Con Miguelón llegó la fama

H. Jiménez / Burgos
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Se cumplen 20 años del primer gran hallazgo mediático en Atapuerca, un cráneo completo de Heidelbergensis que fue bautizado en honor a Indurain y que apuntaló la importancia mundial del yacimiento

El fósil original se expone en el Museo de la Evolución Humana de Burgos. - Foto: diariodeburgos.es

El por entonces redactor de Diario de Burgos Juan Ángel Gozalo escuchó aquella tarde que en Ibeas de Juarros corría el champán. Algo muy gordo tenían que haber encontrado los científicos de Atapuerca para que lo estuvieran celebrando sin disimulo. Había que enterarse de qué era y lo suyo le costó, pero finalmente logró adelantarse un día a la rueda de prensa del 23 de julio en el que fueron presentados dos cráneos «de más de 200.000 años». El equipo dirigido por Juan Luis Arsuaga había encontrado en la Sima de los Huesos piezas de enorme valor.

Se cumplen ahora 20 años de la campaña de excavaciones de 1992, un hito en la historia de Atapuerca porque por primera vez colocó a la sierra burgalesa en el escaparate mediático mundial y porque confirmó que los yacimientos tenían un potencial extraordinario. A la vista de las evidencias de los años anteriores, todos los expertos sabían que en las entrañas de ese monte había un tesoro, pero Miguelón fue su primera imagen universal.

Bautizado así en honor a Miguel Indurain, el ciclista navarro que por entonces ganaba su segundo Tour de Francia, el técnicamente conocido como ‘cráneo número 5’ es un neurocráneo y la mandíbula (encontrada un año después)de un individuo del Pleistoceno Medio de la especie Homo Heidelbergensis. Estaba enterrado bajo piedras y arcilla acumuladas durante decenas de miles de años al fondo de la Sima de los Huesos, un verdadero paraíso de los fósiles por su abundancia y su estado de conservación.

Su datación ha ido variando con el paso de los años, pues desde esos 200.000 años de los que se hablaba inicialmente se pasó a 300.000, luego se incrementó hasta 600.000 y recientemente los últimos estudios lo han rebajado a 500.000, debates científicos incluidos, como el que a principios de junio aireaba el periódico inglés The Guardian. Aunque pudiera variar la edad, su importancia está fuera de toda duda.

Principalmente porque está completo, lo que le otorga un carácter de único en el mundo para su época. Las excepcionales condiciones de la Sima han permitido reconstruir el cráneo, a base de piezas encontradas en distintas campañas, hasta saber detalles como que recibió un fuerte golpe en la parte izquierda del rostro que le partió un diente, que a su vez le generó un flemón y que posiblemente esta infección acabó siendo la causa de su muerte en torno a los 40 años.

Junto a Miguelón se encontraron otros tres cráneos, el número 4 y el número 6, apodados ‘Agamenón’ en homenaje a la arqueología clásica y ‘Ruy’ como guiño a la figura del Cid. Pero ninguno alcanzó la fama del número 5, que se llevó la primera gran portada que Atapuerca merecía en una publicación científica puntera a nivel nacional. Su poderosa imagen abrió la edición de abril de 1993 de la revista Nature. La potencia de los yacimientos burgaleses ya era imparable.

Dos años después, en 1994, llegó el descubrimiento de Homo Antecessor como los restos humanos más antiguos de Europa. En 1997 apareció la pelvis ‘Elvis’. Luego el bifaz ‘Excalibur’ y los restos más antiguos de la Sima del Elefante. Llegaron también reconocimientos como el Príncipe de Asturias para el equipo de investigación personificado en Emiliano Aguirre y los codirectores Juan Luis Arsuaga, José María Bermúdez de Castro y Eudald Carbonell. La declaración como Patrimonio de la Humanidad blindó el entorno de la sierra... Todo después de Miguelón. Y en buena medida, gracias a lo que él significó.

Quien tuvo el honor de capturar para siempre el gran momento fue Javier Trueba. Fotógrafo de cabecera de la Sima, que se pasa las campañas de julio subiendo y bajando al agujero junto a los investigadores, tomó varias imágenes del equipo extrayendo a Miguelón y a sus ‘hermanos’ y de la celebración con una botella de cava que llevaban enfriando varios días en la Sala de los Cíclopes. Trueba, que entonces tenía 30 años, recuerda que los científicos «extraían el fósil prácticamente conteniendo la respiración».

El que excavó directamente aquellos huesos fue Ignacio Martínez, que aun hoy rememora aquellos momentos de gran emoción. «Para alguien de nuestra profesión no solo es un lujo. Es un sueño que ni imaginas cuando estás estudiando. Una sensación que equivale a cuando a la persona a la que quieres te dice que sí o a tener un hijo». Lo más parecido a meter el gol decisivo en la final del Mundial de fútbol para un paleontólogo.

el fruto de un trabajo. El ignorante en la materia podría pensar que un hallazgo de este calibre es fruto de la suerte, pero Martínez advierte que detrás del descubrimiento, y sobre todo de la valoración de su importancia, «hay mucho trabajo». De hecho, apunta a que Miguelón llegó en el momento justo, «cuando estábamos preparados, después de muchos años de estudio en los que habíamos aprendido lo que después aplicamos en el análisis del fósil».

Pero también hay un componente de fortuna, como el que el último día permitió descubrir otra pieza fundamental. Todavía con el subidón de estar cerrando una campaña histórica, bajaron a la Sima dispuestos a recoger el material y cerrarla hasta el año siguiente y alguien se topó con otro hueso que parecía lo que luego iba a confirmarse. «Media hora de trabajo más y nos vamos», dijo Juan Luis Arsuaga. Esos 30 minutos permitieron ponerle la cara a Miguelón. El trabajo de reconstrucción realizado durante los años siguientes con otras pequeñas piezas han terminado por conformar uno de los grandes iconos de la evolución humana.