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miércoles, 08 de febrero de 2012
Vivir
Muere el patriarca de las letras / Enmudece el mejor embajador de Castilla

Lo castellano universal

R. Pérez Barredo / Burgos - sábado, 13 de marzo de 2010

Con Delibes se extingue la voz de Castilla • Sedano fue «mi pueblo y no por casualidad de haber nacido en él, sino por decisión deliberada de haberlo adoptado entre mil» • Su obra ha trascendido a una dimensión universal

Cuando a Delibes le preguntaban por el Premio Nobel solía esgrimir una mueca escéptica, despreocupada, y con discreción cambiaba enseguida de tema. Sin la mujer de rojo sobre fondo gris, con quien lo compartió todo, ya no había sitio en su vida para sueños o ambiciones. No es que no hubiera agradecido un galardón de esa índole, pero realmente le importaba nada. Lo que a él de verdad le motivaba todavía era cazar perdices rojas, andar en bicicleta por el campo y escribir libros. Así que cuando la enfermedad le cogió por el cuello impidiéndole hacer lo primero, lo segundo y lo tercero, decidió dimitir del mundo, blindar su intimidad y concentrarse en morir.

Aunque no creía en la felicidad, llegó a ser un hombre feliz. Hasta la muerte de Ángeles, claro, que lo volvió un ser huraño y solitario. Pero vivió décadas de plenitud, y él siempre asoció aquella dicha a un lugar, Sedano, que fue el fruto más fructífero de la «pasión pueblerina» que siempre compartió con su mujer. «Pero bueno -me dice, a veces, la gente-, ¿no es usted de Valladolid? En efecto, uno nació -o lo nacieron- en Valladolid, ciudad de la que se siente orgulloso, pero eso no obsta para que a uno, desde pequeñito, le gustase tener su pueblo, siquiera para poder decir: "Allá, en mi pueblo, para ahuyentar los topos plantan en los huertos un árbol que llaman tártago que es talmente como una verde y gigantesca araña tropical". Porque es en los pueblos donde nacen las cosas y las costumbres y cada pueblo tiene una cara, y no como las ciudades, que todas se asemejan, porque todas, incluso las más pequeñas, aspiran a parecerse a Nueva York. Así que Sedano es mi pueblo y no por casualidad de haber nacido en él, sino por decisión deliberada de haberlo adoptado entre mil», escribió.

Juntos lo escogieron como segunda residencia. Antes de adquirir la gran casona de piedra a la que acuden siempre que pueden sus hijos y nietos, los Delibes construyeron un nido más humilde. La vieja cabaña está casi fundida con el bosque de altos pinos que guarecen Sedano de los vientos que arrasan el páramo, arriba. Es un refugio de madera a la manera de aquellos que había visto en el Aconcagua: pequeño pero capaz de estirarse para acoger a toda la familia sin menoscabo del silencio necesario para escribir. Sedano fue su lugar en el mundo, la mejor inversión que el maestro hizo en su vida. Sólo allí, apegado a la tierra, formando parte de esa naturaleza pura y atávica, se comprende al hombre y al escritor, al cazador y al periodista, al amante de la naturaleza, al ser discreto y sencillo.

El hombre en la tierra

Con Miguel Delibes se extingue la voz de Castilla, el autor que mejor y con más realismo ha sabido contar - a la vez que lo universalizaba- su esencia, su telurismo, determinante en la existencia de los que él siempre consideró sus «heroicos» pobladores. No deja de resultar curioso ese adjetivo, porque en su literatura no hay héroes, sino supervivientes adaptados a un entorno a menudo hostil: los personajes de sus obras más rurales están absolutamente condicionados por el entorno geográfico. Se trata de seres aferrados a la tierra y tan imbricados en ella que conforman un mismo universo, un cosmos agreste en el que las fuerzas se igualan alcanzando un azaroso equilibrio. Criaturas sencillas, en ocasiones elementales, sometidas a la dureza de una forma de vida y un paisaje que son su destino, donde la violencia o la ternura sólo son accidentes en el tránsito existencial, sucedidos inexorables de la gran tragedia.

Muchos de sus grandes e inolvidables personajes -Daniel El Mochuelo, El Nini, Azarías, el señor Cayo- surgieron de su pluma allí, y cuántos, además, podían haber sido reales, de carne y hueso, tal era su conocimiento de las gentes, de sus costumbres, de su habla Buena parte de los apellidos y apodos de los personajes de sus obras beben de la toponimia de la comarca burgalesa. Si alguna vez, dentro de muchos siglos, hubiera que recrear la vida en un pueblo de Castilla de la mitad del siglo XX, no haría falta echarle imaginación: bastaría con leer las obras esenciales de Delibes. Con el añadido de que ese futuro lector podría descubrirlo a través de una prosa diáfana, sencilla, desnuda y verdadera, sin barroquismos ni estridencias, acaso la forma más difícil de escribir. Quienes han tenido acceso a los manuscritos originales han podido comprobar cómo el escritor depuraba obsesivamente el estilo hasta dejarlo delgado, esencia solo. Pura verdad, porque en la Castilla por él narrada y ya casi desaparecida las palabras son pocas, pero certeras y llenas de sentido. Su magistral uso del lenguaje es uno de los grandes legados que deja.

Siempre alejado de los cenáculos literarios, enemigo del compadreo y de los figurones de relumbrón, Delibes construyó una obra inmensa, independiente, honesta, coherente, ajena a corrientes y modas. Lo hizo siempre con modestia y desde un raro -por excepcional- compromiso: con el hombre, actor, y con la naturaleza, teatro desabrido e ineludible.

Ética y estética

La relación entre ambos es el eje de la obra delibeana, sublimada por un fondo moral inamovible. «Ética y estética se han dado la mano en todos los aspectos de mi vida», escribió. Mostró siempre, además, una honda preocupación por esa naturaleza que tanto amaba. Fue, junto a Félix Rodríguez de la Fuente, de los primeros voceros del lamento de la maltratada tierra. «El progreso calienta el estómago del hombre pero enfría su corazón», dijo en cierta ocasión. Numerosos ensayos son declaraciones de amor por el entorno natural a la vez que denuncias vehementes por su estado comatoso.

El gran escritor de Castilla nos deja huérfanos. Hoy ni las palabras encuentran la manera de expresarse. Sin embargo, esta tierra es ya, gracias a su talento, un territorio universal. Un lugar imperecedero, eterno, que jamás difuminará la calina del tiempo.

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