Diario de Burgos
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Vivir

Doy fe

R. Pérez Barredo / Burgos - domingo, 17 de octubre de 2010
Doy fe, el libro ahora reeditado en el que el secretario judicial de Burgos narra cuanto vivió como testigo privilegiado en los primeros meses de 1936, es un testimonio histórico excepcional

Hay libros de los que no se puede escapar. Obras cuyo recuerdo, por bello o violento, por luminoso u oscuro, permanece indeleble y de cuando en cuando asalta la memoria evocando pasajes o imágenes que vuelven a ejercer en el lector conmoción, emoción, escalofrío. Y hay libros que, además, tienen importancia o trascienden más allá de todo lo que los convierte en esenciales por lo que poseen de testimonio sobre determinados hechos de la realidad. Doy fe es uno de ellos. Fue escrito y publicado en París por Antonio Ruiz Vilaplana en 1937. Y aunque hubo ediciones posteriores, todas añejas y raramente encontrables si no era en librerías de viejo, ahora ha sido reeditado por Olivares Libros Antiguos con prólogo del escritor Arturo Pérez-Reverte. Ruiz Vilaplana era el secretario judicial de Burgos cuando se produjo la sublevación militar de julio de 1936. Asistió, primero con perplejidad y después con asco, dolor y hartazgo, a la terrible represión ejercida en la ciudad y sus alrededores en aquellos primeros meses de la contienda. Con el lenguaje depurado y a menudo frío como un bisturí de los textos sumariales, Ruiz Vilaplana, testigo de excepción de aquella hora negra, narra en los sucesivos capítulos cuanto vivió, que no fue poco. Su valor es incuestionable. Se trata de un documento histórico de enorme trascendencia; lo entendió pronto el gobierno de la República, que lo utilizó con fines propagandísticos. Es preciso señalar que la obra contiene errores, y que a menudo su autor se desmarca del lenguaje descriptivo y ante el horror presenciado opina y denuncia con vehemencia. Señala Pérez-Reverte en el prólogo que Doy fe cuenta, de forma muy breve pero concisa, una parte mínima de aquella tragedia nacional, pero que, aunque con defectos, «basta leer unas pocas líneas para convencerse de la honradez de su autor y de la fidelidad extrema de cuanto narra (...)El puntilloso secretario de juzgado desgrana, queriendo aliviar su conciencia, los crímenes que la sociedad burgalesa, católica, bienpensante, amante de la paz social y el orden público, cometió o toleró sin que a nadie temblara el pulso». Lo que aquí sigue son algunos de los extractos más significativos de un libro que durante años fue un objeto de culto, que se pasaba de mano en mano clandestinamente. Una obra imperecedera, imprescindible para saber lo que fuimos.

La sublevación

El 18 de julio, cuenta Vilaplana, «La ciudad, en las primeras horas de la mañana, se despertaba extrañada con estruendo de músicas y sones militares. (...) La ciudad se engalanó rápidamente con banderas y colgaduras, muchas, aunque no todas todavía, monárquicas; por las calles, escuadrones de caballería, fusil en prevención, carroussel monorrítmico e interminable, recibían los tibios aplausos de los vecinos asombrados. Llegué cerca de la catedral y el espectáculo que ante su puerta principal presencié es algo que no podrá borrarse de mi memoria. Salía de ella un cortejo extraño, formado por mujeres enlutadas, viejas en su mayoría, y todas portadoras de grandes escapularios y medallas, atropelladamente avanzaban hacia el Arco de Santa María, llevando al frente una enorme bandera monárquica».

La primera víctima

«La primera víctima cayó a las tres de la tarde de aquel mismo día (18 de julio). Estaba yo terminando de comer en el hotel cuando el alguacil se presentó a buscarme con carácter urgente. "Han matado a un obrero", me dijo nerviosamente. Nos pusimos en camino hacia el sitio donde se hallaba el cadáver. El alguacil iba confuso, sin comprender aquello, pues en los nueve años que llevaba en la población no había ocurrido nada parecido. (...) Y, de improviso, aquel suceso inesperado: un obrero, un pobre ayudante de albañil que salía de su casa, se cruzó con una camioneta donde iban los "Legionarios de Albiñana" dando voces. "¡Tú, socialista cabrón! -le gritaron desde el camión-. ¡Grita Viva España! ¡Viva el Ejército!" "¡Viva la República! -contestó el obrero-. Sonaron unos tiros y el cadáver del desgraciado quedó en medio de la calle, frente a la casa de Correos».

De las sacas del penal

Vilaplana expone con precisión de cirujano detalles de aquellos cadáveres que levantaba a diario en cunetas, la mayoría procedentes de las sacas salvajes del penal. «El día 17 de septiembre, cerca de la fábrica de sedas, fuimos a levantar el cadáver de uno de sus capataces. (...) Apareció con las manos esposadas, maltratado también fuertemente, y sus bolsillos conservaba el tenedor y la cuchara de aluminio del penal, donde estaba detenido, y del que fue arrancado para el fusilamiento. Era tal el terror que existía en la zona que el propio hermano no se atrevió a reconocerlo oficialmente en el sumario, aun impidiéndose con ello el que la viuda recogiera los fondos sobrantes, pero temían los familiares que al reconocerlo o realizar alguna gestión sobre aquello se ejercieran también sobre ellos represalias». Otro caso llamativo, por lo que años después supondría, junto a este primero, para la confección de una obra poética de carácter universal, es el de otro hombre hallado cerca del cementerio «Era un hombre relativamente joven, fuerte, moreno, vestido pobremente, y cuya cara estaba horriblemente desfigurada por los balazos. Como ocurría siempre, nadie se atrevía a identificarle; solamente en uno de los bolsillos hallamos un papel rugoso y sucio, en el que escrito a lápiz, torpemente, y con faltas ortográficas, se leía: "Abisa a todos los compañeros y marchar pronto. nos dan de palos brutalmente y nos matan como lo ben perdío no quieren sino la barbaridá"».

