Si creyésemos a pies juntillas el relato de Walter Starkie, bonachón viajero irlandés e impenitente curioso enamorado de España, el Valbanera, majestuoso transatlántico español construido en los astilleros de Glasgow en el año 1906, llevaba a bordo a tres burgalesas. Tres mujeres que en 1919 habían decidido emprender el viaje de sus vidas para tratar de normalizar una situación familiar que llevaba años lacerándolas. Si lo que cuenta el que fuera bautizado como Don Gualterio es cierto, las tres mujeres -una madre y sus dos hijas- naturales de Salas de los Infantes zarparon del puerto de Barcelona el 10 de agosto armadas de paciencia, y no sin los lógicos miedos, para una larga travesía. Su destino era Estados Unidos, donde las esperaba el marido y el padre. Aquel hombre al que una arrebatada y delirante pasión había arruinado la vida. Esta es un historia terrible. Mucho más si, como cabe colegir de los testimonios recabados por Starkie (nada menos que un monje del monasterio de Santo Domingo de Silos, el hermano Saturio González), es verdadera.
Dejemos a las mujeres en la cubierta del Valbanera y situémonos en Salas unos años antes. E imaginemos al principal protagonista de esta historia: Fernando Izquierdo, abogado de la villa. Hombre extrovertido, toda una personalidad en su pueblo, a quien gustaba jugar a los dados con los arrieros, charlar con el boticario, alternar con unos y otros. Un tipo respetado, cual solía suceder en aquella época con quienes ostentaban el cargo de letrado. Y casado con una hermosa mujer de rubios cabellos, Lucinda, y padre de dos preciosas chicas. Un hombre de éxito. Admirado y envidiado.
Una tarde, regresaba Fernando de cerrar unos negocios en Barbadillo del Mercado. A lomos de una mula, algo llamó su atención. Era música, de un especial magnetismo, que procedía de las orillas del Arlanza. Estaba poniéndose el sol. El notario se acercó, curioso. Eran gitanos, que había acampado en la ribera y que celebraban algo. Todos bailaban y cantaban alegres. Súbitamente, sus ojos quedaron hechizados: era una muchacha, que bailaba sensualmente al ritmo de una guitarra. Aquella visión le arruinaría la vida.
En Aventuras de un irlandés en España así describe Starkie, por boca del monje silense, el embeleso que tuvo que sentir Fernando para explicar todo lo que vino después: «Los ojos de la gitana tenían más hechizo que todos los de las Circes, Clipses y Helenas que tantas catástrofes produjeron en el mundo. Eran unos ojos perversos, grandes, obscuros, brillantes, que abrasaron materialmente a Fernando. La tez de la gitana brillaba como cobre al sol del crepúsculo, y olvidó la tez blanca como la leche de la mujer que tenía en casa. Los bucles de ébano como el plumaje de un cuervo le hicieron olvidar el pelo de oro. Se habría quizá parado a reflexionar sobre el peligro si no hubiera sido por aquel baile maldito y el son de una guitarra fatal e inevitable, además de la orgullosa arrogancia de aquella muchacha cobriza que movía sus caderas voluptuosamente tocando las castañuelas».
Cuando el letrado de Salas continuó camino ya no era el mismo hombre. No volvió a ser en los días siguientes, en que anduvo como embrujado, súbitamente lacónico e introvertido. Hasta que desapareció. Sólo tiempo después su familia y sus vecinos supieron que se había unido a los gitanos y marchado con ellos por los caminos. Que se había casado a aquella joven que le había fascinado y que ahora llevaba la misma vida que ella, andando de pueblo en pueblo, manga por hombro. Pero Fernando no vivió una vida de rosas con su nuevo amor. Al parecer, ella se rebeló contra él, y lo despreciaba y humillaba. Él quiso abandonarla, pero las estrictas reglas por las que se regían los gitanos se lo impedía. Se contaba en Salas que se había convertido en un ladrón de tomo y lomo, que su clan era perseguido por toda Andalucía.
De tanto tentar a la suerte cayó preso. Y pasó varios años a la sombra. Cuando recobró la libertad, su clan estaba esperándole, pero al parecer él ya había decidido hacer planes por su cuenta. Escribió a su mujer a Salas, diciéndole que iba a abandonar aquella vida; que tenía previsto empezar una nueva pero que no podía ser en España porque los gitanos lo encontrarían y lo matarían; y que cuando se hallase a salvo, enviaría dinero para que ella y sus hijas, si le perdonaban, decidían compartir aquella nueva vida con él. Así fue. Fernando viajó hasta Barcelona, donde embarcó para recalar semanas más tarde en Nueva York. Su desconocimiento del inglés motivó que al poco tiempo se pasara a México. Allí encontró un empleo en un comercio.Cuando, ya establecido y aclimatado, y luego de haber ahorrado lo suficiente, envió a su mujer una cantidad más que suficiente de dinero con el que pagarse un pasaje.
El desenlace
Pero el destino tenía deparado al matrimonio un desenlace terrible. La carta llegó a Salas, y llenó de felicidad a Lucinda y a sus hijas, que prepararon el equipaje y viajaron hasta Barcelona para embarcar en un moderno vapor que hacía las Américas. En uno de esos días, Fernando regresaba a su domicilio cuando fue asaltado y asesinado a navajazos. Cuando su cuerpo fue llevado a la morgue, descubrieron con horror que en su pecho habían tatuado la palabra ‘venganza’.
Según cuenta Starkie, fue el propio hermano Saturio, a la sazón primo lejano de Fernando, quien recibió un telegrama que le informaba de la muerte de aquel a la vez que solicitaba informara a la mujer de lo sucedido. Cuando fue a hacerlo, ya era tarde: las tres habían abandonado Salas rumbo a América.
Así que estamos de nuevo a bordo del Valbanera, que hizo escala en Valencia, Málaga, Cádiz y Las Palmas de Gran Canaria, de donde salió para afrontar la travesía transoceánica con 1.142 pasajeros y 88 tripulantes. Cuentan que al poco de abandonar el puerto canario, el barco perdió el ancla, hecho temido como un mal presagio por los hombres de mar. Mal fario que se cumplió en Cuba, segundo destino del Valbanera, unos cuantos días después. Tras dejar en Santiago de Cuba a cientos de pasajeros, continuó rumbo a La Habana, a cuyas costas llegó el día 9 de setiembre con 488 personas a bordo. Les sorprendió un huracán terrible.
Diez días más tarde, un guardacostas norteamericano halló los restos del barco. Ni rastro humano. El buque se fue a pique frente a los cayos de Florida. El oscurantismo impidió confirmar la lista de desaparecidos, como si Lucinda y sus hijas fuesen fantasmas de una historia irreal. Dicen que todavía hoy, cuando baja la marea, los restos del Valbanera emergen a la superficie, y que pueden verse desde la costa, como el esqueleto de una pesadilla.