Diario de Burgos
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Fuerza y honor 27

La mastectomía (II)

@LouMatilla - miércoles, 16 de marzo de 2016
"(...) Tu sensación al verla no te resulta para nada extraña, la estabas esperando. Es más, crees que es una bonita cicatriz. Es tu cicatriz. Una cicatriz que significa tu lucha y que un día significará tu victoria. Porque vencerás"


Con los ojos entreabiertos y totalmente desorientada, como si volvieras a nacer; todo a tu alrededor es nuevo, incluso tú misma. No sabes muy bien dónde estás, pero poco a poco te vas dando cuenta que todo ha pasado ya; no sabes qué ha ocurrido ahí dentro, pero tú estás. Estás aquí. Intentas mirar a tu alrededor con alguna dificultad: ya no estás sobre esa fría y dura mesa de quirófano, alguien te ha devuelto a tu cama. A tu lado, una voz masculina se pronuncia y te dice que has tenido una buena intervención. Al escuchar esas palabras, todo tu ser vuelve a un estado de auténtica calma y sosiego: lo hemos conseguido.



Cuando vuelves a abrir los ojos estás en otro lugar: la Urpa. Aquí sabes que vas a pasar un buen rato. Lo primero que haces es acercar tu brazo derecho e intentar con tus pocas fuerzas, levantar la sábana para ver qué hay bajo ella, para ver tu nuevo yo. Un enorme vendaje rodea tus dos pechos y tu espalda; está tan apretado que cuesta un poco respirar. Lo tocas, pero no notas nada. Habrá que esperar al momento de quitar todas esas vendas para ver realmente lo que tanto ansías ver.



Al cabo de un par de horas, cuando están a punto de sacarte de allí, se te acerca un médico que muy cariñosamente te dice si eres tú 'la chica de la radio', pues tus compañeros hoy han tenido unas palabras para ti. Se te saltan las lágrimas y ni siquiera puedes secártelas porque no puedes casi moverte. Y te aborda el sentimiento de querer volver, hoy más que nunca piensas en volver puesto que hoy marcará un antes y un después. Lo tienes que conseguir.



Una celadora viene a buscarte; llaman a tus familiares y te suben a la habitación. Llegas muy animada, a pesar de que no estás muy espabilada y no puedes hacer movimientos, te encuentras bien en general. La única pega es que notas el estómago revuelto, algo que duró cinco minutos más, hasta que la anestesia salió al fin como tenía que ser; no es nada agradable vomitar tumbada en una cama teniendo que pedir ayuda para ello. Pero era inevitable el desenlace.



Después de eso empiezas a sentirte muchísmo mejor, tanto que pides que te pasen el teléfono porque quieres llamar a algunas personas; una locura por tu parte porque apenas puedes manejarte, pero lo haces. Además, te sirve como terapia porque ninguna persona al otro lado esperaba oírte hablar tan pronto y te ríes de algunos de ellos y de la situación. Te agotas enseguida, así que… a descansar.



Y así pasas la tarde hasta que ocurre lo que ya esperabas: tienes que ir al baño y no puedes levantarte hasta el día siguiente. Te traen ese odiado objeto de tortura llamado bacinilla, pero nada. Es imposible. Las enfermeras ponen todo de su parte para intentar que lo consigas pero nada. Empiezas a agobiarte un poco y al final… sondada. Decides quedarte con la sonda hasta que puedas levantarte porque de lo contrario vas a pasar una noche infernal y a pesar de las primeras molestias que ella causa, ahora sabes que fue la mejor elección.



La noche se hizo larga, muy larga. Imposible dormir. Ni tú ni la persona que te acompaña. Tú porque no puedes, a pesar del agotamiento y él porque está atento a cada movimiento que tú haces; no podías haber tenido mejor cuidador: te ha tapado cuando has tenido frío, te ha dado de beber cuando has tenido sed, te ha cogido la mano cuando te has agobiado… Gracias. A ti, gracias.



A la mañana siguiente en cuanto puedes, pides ayuda para levantarte. Y lo haces. Eres feliz en ese momento. Por fin estás en pie. Ahora sólo esperas el momento en el que vengan a ver cómo está tu cicatriz y así por fin, poder verla tú también. Una cicatriz que va a vivir contigo siempre, pero ese motivo no sacia tu impaciencia por poder contemplarla con tus propios ojos a la mayor brevedad posible.



Llegó el momento; probablemente haya sido el de más relevancia para ti. Cuando la enfermera empieza a cortar toda esa capa de vendas, tú ya tienes tu mirada apuntando hacia tu pecho izquierdo. Así, sin piedad y sin miedo. Por fin, queda al descubierto. No está. No hay nada. En su lugar sólo habitan catorce centímetros de herida. Tu sensación al verla no te resulta para nada extraña, la estabas esperando. Es más, crees que es una bonita cicatriz. Es tu cicatriz. Una cicatriz que significa tu lucha y que un día significará tu victoria. Porque vencerás.



 



* Vaya mi enorme e infinito agradecimiento a todo el personal del Hospital Universitario de Burgos que se cruzó conmigo y con mi historia entre los días 7 y 11 de marzo y muy especialmente al equipo de enfermería de la planta F7, por su profesionalidad, por su paciencia, por su comprensión, por su buen hacer y por hacernos sentir siempre bellas.



 


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