Limpieza en la retaguardia

Va dando cuenta (fe) Vilaplana de la "limpieza" llevada a cabo en la retaguardia. «Después de una noche de intranquilidad -esas noches de Burgos de entonces, en tinieblas, pobladas de himnos chillones y cláxons roncos-, la voz del alguacil, que nervioso golpeaba mi puerta, me despertó sobresaltado. "Don Antonio... Levántese, que tenemos otros siete fiambres". (...) ¡Siete fiambres más! Las crudas palabras resonaban aún en mis oídos; llevábamos así veinte, cuarenta... (no sabía ya cuántos) días, pues había perdido ya la cuenta de aquel periodo de pesadilla».

En La Cartuja

Narra el fedatario judicial que habiendo sido llamado para levantar el enésimo cadáver en las laderas de la Cartuja, fue hallado otro más, así como indicios de que pudiera tratarse de una fosa común más numerosa. Pero que alguien, «una voz autoritaria» afirmó que «no se veían más. Hemos venido llamados solamente por un cadáver... (...) A partir de aquel día la Cartuja adquirió, por los enterramientos efectuados en sus cercanías, un prestigio siniestro. La gente mira con horror aquel sitio y ha hecho extensivo su odio a los padres allí residentes».

El penal

«El penal, construido para novecientos presos aproximadamente, ha albergado durante la rebelión a más de tres mil diariamente. (...) Pero lo verdaderamente trágico es la angustia mortal en que, faltos de garantía, a merced de odios personales o pasiones políticas, los desgraciados presos veían pasar sus días de detención en anhelante y temerosa espera, en ardiente incertidumbre de su destino. Las ejecuciones, sin formación de causa alguna, fueron numerosísimas. Cada noche, cada madrugada, eran sacados de sus celdas y entregados a los portadores de las listas fatídicas varios desgraciados. Los "designados" montaban, esposados de dos en dos, en los autobuses preparados y, en siniestra peregrinación, eran conducidos al lugar de la ejecución», describe el fedatario para escalofrío del lector.

Antonio José

Ruiz Vilaplana había conocido al músico Antonio José Martínez Palacios y entablado cierta relación de amistad con él. Cuando en octubre de 1936 fue fusilado en Estépar acusado de espionaje, el secretario judicial de Burgos no pudo más. «Ya no podía sufrir más aquel ambiente de terror y de crimen.

El asesinato de aquel noble muchacho, a quien me unían sólo relaciones superficiales de amistad, pero que sentía como si se tratara de un hermano, colmó la medida de mis nervios, de mi pasividad y de mi paciencia. No. A pesar de mi carrera, que se presentaba brillante; de mi posición económica desahogada, no quería vivir más en aquel ambiente. Y a la mañana siguiente tomé la determinación irrevocable de huir de aquella zona dominada por la crueldad y la injusticia. ¡De huir de la España nacionalista!».

Antonio Ruiz Vilaplana

Nacido en Barcelona, Antonio Ruiz Vilaplana se convirtió en secretario judicial tras aprobar unas oposiciones en 1928. Desempeñó este cargo en Segovia, Galicia, Madrid y Burgos, adonde llegó en 1935 y donde vivió la sublevación militar que derivó en guerra civil. «No, no era aquello el movimiento nacional que yo, ingenua y forzadamente, acepté el 18 de julio no con entusiasmo, pero al menos con un margen de espera y de confianza», escribió en el epílogo de Doy fe.

Harto de soportar las atrocidades de las que fue testigo, se fue a Francia renunciando a su carrera. Cruzó la frontera el 30 de junio de 1937. En París escribió y publicó el libro. Regresó a la España republicana para por fin exiliarse en Estados Unidos, donde trabajó como periodista y donde publicó otro libro, Destierro en Manhattan, editado en 1945 y ahora rescatado por la editorial Zimmerman.

César Vallejo

El peruano César Vallejo, poeta universal, gigante como pocos, amaba España. La visitó en plena Guerra Civil, en 1937, para asistir al Congreso de Escritores Antifascistas en Madrid del que formaban parte intelectuales como Antonio Machado, María Teresa León, Rafael Alberti, Pablo Neruda, Ernest Hemingway o André Malraux, entre otros. A su regreso a París, y cuando ya gestaba una de las obras que le catapultarían para la eternidad, España, aparta de mí este cáliz, cayó en sus manos Doy fe, el libro escrito por Ruiz Vilaplana. Al vate le sobrecogieron algunos de los casos que narraba el secretario judicial de Burgos. Tanto, que los convirtió en material poético. Ejemplo de ello es el poema III del libro. Su protagonista es un cadáver. El de Pedro Rojas, ferroviario de Miranda de Ebro (el poeta sabía de la singularidad ferroviaria de esta ciudad), al que le hallaron en los bolsillos una cuchara y un papel en el que trataba de advertir al resto de los compañeros de la vesania desatada, como narra Vilaplana en su obra. Todos los detalles de ese poema estremecedor fueron tomados del libro. Y el nombre de Pedro Rojas está cargado de simbolismo: Pedro, discípulo y apóstol de Cristo y crucificado como éste; Rojas, como referencia a la bandera comunista. El resultado, un poema universal.

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