El gran reto de Al Sisi

Agencias-SPC
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El recién reelegido presidente debe remontar a una nación que él mismo ha endeudado y que se enfrenta a una dura crisis económica

El presidente de Egipto, Abdelfatá al Sisi (archivo) - Foto: Europa Press/Contacto/Egyptian President Office

No tiene quien le haga sombra en Egipto desde que llegase al poder en 2014. Y, en vísperas de cumplir sus 10 años como presidente, Abdelfatah al Sisi seguirá liderando durante seis años más el país de los faraones -se impuso en las elecciones del pasado mes de diciembre- con el principal objetivo de remontar a una nación en horas bajas por la crisis económica.

A sus 69 años y tras una década en el poder, el exmariscal y antiguo jefe de la Inteligencia Militar del Ejército ha querido dejar claro en repetidas ocasiones quién manda en Egipto. Pese a haber afirmado en 2017 que solo permanecería en el poder durante dos mandatos, en 2019 impulsó una controvertida reforma de la Constitución para permitirle gobernar hasta 2030, en un principio. Porque no es descartable que pueda intentar continuar aún por más tiempo.

Erigido como único garante de la seguridad en el país, Al Sisi ha buscado que Egipto se desarrolle a golpe de talonario en divisa extranjera, lo que le ha costado ser uno de los Estados más endeudados del mundo.

Una de sus pasiones ha sido el desarrollo de megaproyectos, como la Nueva Capital Administrativa de Egipto, a unos 40 kilómetros de El Cairo y aún en proceso de construcción, cuyo coste se estima en 40.000 millones de dólares. Para ello, y para otros temas de gasto más corriente, el país se ha tenido que endeudar de forma preocupante: 165.000 millones de dólares que debe devolver en medio de una de las crisis más severas de la historia moderna del país, con escasez de divisa extranjera, una inflación oficial que ronda el 40 por ciento y la moneda ha perdido más de la mitad de su valor en el último año. Estas construcciones e infraestructuras han sido duramente criticadas por una población que supera los 105 millones de habitantes, cuyo poder adquisitivo se ha desplomado mientras el Gobierno ha eliminado subsidios fundamentales para la supervivencia del 80 por ciento de los egipcios.

«Si el precio del desarrollo y la prosperidad de la nación es no comer ni beber, lo haremos», aseguró Al Sisi en un polémico discurso dirigido a la población a finales de septiembre, en el que exhortó: «Vuestros sueños deben ser aún mayores que esto; no dejéis que vuestros sueños sean simplemente un plato de comida».

El mandatario tiene por delante una complicada situación económica en un escenario donde se espera una nueva devaluación de la libra egipcia, la tercera en los últimos dos años, cuando el valor oficial de la moneda local aproximado es de 32 libras por dólar estadounidense. 

El gasto público es otro de los temas que tendrá que abordar, ya que el dinero que pidió prestado para las grandes infraestructuras, cuya construcción da empleo a decenas de miles de personas, parece agotado, sin que la industria del país parezca capaz de absorber tanta mano de obra.

La deuda, contraída durante la última década de mandato de Al Sisi, tiene varios e importantes vencimientos el año que viene, si bien Egipto ha defendido su capacidad de pago, con ingresos programados suficientes, pero con reprogramaciones y negociaciones a la vista.

La privatización de sectores económicos en manos del Estado es otra opción que Al Sisi tendrá que evaluar seriamente en este tercer mandato, una fórmula compleja políticamente, pues para muchos analistas internos y externos, la situación de privilegio de las industrias militares, que impiden una competencia justa, evitará que Egipto obtenga el flujo de capital necesario.

Una década... y más

Tras derrocar hace una década el Gobierno de los Hermanos Musulmanes, del que fue ministro de Defensa, Al Sisi tomó medidas para garantizar la erradicación de esa organización islamista, declarándola «terrorista» y encarcelando al presidente, Mohamed Mursi, en «brutales» condiciones hasta su muerte, en 2019.

Preocupado por el control absoluto de la información, la lucha contra el terrorismo, la seguridad y su visión sobre el desarrollo de Egipto, el actual presidente ha sido muy duro con todo aquel que interfiera con su discurso.

«No escuchéis lo que dicen otros. Escuchadme solamente a mí, ya que yo no soy un hombre que miente y le da la vuelta a las cosas, solo velo por el interés mi país», dijo en 2016 en uno de sus numerosos discursos televisados, de oratoria marcada por el sarcasmo desmedido.

Según Amnistía Internacional, durante la última década miles de personas han sido encarceladas tras «juicios masivos manifiestamente injustos ante tribunales militares o de emergencia».

Mientras que Human Rights Watch estima que hasta 60.000 personas fueron detenidas por motivos políticos en Egipto desde que Al Sisi llegó al poder.

Estas y otras organizaciones denuncian que la última década ha presenciado «graves violaciones de derechos humanos», mientras que el Gobierno egipcio justifica que ha tenido que hacer frente a la «inestabilidad y el caos» generado por la revolución de 2011, que tumbó al régimen del exdictador Hosni Mubarak tras 30 años en el poder.