Diario de Burgos
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17 de noviembre de 2018

Aguas teñidas por la tragedia

H. Jiménez / Burgos - domingo, 2 de septiembre de 2012
Emiliano Díez ‘Milo’, antiguo trabajador de la central eléctrica, junto a la entrada del túnel donde volcó la barca. - Foto: DB/Ángel Ayala
El 17 de junio de 1938 diez personas murieron al volcar la barca en la que volvían de una rogativa junto al santuario de Nuestra Señora del Ebrol La juventud de sus víctimas fueron protagonistas

Nemesio tenía un año cuando su madre se quedó muda durante dos días. La pérdida de una hija, de solo 14 años, le desgarró el alma y no le permitió recuperarse del todo en lo que le quedaba de vida. Siguió llorando hasta el día de su muerte, como ahora recuerda este labrador de 75 años cuya hermana Milagros se ahogó en un canal del Ebro en 1938.
La Guerra Civil y a buen seguro la censura (se dedicó más espacio a una catástrofe ferroviaria en Nueva York) eclipsaron en los periódicos de entonces uno de los episodios más trágicos de la historia reciente de Burgos. Como ocurrió este agosto en el Canal de Castilla, también en aquella ocasión el drama tuvo como protagonistas al agua, los jóvenes y un desgraciado accidente. Entonces murieron 10 personas en una jornada que debía haber sido de fiesta.
«Bendita virgen del Ebro, ¿quién te venera? Quintanilla, Escalada, Turzo y Pesquera», dice una coplilla de la zona. Los pueblos de los alrededores, con mucha más vida que en la actualidad, organizaban en distintas fechas sus propias rogativas a Nuestra Señora del Ebro y lo celebraban en la ermita situada junto a la orilla, entre los espectaculares riscos que acompañan al río en este tramo del norte de la provincia.
A Turzo le correspondía el 16 de junio, pero aquel año coincidía con la festividad del Corpus y se aplazó al día siguiente, viernes. Pese al cambio de fecha bajaron decenas de personas desde la localidad situada en lo alto del cañón y escucharon una misa en la que se pidió por el fin de la sequía (que también entonces era un problema) y por la pronta finalización de la contienda bélica fratricida.
El oficiante era Antolín Ruiz Díez, párroco de Orbaneja del Castillo y de varias localidades de alrededor. Cuenta la prensa de la época que, apresurado por llegar a comer a Quintanilla Escalada, donde le esperaba otro sacerdote, decidió ahorrarse el rodeo que supone el camino de la ermita. En su lugar, optó por una barca de las que recorrían el canal de la central eléctrica ‘El Porvenir’, muy cercana a la ermita.
Ese cauce, una de las grandes infraestructuras de su época y construido en 1910, suponía un atajo importante pero obligaba a recorrer un túnel de casi 500 metros de longitud. Y en su interior se desencadenó la tragedia. Nemesio y Emiliano Díez ‘Milo’, vecino de Quintanilla Escalada y trabajador de la central durante 41 años, relatan los hechos de forma casi idéntica, haciendo gala de una gran memoria.
«Cuando subieron había una pequeña vía de agua, porque aquel día hacía mucho calor y la madera de la barca se había resecado, pero no le dieron importancia. Ya dentro del túnel alguien empezó a gritar que se le habían mojado los pies, se asustaron y aquello volcó».
La ocupante de mayor edad de la barca, dejando aparte al párroco, tenía 26 años. El resto estaba entre los 14 y los 16. Chicos y chicas jóvenes a los que el miedo llevó al fondo, con una profundidad de alrededor de 2,5 metros. Los que no sabían nadar se agarraron a los que intentaron defenderse y su abrazo fue letal. Las paredes de piedra impedían agarrarse a ningún sitio. También el alcalde de Quintanilla, Francisco Hidalgo, pereció al entrar a salvarlos con su barca después de oir los gritos desesperados de las víctimas. Solo se salvaron dos ocupantes de la embarcación del cura, que lograron asirse a la barca cuando ya estaba panza arriba y murieron muchos años después.
«¿Qué pasa, por qué baja tanta gente corriendo al canal, por qué gritan tanto?», recuerda Emiliano que escuchó aquella tarde, cuando solo tenía 9 años y era monaguillo, mientras estaba cuidando un ganado muy cerca de donde arranca la canalización. Él no se daba cuenta, pero el futuro de Turzo se había hundido bajo aquellas estrechas aguas.

Generación perdida

Una placa en el cementerio del pueblo, a donde nos acompaña Nemesio, recuerda los nombres y las edades de las 8 víctimas, casi todas ellas emparentadas entre sí. Luciano López Marquina (16 años), Emiliana e Irene López Íñiguez (26 y 19), Carmen Ruiz Gallo (19), Teresa Ruiz Ruiz (15), Modesta Pérez Íñiguez (15), Irene Bárcena López (16) y Milagros Ruiz Díez (14). Siete familias destrozadas de las poco más de 20 que habitaban en la localidad por aquellos años. La mitad de una generación, fallecida en unos minutos.
«Destrozó al pueblo, esto se hundió». La herida demográfica acabó desertizando Turzo, que durante unos años llegó a quedar vacío en invierno. Ahora los propietarios de una empresa de velas lo han dinamizado y varios hijos del pueblo han arreglado sus casas para utilizarlas como lugar idílico de veraneo, pero nadie olvida el accidente del año 38.
Hoy en día el canal de ‘El Porvenir’ está vallado para evitar desgracias como aquella, aunque algunos jóvenes se cuelan de vez en cuando y nadan algún tramo aguas abajo en un ejercicio verdaderamente arriesgado. La central eléctrica, en su día símbolo del progreso que permitió llevar la luz eléctrica a muchos pueblos de alrededor e incluso a Burgos capital, sigue funcionando, ya automatizada. En la tranquilidad que invade sus alrededores, nadie diría que hace 74 años una tristeza infinita se apoderó de sus aguas.

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