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Dos estilos para ganar la Champions

C.P.
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Si en Atenas el San Pablo destacó gracias a su espectacular juego ofensivo y sus victorias abultadas, en Nizhny Novgorod le tocó sufrir y se agarró a su magnífica defensa para sobrevivir

Dos estilos para ganar la Champions - Foto: Valdivielso

El juego desplegado por el San Pablo en la Final Eight de Nizhny Novgorod dista mucho del ofrecido hace unos meses en Atenas. Todo fue diferente. A Grecia fue de tapado, brilló con un espectacular juego ofensivo y superó a sus rivales con contundencia, mientras a Rusia llegó con la presión del campeón, le tocó sufrir de lo lindo en todos los partidos,  se tuvo que agarrar a la defensa por su poca fluidez en ataque y dio una lección de coraje para superar el cansancio después una maratón de compromisos y dos brotes de coronavirus.   

De tapado a campeón 

El San Pablo llegó a Grecia de tapado. Nadie contaba mucho con los burgaleses en un torneo en el que estaban dos campeones como en el Tenerife y el AEK. Iba sin nada que perder. En Rusia, sin embargo, la presión estaba sobre sus hombros porque defendía título y partía como uno de los favoritos. Pese a no desplegar su mejor juego, supo lidiar con esa responsabilidad y sacó a relucir su gen competitivo.

De bordarlo a saber sufrir 
En los tres compromisos de la Final Eight de Atenas, el San Pablo dio una exhibición tras otra. Se deshizo de sus tres rivales con una ‘facilidad’ asombrosa y apenas se vio superado salvo en el primer cuarto de la final contra el AEK. Ganó al Hapoel de Jerusalén por casi 30 puntos (65-92) y no sufrió ni contra el JDA Dijon francés (67-81) ni contra el anfitrión (85-74).

Nada que ver con esta última edición, en la que ha sabido sufrir como nadie para sacar los partidos adelante. En cuartos y en semifinales, lo pasó muy mal antes del descanso y el choque decisivo fue una agonía continua. En el tramo final, los americanos del Pinar Karsiyaka apretaron y ahí tuvo temple para no venirse abajo. Un ejercicio de supervivencia con un final feliz.

Del espectáculo a la solidez  
Si en Atenas el juego ofensivo del San Pablo se llevó todos los halagos posibles, esta vez ha sido la defensa la clave para conquistar el título. Sin acierto exterior ni la fluidez habitual en ataque, las estrellas azulonas no tuvieron inspiración y apenas pudieron brillar. Todo lo contrario que en Grecia, donde se dieron un festín anotador.

Ante esa falta de ideas, al San Pablo le tocó bajar al barro y empezar a picar piedra. Su intensidad y su energía defensiva resultaron fundamentales para frenar a sus rivales. Un trabajo grupal sensacional que responde a una ecuación muy sencilla: si no puedes anotar mucho, intenta que tus adversarios metan menos.

El estado físico

La primera Final Eight se disputó a finales de septiembre y primeros de octubre, en los albores de la temporada. El San Pablo hizo una preparación perfecta para esa cita y llegó con una condición física mejor que el resto de sus rivales. Eso se notó sobre la cancha en la rapidez y la agresividad de su juego.

Sin embargo, en Rusia, los pupilos de Joan Peñarroya llegaron castigados el paso de una intensa temporada, la acumulación de una maratón de partidos en el último mes y dos brotes de coronavirus a sus espaldas, el último a principios de marzo. Llegar a tope a la cita no fue nada sencillo y, de hecho, sufrió varias derrotas en la Liga Endesa en las semanas previas. Aun así, supo reponerse y ofrecer un buen nivel, lo que habla muy bien del gran trabajo de Dani Hernández, preparador físico azulón.   

Salash por Huskic 
Pese a que ha habido muchas variantes entre una fase final y otra, lo que apenas ha cambiado es la plantilla. La única cara nueva es el bielorruso Maksim Salash, que fichó a finales de 2020 para sustituir a Goran Huskic. El serbio estuvo en Atenas, pero no disputó ningún minuto. Además, entró en aquella convocatoria el canterano Kareem Queeley, quien no viajó a Nizhny Novgorod.