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Javier Santamarina

LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Top gun

04/06/2021

Para actores de películas como Top Gun, asumir el paso del tiempo debe resultar una crueldad. Esta experiencia acompaña a los espectadores que en su momento pensaron que unas gafas Ray-Ban les dotarían de personalidad o a aquellos que creyeron que Val Kilmer tenía más futuro que Tom Cruise, aunque desde luego altura sí que poseía. Otros siguen sin haberse recuperado de la imagen icónica de Kelly McGuillis en Único Testigo. Pero volviendo al inicio de la historia, perderse en disquisiciones sobre las banderas de la cazadora, solo nos demuestra hasta qué punto China ha alcanzado en la secuela de la película un estatus que antes tenía Taiwán.

Con demasiada frecuencia centramos el mérito bélico en saber morir con dignidad y sacrificar estoicamente la vida por un bien superior, y con ello, cumplir con nuestra obligación social. Salvo un cuáquero desorientado, formato Gary Cooper en El sargento York, esa concepción militar no solo es infantil sino que imposibilita alcanzar el objetivo básico: ganar la batalla. Cualquier hecho histórico relevante, no solo está escrito por los vencedores, sino que trasciende el sacrificio de individuos mejores pero en el lado contrario.

Podríamos disertar como Hannah Arendt sobre el Mal, pero es indudable que no todos los soldados de la Wermacht eran seres despreciables. Muchos brillantes generales del ejército alemán sintieron que era su deber patriótico aplicar su talento en el frente. Pero cometeríamos un gravísimo error si no asumiéramos que solo los aliados defendían una causa por la que mereciera la pena morir. El brutal frente del Este demostró que los soviéticos tenían más miedo al partido comunista que a los nazis; éstos últimos comprendieron muy tarde que solo a un lunático se le ocurre tener dos frentes a la vez y encima contra las dos naciones más poderosas del momento. A eso se le llama ego.

El problema es que nuestra aguda capacidad de análisis nos impide comprender lo más sencillo. Las guerras, la violencia que la acompaña, son escenarios indeseables que una mente cuerda debe eludir. Pero una nación no puede renunciar a proteger su soberanía nacional o garantizar la vida de sus ciudadanos. El prodigio tecnológico ha evitado que miles de cohetes hayan provocado una masacre. Décadas de militante pacifismo han impulsado ejércitos profesionales, donde delegamos la fuerza, creyendo que en ningún caso será justificado su uso. Es el primer paso para una derrota segura y nos impide comprender el dilema de Israel.