El preestreno tuvo lugar a la salida de Lerma hace escasas semanas. El domingo por la mañana el Subsector de Tráfico de la Guardia Civil practicaba un control en toda regla en Melgar de Fernamental. La discoteca Las Vegas celebraba el Delirium Party -con la presencia de cinco DJ, entre ellos el famoso Pepo- un tipo de festival donde no es extraño el consumo de estupefacientes. Un lugar propicio, sin duda, para que la Benemérita lleve a cabo las primeras pruebas de detección de droga a conductores.
El primer aparato -drugtest- que observa la presencia de narcóticos en el organismo de las personas llegó a la provincia en el mes de diciembre. Dos efectivos -una sargento y un agente- completaron un curso en Mérida para familiarizarse con su uso, lo que ha permitido iniciar su funcionamiento en las carreteras burgalesas. En ocasiones también lo utilizan otros territorios, pues en Castilla y León hay solo 5 detectores.
Las pruebas por ahora son bastante selectivas -en principio el Subsector se ha propuesto realizar unas 20 al mes-. Por ejemplo, en el operativo del domingo se practicaron cuatro (todas ellas dieron positivo). El material que se utiliza -los bastoncillos colectores- es caro (algo más de 20 euros) y el procedimiento lleva su tiempo, más de media hora por conductor. En cinco años, calcula el capitán del Subsector, Juan José Medel, se llevarán a cabo «con la agilidad de las de alcoholemia».
La Guardia Civil practica dos análisis a los conductores dentro del furgón policial. El primero, de carácter indiciario, se lleva a cabo con un colector -una especie de tubo de plástico con receptor de líquido- que hay que chupar durante unos minutos. «Quienes han consumido necesitan tiempo, porque uno de los síntomas es la sequedad de la boca», explica la sargento. Esta muestra se introduce en el denominado drugtest, que es el aparato que indica si da positivo y en qué sustancias -cocaína, opiaceos (heroína), benzodiacepina (somníferos), cannabis, anfetaminas (speed) o metanfetamina (cristal)-. Esta máquina expide un ticket que detalla la presencia de estas drogas en el organismo de la persona.
Después se realiza un segundo test, de contraste. En este caso hay que chupar un bastoncillo colector, cuya muestra es enviada al Instituto de Toxicología de Madrid, que se encarga de dar validez al análisis previo y mide en nanogramos la cantidad de droga ingerida o inhalada. Estos bastoncillos viajan a la capital de España introducidos en unos termoviales -petacas congeladoras- que transporta la empresa Dräger, que suministra la tecnología de control de drogas al Instituto Armado.
Un positivo por droga conlleva en estos momentos una multa de 500 euros (250 por prontopago) y la retirada de seis puntos del carné de conducir. El coche del afectado queda inmediatamente inmovilizado -igual que en un control de alcoholemia-. En este caso al infractor no se le realiza una segunda o tercera prueba para observar si le ha bajado el nivel y puede coger el vehículo. Debe ser otra persona -bien que viaje con él y no haya bebido ni se haya drogado, o alguien que venga a buscarle- la que se haga cargo del coche.
En esta fase inicial las pruebas llevadas a cabo son muy selectivas. El agente debe observar una sintomatología en el conductor -pupilas dilatadas, agitación- antes de hacerle pasar por el análisis. En Melgar fue un pleno -cuatro de cuatro-. «No porque todos los que han estado en la discoteca hayan consumido, sino porque hemos elegido a personas que creíamos que podían estar bajo la influencia de alguna droga», explica el capitán Medel.
Comparadas con los análisis de alcoholemia que se realizan en un operativo -200 el domingo en la misma localidad (5 positivas)- cuatro pruebas de droga son pocas. Pero tanto Juan José Medel como el resto de efectivos desplazados al control -siete vehículos patrulla y uno camuflado con agentes del GIAT- subrayan la necesidad de llevarlas a cabo y de modernizar el proceso para «abaratarlo y agilizarlo».
«No puede ser que solo paguen el pato los románticos del Bacardi», indica uno de los funcionarios, queriendo decir que no solo pueden ser multados los que consumen alcohol cuando hay conductores que representan «igual o más peligro» bajo la influencia de drogas.
Por el momento, la detección de estupefacientes no conlleva ninguna sanción penal, a no ser que la Guardia Civil presente diligencias en el juzgado por haber observado en el infractor signos de conducción temeraria -conducir en zig zag, saltarse un stop, etc. Así como para el alcohol hay fijada una tasa -más de 0,60- que lleva aparejado un proceso penal, en el caso de los estupefacientes, no, pero es posible que en el futuro se establezca.