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jueves, 24 de mayo de 2012
Vivir

La gran evasión

R. Pérez Barredo | Burgos - domingo, 14 de marzo de 2010

La clave Embassy rescata la historia de Eduardo Martínez Alonso, médico español que facilitó la huida de miles de refugiados extranjeros del campo de concentración de Miranda

Aunque la maquinaria del exterminio nazi generó muerte en cantidades industriales y no cesó nunca en su empeño por perseguir sus objetivos más allá de los territorios conquistados, hubo personas que se lo pusieron difícil. Gentes honradas y audaces que aun a riesgo de su integridad decidieron poner todos los medios a su alcance para salvar vidas humanas. Un nuevo libro cuenta la historia de uno de estos héroes. Se llamaba Eduardo Martínez Alonso, Lalo, era gallego y médico de profesión. En La clave Embassy (La Esfera de los Libros) su hija Patricia ha reconstruido, tras años de investigaciones, el papel ejercido por su padre durante la Segunda Guerra Mundial mientras desempeñaba su profesión de médico oficial de la Embajada Británica en Madrid.

En 1941, con el Tercer Reich extendiendo sus alas sobre el continente europeo, millones de perseguidos huían de estas garras por los cuatro puntos cardinales. España, si bien afín al eje Berlín-Roma-Tokio, se mantenía neutral, y era una vía natural de escape para todos ellos. El Servicio Secreto Británico fue uno de los encargados de trazas planes de salvamento y evacuación de los miles de perseguidos que consiguieron entrar en aquella España de posguerra. Y este médico una de las piezas claves en conseguirlo.

Como señala su hija en el libro, «estas rudimentarias maniobras humanitarias, fuera del control franquista por obvias razonesde estrategia bélica, no podrían asociarse con el espionaje político, porque no lo eran, aunque la responsabilidad final recayera sobre el Servicio Secreto, moviéndose a través de su representación diplomática, lo que indudablemente confundía a sus rastreadores. Los voluntarios españoles podrían ser opuestos a la política del Tercer Reich, incluso indiferentes al fascismo español o al conservadurismo británico, pero participaban gustosos en las arriesgadas aventuras para socorrer a las víctimas. Por amor al prójimo, por solidaridad, por sentido de la responsabilidad. Por humanidad».

Esta red de espionaje con fines humanitarios tuvo su centro de operaciones en el salón de té Embassy, en la confluencia del paseo de la Castellana con la calle Ayala de Madrid. Con la connivencia de su propietaria, Margarita Taylor, allí recalaban clandestinamente todo tipo de huidos: indocumentados, desertores, apátridas, judíos, presos liberados de las cárceles y los campos de concentración.

el doctor vida en miranda. El campo de concentración de Miranda de Ebro se creó en 1937 para acoger presos políticos españoles; sin embargo, tras la contienda civil, éstos dieron paso a los extranjeros de los países aliados que huían de la barbarie nazi. Así, este tétrico lugar de 42.000 metros cuadrados edificado a orillas del río Bayas acogió desde principios de los años 40 a miles de exiliados de hasta 50 nacionalidades distintas. Fue en este lugar donde el médico Martínez Alonso jugó un papel esencial, ideando una ruta de escape, una gran evasión que permitió a miles de ellos salir de allí rumbo a Portugal. «La conmovedora situación en la que se encontraban los hombres confinados (...) forzó a los británicos a improvisar otros métodos liberadores», apunta en el libro Patricia Martínez de Vicente. Y uno de los nuevos métodos fue el diagnóstico médico. Las insalubres condiciones de vida de los confinados en el campo eran el caldo de cultivo de infinidad de enfermedades, con especial incidencia del temible tifus. Durante el reconocimiento de varios refugiados, el doctor Martínez Alonso diagnosticó esta enfermedad a un militar británico. El director del campo, ante el temor de una epidemia, decidió liberal al oficial.

«Un nuevo método de evacuación estaba servido. La firma de un médico español, colaborador de la Cruz Roja española, aunque viniera de parte de los británicos, era una garantía para los carceleros nacionales. Aprovechando las circunstancias y reaccionando rápido y bajo su responsabilidad, se pudo liberar a un número indeterminado de prisioneros, entre los que se colaron parte de los judíos polacos retenidos indefinidamente por las autoridades españolas. (...) En esa ocasión, mi padre se arriesgó a certificar múltiples casos con el milagroso y oportuno diagnóstico: tifus». La trata funcionó a las mil maravillas: coches de la embajada británica y ambulancias de la Cruz Roja entraban vacías y salían llenas de refugiados perseguidos por los nazis camino de Lisboa o de Gibraltar. Aunque no hay datos precisos, se cree que por este método pudieron salir del campo mirandés varios miles de personas.

peligroso pacto de silencio. En La clave Embassy, Martínez de Vicente subraya el arriesgado compromiso de todos los civiles españoles que tomaron parte de estas maniobras de la inteligencia británica. «Bajo la estricta disciplina interna, las actividades del MI9, completada con la ayuda de civiles como Lalo, era imprescindible guardar el máximo secreto de unas operaciones extremadamente arriesgadas. Con lo cual, los colaboradores tenían la consigan prioritaria de no intercambiar nombres, ni entre los rescatadores ni entre los rescatados, y más aún cuando se trataba de judíos. Había que evitar a toda costa que, en caso de caer en manos enemigas, incluso si los torturaban. Aunque los mandos desde Londres, y los agregados militares en el embajada en Madrid estuvieran informados al detalle sobre los evacuados, ningún cooperante local tenía nombres ni sabían los orígenes exactos de las víctimas».

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