Diario de Burgos
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Fuerza y honor 35

El acelerador lineal

@LouMatilla - viernes, 20 de mayo de 2016
"(...) Esa amabilidad y esa disponibilidad (de la enfermera) es lo que nos hace falta muchas veces y lo que más agradecemos, sobre todo en esta etapa del camino a la que ya llegamos muy cansados (...)"


Impresionada; esa es la palabra que utilizaría para expresar mis sensaciones después de llevar ya una semana en radioterapia y ver cómo trabajan en este área del Hospital.



El primer día, al llegar allí, me acerqué a un mostrador para decir que estaba allí y no sabía qué tenía que hacer. Enseguida una enfermera salió en mi búsqueda y me hizo entrega de una pequeña tarjeta verde de cartulina en la que sobre ella habían colocado una pegatina con un código de barras y todos mis datos: nº de la Seguridad Social, dirección, teléfono… Me acerco con la enfermera a un lector que hay situado junto a la puerta de entrada y ella me comenta que cada día, al llegar, tengo que pasar la tarjeta por ese escáner; al hacerlo emite un pequeño sonido (como cuando pasamos los artículos por los lectores de las cajas de los supermercados) y mi nombre aparece reflejado en una pantalla que hay justo encima. Me dice que cuando hago eso, el personal sanitario que hay dentro ya sabe que estoy aquí esperando y yo sólo tendré que esperar a que me llamen por megafonía (un sistema que me parece que sería útil en muchas estancias del hospital y, sobre todo, en muchas consultas por lo rápido y cómodo que es).



El primer día, antes de pasar a mi sesión, la misma enfermera me lleva a su consulta y me vuelve a explicar todos los pasos que debo seguir con el cuidado de la piel, que me verá mi médico hacia la mitad del tratamiento para ver cómo estoy y me insiste una y otra vez que a cualquier duda o pregunta que tenga, o cualquier cosa que me pase, que ella está disponible en todo momento para mí; que no deje de preguntar nunca por temor a que me parezca que voy a hacer una pregunta tonta; que allí NO hay preguntas tontas. Esa amabilidad y esa disponibilidad es lo que nos hace falta muchas veces y lo que más agradecemos, sobre todo en esta etapa del camino a la que ya llegamos muy cansados, puesto que cada día nos cuesta un poco más tirar del carro porque es un periplo muy largo.



Después de nuestra conversación, ella misma me acompaña a la sala donde me están esperando varios profesionales en un mostrador; frente a ellos hay cuatro cabinas para cambiarnos. Igual que en el día de la simulación, me desvisto de cintura para arriba, me pongo esa bata y esas calzas que ya tenía desde ese día y que ahora van y vienen conmigo. Cuando está todo listo vienen a buscarme y ahora sí, nos vamos caminando hasta otra sala. Nos separan unos metros, es un pasillo bastante ancho y en el que por las paredes pueden verse fotografías de monumentos y lugares de Burgos y de otras provincias. Unos segundos más y… ahí está; el acelerador lineal; el que se va a encargar de rematar mi lucha contra este cáncer. Impresiona; es una máquina de grandes dimensiones con un brazo giratorio de un tamaño considerable. Me subo en la camilla, colocados en ella ya están los apoyos para mis rodillas, cuello y brazos. Me sitúo exactamente en la misma posición que estuve el día de la simulación: rodillas flexionadas, brazos atrás y manos entrelazadas; elevan unos centímetros la camilla y alguien apaga la luz; entonces… empiezo a entender lo de mis puntos tatuados en el torso porque cuando la luz se ha apagado, en el techo puedo ver reflejados dos rayos de color rojo que se cruzan sobre mí; esas son las coordenadas X e Y para la posición correcta y esos rayos tienen que estar colocados según mis puntos; para ello, los dos técnicos me mueven ligeramente, hasta dar con ello. También hablan de latitudes y demás, y allí a mi derecha hay una pantalla con todas las mediciones; parece que estuviera en una clase de Física…



Cuando todo está ya en la posición adecuada, vuelven a encender la luz y me dejan sola en la habitación. Empieza la sesión.



La sala es un poco ruidosa pero no es un ruido molesto; hace un poco de frío; algo irremediable, no podría hacer calor en una sala con esa máquina porque interferiría en su funcionamiento. Me han pedido que me esté muy quieta y así permanezco; no estoy nerviosa pero el sitio, la máquina y más el saber qué hace esa máquina… impone. Y mucho. De repente el brazo se mueve. En su extremo hay un cabezal que será el encargado de emitir la radiación; es de forma circular y de unos cincuenta centímetros de diámetro, aproximadamente. A su vez tiene una pequeña ventana a través de la cual se puede ver una especie de dientes mecánicos que se van moviendo en diferentes posiciones, algo que también impresiona porque los llego a tener muy cerca de la cara, puedo ver perfectamente cómo se mueven haciendo un pequeño ruido para ello. Además de este brazo, en un momento puntual aparecen a un lado otros dos artilugios mecánicos como si fueran robots queriendo caminar; todo está mecanizado al milímetro. Intervienen unos segundos y retroceden. También noto en algún momento que mi camilla hace unos tres o cuatro movimientos muy pequeños para cambiarme de posición y me llaman mucho la atención unos pequeños dispositivos parecidos a un semáforo que están situados en la pared; van cambiando de color: verde, blanco y rojo según lo que esté haciendo el acelerador. El brazo continúa con un par de movimientos más y en unos minutos hemos finalizado.



Esta será la operativa diaria hasta terminar el tratamiento; en mi caso, veinticinco sesiones. Mañana más.



 


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