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Los 16 burgaleses del fin del mundo

R. Pérez Barredo / Burgos - domingo, 14 de febrero de 2010
La muerte del último monje español en la ciudad monástica de New Norcia (Australia), fundada en el siglo XIX, rescata la historia de esta misión benedictina con una importante presencia burgalesa

Los monjes españoles

Venancio Garrido, natural de San Miguel de Pedroso | Gerardo Castañares, natural de Tamarón | Íñigo Alcalde, de Cañizar | Lesmes López, de Palacios de Benaver | Gregorio Gómez, de Villoruebo | Agustín Ortega, nacido en Jaramillo Quemado | Manuel Alberto Pérez, de Palacios de Benaver | Ildefonso Martínez, de Palacios de Benaver | Vicente Burgos, nacido en Quintanilla de las Viñas | Donato Arce, de Cañizar de los Ajos | Fulgencio González, natural de La Nuez de Abajo | Silvestre López, de Pedrosa de Río Urbel | Santiago Carrasco, de Cañizar de los Ajos | Agustín Gozalo, de Cavia | Domingo Vallejo | Paulino Gutiérrez, de Villaespasa de lara

Dom Paulino Gutiérrez era un leyenda en la ciudad monástica de New Norcia, ubicada en el corazón del oeste australiano. Lo había sido todo en la misión benedictina a la que llegó siendo un chiquillo, y todos los miembros de la comunidad le mimaban a diario y celebraban con una fiesta cada uno de sus últimos cumpleaños. El pasado mes de enero, a punto de convertirse en centenario, falleció tras agravársele una infección pectoral. El abad del monasterio recordaría tras el deceso que este monje burgalés había sido el ejemplo perfecto del ideal monástico, destacando su humildad, entrega y serenidad para con sus hermanos y todas aquellas personas que le rodearon en vida. Con su desaparición se extingue el último eslabón de una epopeya misionera que tiene su origen en la España del siglo XIX y que a lo largo de su historia ha tenido a otros quince monjes burgaleses entre sus protagonistas. Allí, en el fin del mundo, entregaron lo mejor de sus vidas movidos por la fe y el amor.

La fenomenal historia de esta misión surgió a partir de las primeras desamortizaciones del primer tercio del siglo XIX. Dos benedictinos españoles, José María Benito Serra y Rosendo Salvado, pidieron destino fuera de Europa para poder desempeñar una labor evangélica en cualquier rincón del mundo. Fueron enviados a Australia con un cometido: levantar una misión en una de las zonas aborígenes del islote continental. Allí, en una zona inhóspita y desconocida, fundaron Nueva Nursia (New Norcia) en homenaje a la localidad en la que había nacido el fundador de la Orden. Sucedió en el año 1846.

El plan establecido pasaba por la creación de un pueblo cristiano basado en la agricultura en el que los aborígenes de la zona pudieran vivir de manera autosuficiente; sin embargo, la terrible reducción de la población nativa por culpa de las enfermedades importadas por los colonos europeos obligó a los monjes a modificar sus planes, concentrando todas sus energías en la educación de los niños aborígenes, filosofía de muchos misioneros de la época, centrados en "civilizar" a los nativos. El carisma, la sensibilidad y el respeto hacia los nativos de Salvado sirvieron para el éxito de la misión. A su muerte, en 1900, New Norcia registró un cambio de modelo.

Aunque la educación y atención a los aborígenes siguió siendo uno de los pilares esenciales, fue convirtiéndose en una ciudad monástica de corte más europeo y centrada en las necesidades pastorales del oeste australiano. Con Fulgencio Torres como abad, se construyeron dos colegios, Santa Gertrudis, que era femenino, y que pasaría a ser responsabilidad de una orden australiana llamada Hermanas de San José, y San Ildefonso, masculino, que a partir de su creación rigieron los Maristas.

A lo largo de ese siglo fueron recalando en New Norcia más monjes procedentes de España (aunque la comunidad nunca tuvo más de 70), muchos de ellos de la provincia de Burgos. Gregorio Gómez, natural de Villoruebo, llegó a ser abad del monasterio.

Todos sus nombres y sus localidades natales encabezan este reportaje, que pretende ser un homenaje a todos ellos, si bien uno de los más hermosos se lo tributó el impenitente viajero e historiador burgalés afincado en Edimburgo Miguel Vivanco, quien en el año 2002 viajó hasta la ciudad australiana portando en su equipaje un curioso presente: piedras recogidas en los pueblos natales de cada uno de los monjes burgaleses que fueron posteriormente depositadas en las tumbas de éstos.

más cambios. La ciudad monástica prosperó y registró nuevos cambios hacia la mitad del siglo XX con el fin de atraer más población autóctona a la villa. Así, los monjes decidieron adaptarse a las condiciones de vida locales. Sin embargo, el número de monjes disminuyó paulatinamente. En las décadas siguientes cerraron las escuelas de aborígenes y hasta el colegio católico. Cuando todo parecía ir a peor, surgió el turismo como alternativa. Aprovechando los edificios construidos, de gran atractivo arquitectónico, son decenas de miles las personas (la media anual es de 70.000) que cada año visitan New Norcia buscando reposo en éstos, que también acogen campamentos escolares, seminarios y reuniones. Además, la artesanía tradicional, que es de producción propia, al igual que el pan artesanal y el aceite de oliva son reclamos de primer orden que han permitido florecer la ciudad monástica australiana, en la que viven y trabajan, además de los religiosos, unas 70 personas. Los monjes, ya todos australianos, continúan con su vida dentro del monasterio y desarrollando labores informativas en un nuevo centro educativo para todos aquellos jóvenes que sientan curiosidad por los orígenes de esta misión, fundada por españoles en fin del mundo.

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