Diario de Burgos
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Vivir

Tengo muchas ganas de ir a darte mil abrazos

R. Pérez Barredo | Burgos - domingo, 9 de octubre de 2011
En la madrugada de un día como hoy de hace 75 años uno de los músicos más talentosos del país era fusilado en el monte de Estépar junto a otros veintirés hombres

En la cárcel hace frío. Octubre ha llegado con lluvia y bajas temperaturas, como un invierno anticipado. Antonio José tirita en su celda. Lleva ya tres meses encerrado. No tiene más consuelo que escribir cartas a los suyos y recibir las de éstos, en ocasiones acompañadas por paquetes de comida y tabaco. En este tiempo se ha desesperado muchas veces mucho. El músico sigue sin comprender por qué está encerrado. Se halla inquieto, aunque confía en que su situación vaya a cambiar de un momento a otro. Ingenuamente, alimenta esa esperanza haciendo planes; mata el tiempo leyendo libros que no le resultan en nada atractivos; se dirige a cuantas personas cree pueden ayudarle a recobrar la libertad... «Van saliendo muchos de Burgos y de mí parece que nadie se acuerda», había estampado a comienzos de ese mes en una de las múltiples misivas que redactó durante su cautiverio.

El día 7 de octubre escribe la que será su última carta a su amiga del alma Consuelito Mediavilla: «Hace un frío tremendo; pero así y todo es preferible a la lluvia y al barro de ayer. Cuando vaya a casa me tendré que meter en lejía con ropa y todo. Ya ni siquiera intento limpiarme porque es imposible: no sé por dónde empezar. Ayer recibí una rueda de tabaco tuyo. Me vino como anillo al dedo. ¡Cuántas cosas y cuántas atenciones te debo! Te las he de pagar con creces, cara de pito. Y ya no me queda más que decirte que estamos muy bien. Recuerdos a todos y todas. Tengo muchas ganas de ir a darte mil abrazos».

¡Pobre Antonio José! Al día siguiente, los carceleros confeccionan la lista con la saca de esa noche. En la relación que se cita, de 24 hombres, Antonio José figura en el número 12. Al filo de la medianoche todos son desalojados de sus celdas y conducidos al patio. «Todo esto pasará como un mal sueño», había escrito en el ya lejano mes de agosto, aunque pronto su ánimo fue decayendo, presa del desconsuelo y la incertidumbre: «Esto se hace cansadísimo y necesito activar toda mi paciencia y voluntad para no caer en el desánimo», expresaba a comienzos de septiembre. En aquellos largos días con sus noches Antonio José habría de pensar una y mil veces en las posibles razones de su encierro sin hallar un solo motivo. Él, que tanto había hecho por la cultura popular, que era un músico reconocido más allá de las fronteras provinciales, que había exhibido siempre un compromiso irrenunciable de pasión y amor por su tierra, sabía que no había justificación para su encierro.

¡Qué dolor sintió el día que recibió aquel anónimo firmado por "Un legionario de España" que lo acusaba de haberse alegrado en público del secuestro de Calvo Sotelo; que lo llamaba con inusitado desprecio "musiquillo"; que aseguraba era un conmilitón de masones y marxistas! Rápidamente tomó papel y pluma y escribió a su amigo Matías Martínez, carlista cercano al general Dávila: «Ahora me explico muchas cosas odiosas que he sufrido. Pero, casi loco de dolor me pregunto, ¿es posible que exista en Burgos un hombre bien nacido que sea capaz de inventar y atribuirme tan tremendas calumnias como las que se han vertido en esta carta rezumante de odio? ¿Es posible que mi vida consagrada exclusivamente al estudio y a la exaltación de Burgos merezca ahora este odio, este desprecio y este espantoso trato? (...) Jamás pude sospechar el horrible daño de una calumnia».

Que muy pocos en Burgos moviesen un dedo para ganar su libertad zahirió de manera especial al músico, que con vehemencia llegó a escribir: «Me duele más el pago que se ha dado a mi conducta intachable y a mis trabajos de toda la vida por Burgos» y a soñar con instalarse en París, si salía de prisión, y adquirir la nacionalidad francesa.

últimas horas. Poco antes de la medianoche del 8 de octubre llega al penal un camión conducido por falangistas. Dicen traer una orden del gobernador civil con la "libertad" para 24 hombres. Antonio José escucha desde su celda en la tercera brigada los pasos apresurados de uno de los carceleros. Luego oye su nombre. Se pone en pie, se atusa el pelo y la ropa, se despide de sus compañeros y baja al patio conducido por el funcionario. Sobre el suelo hay 24 mantas. En una deposita sus escasas pertenencias. Junto a él está su amigo Antonio Pardo Casas, director de Burgos Gráfico.

Su destino es el monte de Estépar. Ya es la madrugada del día 9 de octubre cuando esos hombres desesperados se enfrentan al pelotón de fusilamiento en el borde de una fosa excavada para acogerlos. Se oyen las detonaciones y se apaga la música.

*Fuente: En tinta roja. Miguel Ángel Palacios Garoz.

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