Los joyeros de Burgos dan gracias a Dios porque en los últimos años los ladrones se han olvidado de ellos. En 2011, no fueron víctimas de ningún atraco ni butrón, pues «la acción de las bandas se ha concentrado en otras capitales, como Valladolid», señala Jesús Arroyo, presidente del sector. Recuerda el asalto a la joyería más importante de Valladolid, Ambrosio Pérez, en el mes de enero -cuando cuatro individuos se llevaron todas las piezas expuestas en el escaparate- y se le eriza el cabello.
«Toquemos madera», señala en un tono no del todo confiado. A pesar de todo los negocios burgaleses sí sufren un goteo continuo de pequeños hurtos que menguan la ya de por sí maltrecha cuenta de resultados de un sector que también padece los efectos de la crisis económica.
El pasado año, las joyerías de Burgos presentaron ante la Policía Nacional un total de 40 denuncias por pequeños hurtos, un 4% más que en 2010. En total, según calcula Arroyo, las pérdidas por estos hechos ascendieron a unos 10.000 euros.
Los sistemas que usan para llevarse las joyas son múltiples, aunque la clave de todos ellos está en entretener y distraer lo mejor posible al dependiente. El recurso más de moda últimamente es usar a un menor de edad. Tiene varias ventajas. La primera, que en principio no despierta sospechas. La segunda, quién mejor que un niño para «poner de los nervios al joyero con sus carreras y sus gritos». Y la tercera, de índole legal. De ser cazados, «es muy difícil que le pase nada judicialmente».
Mientras el chaval hace de las suyas, el adulto marea al dependiente pidiendo que le enseñe éste o aquel modelo, obligándole a sacar varias mantas a la vez. Cuando el descontrol llega a su punto máximo, el chico aprovecha para echarse al bolso una pieza.
Los «clientes» se marchan, «por supuesto sin comprar nada», y el joyero se queda recogiendo las 10 o 12 mantas que ha sacado. En ese momento, si en la tienda hay más gente, no le da tiempo a reparar en la pérdida. Lo hace después, al llevar a cabo recuento general, algo que puede suceder al cabo de varios días. «Y vete luego a hacer memoria de quién fue», indica. Está el recurso de acudir a las cintas de vídeo, «pero hay veces en que la escena ya está borrada o que la cámara no ha tomado bien las imágenes». En este caso, el comerciante está desprotegido. No tiene nada con lo que ir a la Policía para presentar denuncia. Con las imágenes, sí acuden a la Comisaría.
Puede ocurrir también que el tendero se dé cuenta de que le están robando. Entonces se invierten los papeles. El joyero no puede encararse a ellos, porque no sabe «de lo que son capaces». «Pueden llevar cualquier arma e ignorar hasta dónde pueden llegar para que no les pille la Policía», indica. Lo que hace, por tanto, es avisar a Comisaría pulsando el botón antiatraco. Entonces, se las tiene que ingeniar para entretener a los atracadores. «Sin dar muestras de nerviosismo hay que intentarles vender otra joya o hacerles algún presupuesto, de este modo se quedan en el local el tiempo justo para que lleguen los agentes y les pillen», subraya.