Javier Fernández Mardomingo

Cortita y al pie

Javier Fernández Mardomingo


Juncal

26/04/2024

Que es un torero más artista que Belmonte y más valiente que Espartero. Quien la ha visto, ha tarareado hasta la saciedad esto de Vainica Doble. Se nos ha muerto Jaime de Armiñán, padre de la criatura. Creador de la serie de series para los aficionados. El Quijote de los taurinos llevado a la televisión, que dice Juanma Lamet. La que hizo escuela y afición. La que mejor ha trasladado a la pantalla el lenguaje del toro, que es el de la calle y el pueblo. El de la sabiduría popular. 

Juncal hace que todos queramos estar un día sin tabaco al otro lado del río, allí donde decía Curro que el viento llevaba en volandas el bramar de la Maestranza para que, de niño, en Camas soñara con ser figura. Hace que queramos tener su elegancia, su gracejo, su bondad y por qué no, su cara de cemento armado. 

Juncal es la España que desaparece. La de la cultura de las gentes. La de la calle. Donde hace mucho frío pero en la que tipos así comen, beben y ríen de un modo u otro. Todo a la cuenta sin saber demasiado bien a la de quién, pero a una cuenta, al fin y al cabo. Hasta para limpiarse los zapatos y vestir traje de chaqueta. 

Existió de verdad un Juncal, me decía el otro día mi amigo Gonzalo Bienvenida. Jaime de Armiñan, íntimo y devoto de su familia, se lo contó. Era malagueño. Aficionado de hotel en hotel, de barra en barra, de ayuda en ayuda con una torería inmensa en el hablar. Con un arte que no se pué aguantar, que dicen allende Despeñaperros. 

Entre aquel tipo, la afición y el conocimiento del lenguaje y de los códigos más profundos de la tauromaquia del director, la cosa salió como salió. Eso, y un Paco Rabal inconmensurable, claro. Pero acompañado de Fernán Gómez, Emma Penella, el Brujo, que es nuestro Sancho Panza particular, la Lola de España o el burgalés Luis Miguel Calvo, que luego se anunciaría con ese nombre -Juncal- en los carteles. Casi nada. 

Se ha muerto Jaime de Armiñán. Que dejó bien claro que sin Rabal no habría Juncal que valga y seguramente tenga razón. El papel de su vida, dicen los que saben. Y el papel de la de los que somos aficionados, porque nos regaló a aquel torero que la televisión necesita y que todos quisimos ser por muchas penurias que pasara. Por mucho que no tuviera donde echar la noche. Todos quisimos ser Juncal para soltar un ¡tomo nota!, saludar por la mañana a la reina Maestranza, ir de taberna en taberna y tener a un Búfalo que nos limpiara las botas mientras le susurrábamos al oído que por favor nos contara otra vez aquella tarde gloriosa en el Puerto de Santa María.