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Jesús Quijano

UN MINUTO MIO

Jesús Quijano

Catedrático de Derecho Mercantil de la Universidad de Valladolid


Sociedades obreras

02/05/2022

Permanece en mi pueblo de origen, Saldaña, una entidad llena de simbolismo, por más que su utilidad real haya decaído con el paso del tiempo. Cumplió ya un siglo en 2020 y mantiene también su denominación histórica, que era la de «Sociedad Obrera de Socorros Mutuos», con el único cambio, por motivos legales, de Sociedad por Asociación. Y ahí sigue, celebrando su fiesta cada 1º de mayo, conservada y apreciada por tantos paisanos que la hemos conocido desde siempre y seguimos afiliados a ella.
Resulta que hace un siglo, en aquel contexto social y económico tan particular de los años 20, aumentaba con rapidez el número de trabajadores asalariados por cuenta ajena, pero las condiciones de trabajo no eran las más favorables, y la protección social no tenía aún un desarrollo ni siquiera mínimo. Proliferaron en muchos lugares entidades como la citada, fomentadas por maestros y profesionales sensibles al problema, por trabajadores que iban adquiriendo conciencia de tales, por sacerdotes imbuidos de la doctrina social de Iglesia de entonces. Los asociados aportaban una cuota periódica para formar un fondo con el que ayudar a paliar las necesidades del desamparo laboral en caso de enfermedad, accidente, desempleo, o fallecimiento. Incluso si el fondo acumulado no llegaba, se completaba la ayuda con sistemas de derrama y reparto. No se pudo encontrar una denominación más exacta, que reflejara mejor el sentido de la iniciativa: una sociedad obrera para el socorro mutuo. Eso eran, efectivamente.
Aún no había por entonces Seguridad Social pública y, a medida que la hubo, aquellas sociedades obreras fueron perdiendo buena parte de su función original. Hasta el punto de que poco a poco la mayoría fueron desapareciendo, algunas reconvertidas en Mutuas de previsión social, las más por disolución y liquidación. Las que optaron por seguir existiendo tuvieron que transformarse en Asociaciones civiles, acogidas al derecho de libre asociación. Y ese es el caso de la que permanece en Saldaña. Una entidad entrañable, que nos recuerda que sirvió para la solidaridad entre los vecinos cuando fue necesario. Todo un símbolo, ya centenario. Aunque sólo sea por eso, merece ser conservada y celebrada por siempre y para siempre, como ocurre con las cosas importantes.