Diario de Burgos
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jueves, 23 de febrero de 2012
Vivir
Niños saharauis / Un día en familia

Maddy de la arena del Sáhara al asfalto burgalés

María Mena / Burgos - sábado, 07 de agosto de 2010

Alreddor de 50 niños dejan cada año los calores del desierto argelino para pasar unas 'Vacaciones en paz' en Burgos, donde aprenden otra cultura

«¡Rico, rico!», dice Maddy relamiéndose tras comer la última cucharada del yogur de vainilla. Un sabor que seguramente recordará cuando vuelva a su haima en el Sáhara Occidental.

Maddy es un niño de ocho años, según pone en su tarjeta de presentación del programa de acogida, aunque a decir verdad parece poquita cosa para esa edad. Pertenece al grupo de chicos que pasan el verano en una familia burgalesa con el fin de vivir unas "Vacaciones en paz", deseo que también da nombre al programa que lo hace.

Muchas familias, de todos los puntos del país, acogen a estos niños de forma desinteresada para darles la oportunidad de olvidar el hambre, la pobreza y el soporífero calor del desierto. Cuando llegan aquí, reciben la atención médica que necesitan y participan en las distintas actividades que, tanto sus nuevos padres como las asociaciones que organizan sus vacaciones, les ofrecen para los dos meses estivales. Los pequeños, entre 8 y 12 años, conviven en julio y agosto con padres de acogida donde aprenden un nuevo idioma, unas costumbres, una cultura... algo nuevo para ellos dadas las condiciones de miseria que respiran Argelia.

La experiencia enriquece a los visitantes, pero más aún a los autóctonos que colaboran con esta causa, pues estos niños vienen con muy poco equipaje pero cargados de cariño que ofrecer. Muchas familias acogen a los chicos en edades similares a los suyos para que puedan compartir vivencias y juegos. Es el caso de Ángel y Puri, un matrimonio burgalés y padres de dos críos: Andrés de 6 y Miguel de 4 años. Leyendo un reportaje sobre estos programas de acogida, se lanzaron a formar parte de ellos, pues actualmente cuentan con mucho tiempo libre para poder ocuparse del pequeño, y este es un requisito fundamental si quieren formar parte de esta aventura.

El día que fueron a buscar a Maddy a la Asociación Burgalesa Amigos del Pueblo Saharaui, se encontraron con un niño cansado, pues llevaba más de 4.000 kilómetros a sus espaldas desde que salió de Tindouf, Argel, con una mirada triste y vestido con ropa de color negro. Traía consigo un número de teléfono donde podría contactar con su familia en el desierto. De esta forma, y una vez a la semana, el pequeño puede hablar con su gente e informarse de lo que ocurre por allí.

A Maddy no le costó adaptarse a la vida de aquí, no parecía que se sorprendía con nada, pero el matrimonio asegura que «es un niño muy observador. Al principio se fijaba en cómo se hacían las cosas para poder imitarlo», explica.

En su primera cena se extrañaba cuando veía que había un plato solo para él, y le era inevitable empujarlo hacia el centro de la mesa cuando había comido su porción, así como hacía con sus padres y sus cuatro hermanos en el desierto.

A Puri le costó conseguir que anduviese con zapatos, él no estaba acostumbrado y le molestaban. Pero Maddy acabó por darse cuenta de que tener unas suelas que no sean la planta del pie es más cómodo para hacer lo que más le gusta: montar en bicicleta. Su familia es aficionada a este deporte, y ya tenían una para él antes de que llegara. Le costó aprender, sobre todo por la falta de musculatura de sus piernas, pero «en cuatro días le quitamos las ruedas de atrás, pues ya estaba listo», asegura Ángel.

Es consciente de la falta de agua que hay en su país de origen, «en la ducha es muy rápido, no lo malgasta», asegura su mamá española.

Sus raíces le tiran y echa de menos la vida en el desierto. No le gustó cuando se enteró de que se iba a quedar aquí dos meses, pues vino, en cierto modo, engañado por su madre biológica. «Cuando le enseñamos un calendario y vio los días que le faltaban para volver al Sahara se enfadó mucho», comenta Ángel, su padre de acogida. Una noche, este matrimonio tuvo que ponerse en contacto con otra familia que tiene una niña también de acogida, que al no ser su primer año, habla español, para que hiciese de traductora y tranquilizase al pequeño que no paraba de llorar.

Los hijos del matrimonio están encantados con su nuevo hermano, aunque la rivalidad entre el recién llegado y el hijo mayor del clan era inevitable los primeros días. Ahora Miguel asegura que «Maddy es un buen amigo» y disfruta aprendiendo y jugando con él, incluso haciendo sumas, cosa que sorprendió bastante a Puri. «Un día vio a mi hijo haciendo sumas y me pidió que le pusiera alguna a él; sabe hacerlas», asegura. También participa en cursos de verano, junto con sus hermanos, donde se relaciona con más niños y se divierte conociendo las ranas.

Está aprendiendo castellano, y lo que mejor dice es «por favor», con lo que consigue todo lo que quiere y «adiós, hasta mañana», cuando ya no le interesa seguir hablando con alguien.

Ángel y Puri son un ejemplo de generosidad, aunque ellos mismos declaran que Maddy les ha «enseñado a compartir».

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