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La M.O.D.A. vuelve al lío

ALMUDENA SANZ
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La Maravillosa Orquesta al Alcohol publica este viernes 'Ninguna ola', con el que toma un nuevo rumbo con la producción de Raül Refree, pero sin perder la esencia apuntalada estos diez años

David Ruiz, Caleb Melguizo, Álvar de Pablo, José Ángel Hortigüela, Jacobo Naya, Nacho Mur y Jorge Juan (de i. a d.) vuelven a la carretera. - Foto: Laura Sisteró

No necesitan presentaciones, bastarán unos minutos para que sus fieles se sepan sus nuevas canciones de pe a pa y empezarán a contar las horas para botar con ellos. La Maravillosa Orquesta del Alcohol (La M.O.D.A.) vuelve al lío. La cuenta atrás se ha iniciado. El viernes sale Ninguna ola, un disco del que en la preventa ya han colocado más del doble que del anterior, Salvavida (de las balas perdidas). Se juntan en el local de ensayo. Llevan a rajatabla las medidas contra la covid-19 y prefieren que las entrevistas sean por teléfono. 

Pero nada tiene que ver el título de este cuarto trabajo con la pandemia que se ha cruzado en el camino de estos músicos que hace poco más de un año anunciaron que se retiraban a los cuarteles de invierno tras una vertiginosa gira. Escogieron esa Ninguna ola por el cambio que navega en ella. «Las olas del mar, las partículas del agua, están en constante movimiento, todo el rato, no hay ninguna igual a la anterior. Y, a la vez, esta idea nos aleja del camino que era esperable que llevásemos», responde Jacobo Naya (guitarra, teclado). 

Ese nuevo paso va marcado por la batuta de Raül Refree. Con el productor catalán coincidieron hace dos años en un avión rumbo a Colombia. Pero entonces aún no sabían que sería quien dirigiera ese viraje en su rumbo. «Había una necesidad de ir por otro lado sin perder nuestra esencia. Nos dimos cuenta de que necesitábamos esa visión externa que cambiara la mirada del equipo que habíamos configurado estos diez años, con el que estábamos muy contentos, pero sentíamos que este nuevo paso urgía un nuevo productor», apostilla David Ruiz (voz y guitarra).

Esa dirección, observa Nacho Mur (guitarras), se aprecia en unas canciones más desnudas, dando a cada una lo que pide en cada momento, sin necesidad de que todos los instrumentos suenen a la vez para emocionar, son más crudas y se han grabado en el estudio en directo. «Suena muy a nosotros porque está grabado como tocamos en el local. Es el disco con más verdad». 

Ese querer perderse por otros recovecos, mirarse en otros espejos e imprimir nuevos colores no impide que en este nuevo álbum siga aflorando ese grupo de los chicos de las camisetas interiores blancas que en febrero cumplirán diez años, una década desde que debutaron en el escenario de El Hangar. La M.O.D.A. no puede escapar de La M.O.D.A. 

Cada una de las diez canciones brinda un hallazgo, un pequeño tesoro de ese golpe de timón. Ese deslumbramiento se produce desde el minuto uno. 93 compases surge como una carta de presentación, en la que se van «uniendo los instrumentos, empieza la guitarra y la voz, se une el clarinete y el acordeón, las guitarras eléctricas, la batería, que entra en medio con unos golpes seleccionados en una búsqueda premeditada de originalidad». Esos destellos de cambio refulgen en el saxo barítono que suena por primera vez en La vuelta -«fue la última canción que compusimos y grabamos y surgió como reacción a todo el disco. Después de dar vueltas a todo, medir cada detalle, sale más espontánea y del tirón»- o en la caja de ritmos que, también por primera vez, se cuela en Un bombo, una caja. Sorprende el silbido de Teo, el hijo de Refree, que pone la nota popular, en Regresso á vida; el papel de la guitarra en Barcos hundiéndose o el recitado de David y Álvar en Conduciendo y llorando, posiblemente, anotan, el estribillo «más pop, edulcorado o amoroso» de toda su carrera.  

La cosa se complica cuando toca hablar de las letras. «La misma puede ser dos mundos para distintas personas. Nuestras canciones hablan de la vida, que es lo que nos influye. El disco surge de cómo interactuamos con el mundo. Está todo mezclado de una manera caótica como la vida misma». 

Una vida en la que hay momentos de rabia, de confusión, de niebla y nitidez, de dejarse llevar por el impulso de una historia de amor de una noche -«es el disco más de amor de La M.O.D.A.»- o dejar madurar los sentimientos, del recuerdo de la inocencia y, tal vez, de su añoranza, de la ciudad propia como refugio (Banderas sin color) o de la tristeza -«forma parte de la vida, huimos de ella, pero la vida real es casi todo perder, aunque nos dé miedo enfrentarnos a esos sentimientos de nostalgia y oscuridad no tiene sentido esconderlos, forman parte de nosotros»-, aunque desmontan una primera impresión de disco triste para abrazar el mensaje luminoso que deja. 

Lo que sí tienen claro es que este álbum es la suma de la experiencia, que son canciones en las que crecen juntos, y no hubieran sido posible hace unos años. «La música es algo curativo, que te ayuda a combatir los malos momentos y a expresar los buenos. Aunque suene a eslogan de Mr. Wonderful, la música, igual que la vida, compartida tiene más sentido», remacha Ruiz convencido de que pronto podrán sumar a ese equipo a su público, que, cada vez, ocupa más sitio.