Diario de Burgos
Saltar Publicidad   Cerrar   

Publicidad

miércoles, 27 de agosto de 2014
Vivir

Ignacio del Río, incendio en el Arco

R. Pérez Barredo / Burgos - lunes, 29 de noviembre de 2010

El pintor burgalés se reinventa una vez más para hacer de su exposición una cita ineludible para los amantes del arte

Nos observa a todos ese vagabundo con paraguas. Y nos habla desde sus ojos profundos de mendigo, desde la lluvia de la noche y sus fríos corredores, desde el fondo de los charcos que espejean su alma. Tiene ese retrato de Ignacio del Río algo de Rembrant, mucho de Renoir y de Manet. Pero posee, por encima del impresionismo, por encima incluso de su perfección, algo mucho más valioso porque sólo está al alcance de unos pocos elegidos: verdad. Esa figura humana reina con desgarrada desolación en la nueva exposición de Ignacio del Río. Nos interroga; de alguna forma, también, nos retrata. En ese personaje hay lucidez y piedad; palpita y tiembla en él el misterio, la hondura de la existencia y todos los abismos que la componen. Lo cierto es que una vez contemplado, su recuerdo le acompañará a uno como una sombra. Para el artista, el ser humano es el mayor espectáculo del mundo.

Suele el pintor burgalés distinguir cada colección con una rareza de ese tenor, con un cuadro diferente, una joya espigada entre las demás que brilla con luz propia. La visión de ese náufrago, de ese reconocible trotamundos, es la apuesta de este año. No la única: poco dado a pintar paisajes reconocibles, Del Río se destapa en esta exposición con un sobrecogedor óleo de la catedral. Una obra de grandes dimensiones, pero inmensa por otras: es puro talento al servicio de la luz. También discurren por sus lienzos el otoño, la nieve y el mar, siempre poderosos en su mano, siempre arrebatadores, subyugantes en el tiempo y en el espacio.

El tiempo pasa «demasiado rápido y duele», dice en un lamento el maestro mientras se mueve entre los lienzos. Ha sido un año duro, admite, con menos viajes y alguna que otra visita al hospital. Para un ser tan vital como él, que es vida pura, no poder gozarla en plenitud es un faenón. «Yo lo que he querido siempre es vivir como Dios», apunta esquinando la mirada y esbozando una mueca burlona e irreverente. Lo ha hecho; lo hace todavía. Por eso pinta como Dios: para después festejar la vida, compartiéndola con todo aquel que se le acerca, con sus mujeres e hijos, con su legión de leales camaradas; incluso con quienes sólo pretenden amamantarse de él, crecer a su desprendida sombra.

Aunque manifieste lo contrario, no se lo crean: también pinta porque lo necesita, porque no se comprende a este ser humano sin su faceta de artista. Si no ganara dinero, pintaría igualmente: es una pulsión como respirar, amar, sentir.

Pocas cosas de la realidad le gustan a Ignacio del Río; empezando por él mismo, tan de verdad que parece mentira. «Nos quieren engañar como siempre, nos quieren cambiar las cosas. Pero no somos tontos», filosofa al paso de dos impresionantes lienzos taurinos que ha bordado como nunca, como siempre. «Ese hombre solo, traspasado. ¿Lo ves? Ahí está el misterio, la muerte». Ahora exhibe dos cuadros con flores. Su color golpea los ojos. Se mueve el pintor con agilidad, aunque no tanta como la que muestran sus gallos chulos y valientes que bailan un vals para los ojos. Se ha vaciado el artista, un año más, para incendiar el Arco de Santa María.

Aunque suele mostrarse estos días entusiasmado, expectante ante la acogida de la muestra, hay algo en los ojos de Ignacio que remite al otoño, a sus hojas caídas; quizás se trate de esos achaques que le tienen de uñas, tal vez una tristeza antigua le haya bajado del pañuelo al corazón. Coge un cuadro, limpia un marco. A veces se para en mitad de ningún sitio y se queda callado, pensativo. Quizás quiera olvidar quién es; quizás deseara ahora más que nunca salir pitando, perderse al final de la noche, en el cuerpo de una mujer o en el fondo de una copa de vino. Él ya ha hecho lo que tenía que hacer. Pensará: que lo juzguen otros. Y al diablo con todo.

*La muestra puede verse, de martes a sábado, entre las 12,00 y las 14,00 y entre las 17,00 y las 21,00 horas. Domingos, de 12,00 a 14,00 horas. Festivos y lunes cerrado. Hasta el 8 de diciembre.

Onda Cero en Directo
El Diario de Burgos de siempre, ahora en tu dispositivo Android. Lee �El Diario de Burgos�, ahora en tu iPad. Diario de burgos en Kiosko Promecal
Pulsa aquí para conectarte.
Si aún no estas registrado pincha aquí
Grupo Promecal
Se recomienda una resolución de pantalla de 1024x768 y las últimas versiones de los navegadores.
Diario de Burgos digital se basa en el Sistema de Gestión de Contenido desarrollado por Ceres Comunicación Gráfica