La Catedral secreta (y 2)

Héctor Jiménez / Burgos
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Tras el paseo por las torres y la cubierta, completamos el recorrido a lo largo de las zonas no visitables en la parte alta del interior, los triforios, el archivo y varias salas

Lo que no ve el turista de la catedral - Foto: DB/Ángel Ayala

Nos quedamos boquiabiertos. Acceder al piso superior del cimborrio de la Catedral de Burgos es entrar en otra dimensión en la que uno solo puede articular palabras de elogio y admirar la infinidad de detalles que Juan de Vallejo dejó en el que posiblemente es el lugar más bello del templo. Cuentan que Felipe II se sintió tan abrumado como nosotros y exclamó: «Más parece cosa de ángeles que de hombres». Al gobernante más poderoso de su tiempo no le faltaba razón.

La vista se deleita en las estatuas, en los relieves, en los escudos, en la delicada maqueta de la ciudad en el siglo XVI esculpida en la piedra. Asciende hacia las vidrieras que podemos tocar con la mano, a la espectacular bóveda estrellada que pende sobre nuestras cabezas. Pero también se escapa hacia abajo, donde el coro parece una maqueta y los escasos visitantes que desafían al frío son hormigas que recorren la nave central para detenerse solemnemente ante la tumba del Cid.

Todavía impresionados volvemos caminando sobre la cubierta que ya recorrimos la semana pasada, siempre guiados por nuestro paciente ‘lazarillo’, Álvaro Saiz, empleado de la Catedral, por aquellos lugares que los turistas no pueden ver (por cierto, que los lectores de Diario de Burgos apuestan por una apertura de estos espacios singulares, para grupos reducidos y con cita previa, según los resultados de una encuesta habilitada durante esta semana en nuestra página web).

Maravilla tras maravilla, nos dirigimos hacia un rincón entrañable para los burgaleses: la maquinaria del Papamoscas, el engranaje que sustenta a uno de los símbolos más queridos de la ciudad. Y no es sencillo llegar hasta ella, por una empinada escalera metálica con escalones poco aptos para pies grandes. La suerte quiere que coincidamos con el momento en que el Martinillo toca los cuartos.

En nuestro permanente subir y bajar, vamos ahora hacia el crucero atravesando las entrecubiertas. Caminando por encima de la nave norte, con la extraña sensación de estar sobre una superficie ondulada concebida para ser vista desde abajo y que aquí, en estas estancias siempre cerradas, no presenta concesiones a las filigranas.

Una vez más, una pequeña puerta nos empuja de nuevo a la admiración. Hemos aparecido en el triforio situado sobre la Escalera Dorada. Desde aquí tenemos una panorámica privilegiada, a media altura, del crucero. Se diría que aquí no hace tanto frío como a ras del helador enlosado.

Caminamos hacia el altar mayor, casi podemos tocar las estatuas de San Pedro y San Pablo, las únicas que miran directamente hacia la imagen de Santa María la Mayor, y nos adentramos por detrás del retablo que recoge escenas de la vida de la virgen.

En penumbra adivinamos el entramado de madera que componen los diferentes cuerpos y caminamos junto a pequeñas columnas mucho más humildes que el resto. Es evidente que este lugar no se concibió para la vista de nadie sino para quedar oculto. Tras rodear el retablo salimos hacia la nave sur.

Es más de mediodía, ha salido el sol y sus rayos iluminan con potencia todo el interior catedralicio. En momentos así ni siquiera haría falta la iluminación artificial porque la blancura de la piedra y los juegos de luces concebidos por los arquitectos del templo se muestran en todo su esplendor.

Justo entonces, buscando los contrastes, concluimos el paseo por las naves principales y vamos en busca de otras estancias menos conocidas. Una pequeña sacristía en la capilla del Corpus conserva dos ménsulas que aparentan ser un hombre y una mujer africanos, pintados de negro, con gruesos labios.

Sobre ella se sitúa el archivo catedralicio, un tesoro documental que custodia Matías Vicario y cuyo original más antiguo es un precioso privilegio rodado de Alfonso XI a la Catedral de 1311. Cientos de volúmenes se alinean en las estanterías con sus sellos originales colgando en pequeñas bolsas. Enormes libros de canto reposan en la parte baja y su aspecto revela que, pese a la buena conservación a temperatura ambiente, los siglos no pasan en balde.

La última parada nos lleva al otro extremo del templo, a la capilla de Santa Tecla. La temperatura que aporta el suelo radiante es una bendición de Dios y el mejor motivo para que el Cabildo haya trasladado hasta allí su vestuario y su sala de reuniones. 25 taquillas de madera para otros tantos canónigos se aprietan en los laterales y una sencilla mesa con el mismo número de sillas preside la parte central. Aquí se deciden las cuestiones del día a día que atañen a la pieza más importante del patrimonio histórico y artístico de la provincia, y en este lugar termina nuestro recorrido.

Solo nos faltan los pasadizos que recorren el subsuelo de la iglesia y llegan hasta el Castillo o el río Arlanzón. «¿Qué pasadizos?», repiten con sorna todos los responsables de la Catedral con los que hablamos. Lo mismo contesta el presidente del Cabildo, Juan Álvarez Quevedo: «¡Eso no existe, forma parte de la leyenda!». Desde luego, nosotros no los vimos.