y españolas. Chipre, tras la capitulación de Famagusta, cayó en manos turcas y la isla de Malta a punto estuvo de ser tomada. 

Ante este creciente peligro, este conjunto de estados católicos formaron una entente para enfrentarse a la armada turca y detener su avance. Así se constituyó la temible Liga Santa, que se puso bajo el mandato de Juan de Austria, hijo bastardo de Carlos V, pues no en vano España sufragaba la mitad de los costes de la alianza. 

Tras concentrarse la armada cristiana en Mesina, en el noreste de Sicilia, la flota zarpó hacia aguas griegas para enfrentarse cara a cara a la marina otomana en el golfo de Lepanto.

Escuadras 'igualadas'

Al alba del 7 de octubre, los buques de la Liga Santa comienzan a desplegarse en la boca del golfo. Lo hacen en tres cuerpos formados en línea, y con una reserva en retaguardia. Los musulmanes, bajo el mando del almirante Alí Pachá, también forman en tres cuerpos, desplegados en forma de media luna. En total son unas 200 galeras por bando. La escuadra cristiana está compuesta por cerca de 90.000 almas y su enemiga, por un número similar.

A primera vista, las fuerzas parecen equilibradas, pero la realidad es otra. Los hombres de Juan de Austria suman unos 36.000 soldados de infantería, más unos 34.000 marineros y galeotes libres que son armados para que, llegado el momento, se sumen también al combate. Otros 20.000 van como remeros forzados; de ellos, los que no son esclavos comienzan a ser desencadenados con la promesa de libertad e indulto de sus penas si demuestran su valor en la lucha. En la armada otomana los hombres de armas son menos, en torno a 20.000. Además tienen el problema de que un elevado número de sus galeotes son esclavos, en gran parte cristianos, por lo que no son muchos los que pueden liberar para que les ayuden en la batalla. 

La balanza parece entonces clara, la flota católica dispone del doble o triple de combatientes que el enemigo, lo que va a ser determinante para el resultado final.

Tras cuatro horas de combate, la flota turca fue aniquilada, con 15 galeras hundidas y 190 apresadas, y su capitán Alí Pachá capturado y muerto de un arcabuzazo. Eso antes de que los soldados de la Liga Santa le cortaran la cabeza, la clavaran en una pica y la expusieran a la vista de cuantos pudieran verla. 

Una gran hazaña

Tras la victoria del catolicismo sobre el infiel musulmán, la epopeya militar pasó a un segundo plano y la famosa batalla de Lepanto se convirtió en arte y cultura. 

En los años finales del siglo XVI y posteriores se prodigaron las loas, los poemas y las distintas composiciones sobre la valiente gesta. 

La lírica sobre la victoria de la Liga Santa se hallaba ya en la Relación de la guerra de Chipre y suceso de la batalla naval de Lepanto, del famoso poeta español Fernando de Herrera, el Divino, publicada en Sevilla en 1572. Paralelamente, también salieron otras versiones, como las de Antonio Lofrasso y Jerónimo de Costiol. Pero el acontecimiento literario más destacado fue la aportación de la batalla naval a la creación de un nuevo estilo narrativo: la escritura épica española.

La pintura, a través de Tintoretto, Tiziano o Veronese, también aportó su granito de arena a encumbrar la hazaña cristiana como  ejemplo de lo que fue el Imperio español.