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De Burgos a Guernica

R. PÉREZ BARREDO
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Del aeródromo burgalés salieron la mayor parte de los aviones de la Legión Cóndor que arrasaron la localidad vizcaína, cuna del pueblo vasco, recordada estos días por Zelenski

Tras el bombardeo, Pablo Ruiz Picasso pintó uno de los cuadros más universales de la historia del arte. - Foto: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

Fue el presidente ucraniano, Zelenski, quien el otro día quiso recordar uno de los episodios más icónicos y mitificados de la Guerra Civil española, el bombardeo de Guernica, para pedir firmeza en el apoyo y la solidaridad para con su país. Guernica ya era un símbolo para los vascos antes de aquel capítulo ominoso; el salvaje bombardeo lo catapultó; y un genio del arte, Picasso, lo convirtió en eterno. Aquella atrocidad, acaecida el 26 de abril de 1937, se urdió en Burgos. La víspera, el Palacio de la Isla, cuartel general de los sublevados, acogió una reunión a la que asistieron tres personajes: los generales Mola y Vigón, y Wolfram Von Richthofen, jefe de la Legión Cóndor, escuadrón aéreo germano que, asentado en su mayor parte en Burgos, daba cobertura aérea al ejército rebelde en las ofensivas del frente norte. 

Mola no se andaba con chiquitas.Ya lo había dejado claro unas semanas antes: «Si la rendición no es inmediata, arrasaré Vizcaya». La amenaza se cumplió al pie de la letra. Con el apoyo de la aviación nazi y la italiana, que también aportó de lo lindo, como en Durango, donde los enviados de Mussolini habían perpetrado una verdadera matanza. En aquel encuentro se marcó en rojo el objetivo. Por todo lo que significaba: había que atacar la localidad mítica de los vascos, la del viejo roble, la depositaria de las esencias ancestrales de quienes habitaban esa tierra. Guernica. Pretendían algo más que un bombardeo masivo: un golpe de efecto rotundo, acaso definitivo para la conquista de Vizcaya.

Del aeródromo de Gamonal salieron al día siguiente la mayor parte de los pájaros de hierro que habrían de arrasar Guernica. También desde Soria y desde Vitoria echaron a volar otros tantos. Se estaba celebrando mercado ese día en la localidad vizcaína pese a la reticencia de las autoridades republicanas. Cuando los aviones irrumpieron en el cielo se desató el caos, el horror más dantesco. En total, cayeron sobre Guernica 28 toneladas de bombas, 22 de las cuales fueron 'soltadas' por aviones salidos de Burgos. El caserío de Guernica quedó destruido en un 75 por ciento. Tras la tragedia se inició otra guerra: la de la propaganda. El Gobierno vasco dijo que perecieron 2.000 personas, aunque estudios actuales sitúan en menos de 300 las víctimas. El periodista George Steer, reportero de The Times y The New York Times que había sido precisamente expulsado de Burgos porque a los sublevados no les terminaban de gustar sus crónicas asépticas, poco o nada entusiastas, viajó a Guernica horas después. Sus crónicas conmovieron al mundo entero. También sobrecogieron a un exiliado español que residía en París y asistía con dolor a la sangría de su patria. Era pintor, de Málaga. Se llamaba Pablo Ruiz Picasso. 

La lápida del alemán. Hasta hace unos pocos años, en los jardines del Hospital Militar de Burgos podía verse una lápida con una inscripción en alemán. Se erigió a la memoria de Fritz Gortze, uno de los pilotos de la Legión Cóndor que bombardeó Guernica y otras localidades vizcaínas.En una de aquellas ofensivas, regresó a Burgos con heridas de las que no pudo recuperarse, falleciendo el 22 de junio. En octubre de 1939, concluida la guerra, se le rindió un homenaje con todos los honores, descubriéndose la citada lápida.