Sobrevivir al Gulag

R. Pérez Barredo / Burgos
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Seis burgaleses de la División Azul consiguieron regresar con vida tras doce años en el infierno stalinista. Fueron los último repatriados de la II Guerra Mundial

Repatriados burgaleses - Foto: DB/Alberto Rodrigo

En diciembre de 1943 José Abad Pereda, burgalés de 27 años, barbero de profesión, fue hecho prisionero y recluido en un campo de concentración de nombre impronunciable, en la URSS. Seguro que en ese momento se arrepintió de la decisión que había tomado sólo un año y medio antes: alistarse voluntariamente en aquel contigente que, con el nombre de División Azul, había decidido enviar Franco para apoyar a la Alemania de Hitler en su guerra demente contra el mundo. No supo entonces que para él comenzaba una odisea terrible, un infierno en la tierra. Los campos de prisioneros soviéticos, conocidos como Gulag, eran una maquinaria de humillación y muerte ideada por Stalin para exterminar a sus enemigos. Pero, a diferencia de muchos de sus compatriotas, José Abad sobreviviría a todo ello. Y eso que su cautiverio fue de los más largos: la friolera de doce años. En el camino se quedaron la mayoría de los prisioneros españoles que cayeron en las garras del temible dictador georgiano.

Abad fue rapado al cero y hacinado con otros prisioneros, la mayoría alemanes. No había ningún español en el campo. De la noche a la mañana se vio encarcelado, obligado a realizar trabajos forzados, sin entender una palabra de cuanto a su alrededor oía y en un invierno terrible, con días y noches de temperaturas inferiores a los 30 grados bajo cero, con nieve y hielo por todo paisaje. Durante cuatro años, su rutina fue tan sencilla como cruel. Dormía en un barracón infecto, hacinado con reclusos en su mayoría alemanes.

Los rusos le levantaban a la seis de la mañana. Por todo desayuno les servían 200 gramos de trigo cocido e idéntica medida en pan. Y a trabajar. En aquellos cuatro interminables años, el burgalés ejerció todos los oficios. Trabajó en minas, en obras de construcción, en fábricas. Jornadas de diez horas sólo interrumpidas por la comida, siempre la misma: berza, caldo y un mendrugo de pan duro.

Vio algo de luz el divisionario burgalés cuando en 1947 fue trasladado a Odessa, donde por fin, después de tanto tiempo, volvió a estar con españoles.

Sus condiciones de trabajo mejoraron notablemente. Al presentarse como barbero de oficio, fue asignado a esa labor para todo el campo de prisioneros. En adelante, aunque las jornadas seguían siendo maratonianas y las condiciones muy malas, su vida fue diferente, aunque creyó muchas veces que moriría allí, tan lejos de casa... Perdió la esperanza de regresar un día.

Mientras que la mayor parte de los soldados alemanes, italianos,  y de diferentes nacionalidades fueron puestos en libertad tras un lustro recluidos en los campos de internamiento soviéticos, la mayor parte de los prisioneros de guerra españoles tanto de la División Azul como republicanoes, que también los hubo, tuvieron de esperar hasta doce años para ver cumplido su anhelo de recuperar la libertad y regresar a la patria.

Tras la muerte de stalin. Tuvo que morir Stalin para que se dieran las condiciones. De aquel largo infierno sólo sobrevivieron 219 españoles, seis de los cuales eran burgaleses. Además de José Abad, que había sido dado por muerto hasta que su familia recibió en el domicilio de Medina de Pomar una carta escrita por un sacerdote alemán en la que informaban de que seguía vivo, resistieron José Luis Casado Moral, de 37 años y orihundo de Caleruega, a quien también se había dado por fallecido en las trincheras de la Segunda Guerra Mundial; Miguel Pereda Zorrilla, natural de Medina de Pomar, residente en Villarcayo y, como sus compañeros, oficialmente caído en combate; Sisinio Arroyo, de Fuentecén; Félix Sagredo Vilumbrales, de Burgos; y Fraciscco Aliaga, también de Burgos. Hubo más divisionarios burgaleses que lucharon en Rusia, pero había conseguido regresar en 1943.

El barco de la libertad. Tras arduas gestiones en las que medió la Cruz Roja, el viernes 2 de abril de 1954 se fletó un vetusto buque griego llamado Semíramis en el que embarcaron para ser repatriados los pocos supervivientes del cautiverio stalinista (se calcula que del contingente de casi 50.000 españoles divisionarios enviados a combatir a Rusia, 16.000 resultaron muertos o heridos y medio millar fueron capturados y recluidos en los terroríficos gulag).

El Semíramis atracó ese mismo día, por la tarde, en el puerto de Barcelona, donde fueron recibidos por una multitud enardecida con una puesta en escena muy propia del régimen franquista, que se atribuyó el éxito de la repatriación. Se encontraban todos en buen estado de salud, hecho revelador de que en los últimos años de cautiverio las habitualmente duras condiciones habían mejorado. Los burgaleses llegaron a Burgos al día siguiente, donde fueron recibidos como a verdaderos héroes.

En declaraciones a este periódico, que le entrevistó en el mismo andén de la estación del ferrocarril, José Abad fue muy elocuente: «Me veo en Burgos y me parece estar soñando. Estoy tan aturdido por la realidad de ayer y la realidad de hoy que me parece estar anormal. He de pasar algunos días antes de llegar a tener una idea exacta de lo ocurrido». No era para menos: doce años en los campos de trabajos forzados soviéticos no se resisten de cualquier manera. De hecho, la mayor parte de los que padecieron aquel horror stalinista no pudieron contarlo nunca.