Diario de Burgos
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El sumo profeta

Óscar Esquivias - domingo, 8 de marzo de 2015
Ilustración de Gustave Doré perteneciente al Canto VIII.
El autor de Inquietud en el Paraíso, La ciudad del Gran Rey y Viene la noche, trilogía inspirada en el gran poema de Dante Alighieri, traza un perfil del autor italiano y de su más inmortal creación

A veces, cuando afirmo en público que a mí la Divina Comedia me entusiasmaba sin haberla leído, hay quien se ríe porque piensa que estoy bromeando, pero es la verdad. Antes que un texto literario, este libro fue para mí una suerte de fastuoso tebeo que atrapó mi atención infantil desde el primer momento. El responsable fue Gustave Doré, cuyos grabados acompañaban una edición barata que no sé cómo llegó a mi casa (seguramente procedía del rastro). Yo ya me había imaginado, a mi manera, la fabulosa historia que se narra en este poema antes de haberlo podido leer o haber sido capaz de entenderlo (con el Quijote, Moby Dick, Robinson Crusoe y alguna novela de Verne me pasó lo mismo). 
La Divina Comedia es, ciertamente, una gran obra teológica y un prodigio poético, pero también una apasionante novela de aventuras y la historia de amor más arrebatada que se haya escrito. ¿Quién supera a Dante? Fue capaz de romper la frontera que nos separa del Más Allá y de los difuntos, se adentró en los territorios del misterio y consiguió regresar indemne gracias al amor de una mujer. Sus versos tienen una belleza resplandeciente y su influencia en todas las artes, no sólo en la literatura, ha sido inmensa: Doré, Delacroix, Rodin, Liszt, Chaikovski o Puccini nos han dejado obras maestras inspiradas en la Divina Comedia. 
En Burgos también prendió la semilla dantesca, gracias al arcediano Fernández de Villegas, quien tradujo al castellano la primera parte de la obra. En su sepulcro, Villegas se hizo representar con un libro sobre el corazón. Quizá sea un simple devocionario, pero no es descabellado pensar que se trate del poema de Dante. En el siglo XVI los eclesiásticos humanistas amaban la literatura. 
El obispo Alonso Suárez mandó que le sepultaran en la catedral de Jaén con las odas de Horacio entre las manos (¡las odas del sensual y pagano Horacio!). ¿No sería lógico que Villegas quisiera llevar la Divina Comedia en su viaje al reino de las sombras? No se me ocurre ninguna obra mejor.

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