Grupo de destacados alumnos al término de sus estudios.
Apeonar
Me encuentro con Gustavo Calleja, que está leyendo mi novela: él me llevó a un estudio de radio por primera vez, para que me entrevistara su hermano Cuto. O me llama Carlitos Hernando para darme la horrible noticia de la muerte de Chema Elúa, que tanto tiene que ver con esa misma novela; como Ángel Beano, un río de talento y entereza; o recibo un correo cariñosísimo desde París, de Jose Mari, que ya no estuvo aquel año; si estaban dos Garcías a los que debe mucho la ciudad, el enorme Luiso y Fernando García Romero… Es el reino de lo privado, lo que no cabe en un relato: salvo para explicar que el año de preuniversitario fue, sencillamente, el año más feliz. Habíamos doblado prematuramente el cabo de la adolescencia: alguien que está al borde de la universidad ya es mayorcito. Y dejábamos atrás, con la infancia, la omnipresencia del hogar como referente: hundíamos raíces en el grupo y el mundo se llamaba esperanza. ¿Puedo decir que aquel año el Instituto fue una patria? Lo fue: una más, si se quiere, pero la más personal.
Quiero decir que éramos de Burgos, que estábamos encantados del proyecto de equipo con el que Preciado y Estébanez iban a asaltar pronto la primera división, aunque faltaba un poco para aquellas pegatinas en el seiscientos, tan chulas: «Rodamos con petróleo de Burgos». Y éramos españoles: campeones de Europa, nada menos (aunque creo recordar que el Régimen le metió mucha lírica al gol de Marcelino a Rusia mientras que la peña se lo tomó con mucha normalidad: total, era lo nuestro, ser campeones de Europa. El Villa, por cierto, de aquella competición, el Pichichi, era una maravilla de Medina llamado Jesús María Pereda: dos goles en dos partidos. Y una asistencia que desde Madrid le quisieron robar a mayor gloria de Amancio; pero de eso nada, monada…)
Pero éramos del Insti… A ver: alguien tiró un adorno de piedra de la barandilla del Espoloncillo a la orilla del río. El gobernador llamó a don Leandro, el director; y don Leandro me llamó a mí, porque era el delegado. «Me dicen del gobierno civil que han sido alumnos del Instituto. ¿Es verdad?» «No creo, pero déme dos días» Al día siguiente no me cabía ninguna duda: no era cosa nuestra. «Don Leandro: nosotros no hemos sido» Y don Leandro se las tuvo tiesas con el gobernador, porque sus chicos no eran los autores de aquella gamberrada: ahí queda eso. Íbamos juntos a todo: a animar en los partidos de lo que fuera (recuerdo especialmente el balonmano, al que nos había enseñado a jugar Lino Vila). Y no se me olvidará uno de esos concursos radiofónicos de preguntas en los que con tres aciertos ganabas cinco duros. Concursaba otro García, Alfredo, y se trataba de acertar la palabra justa tras oír la definición. Las dos primeras eran sencillas: la tercera preguntaba por el verbo que cuenta los andares de las perdices y me quedé pálido ante aquella traición: ¿quién coño sabía eso? Alfredo dijo: «apeonar». Ovación y vuelta: nos rompimos las manos aplaudiendo al colega. Allí estaríamos todos: Peter, el fenómeno del billar, y Tripichi, el maravilloso Juanjo, y…
Preuniversitario
Algunas reflexiones sí valen para todos. Estoy, como el personaje de Osborne, mirando hacia atrás con ira. El curso empezaba en octubre y acababa en mayo: y en ese tiempo, a chavales que tenían un año menos que los actuales, se nos metía una tralla importante que resistíamos tan ricamente y que nos hacía crecer: y luego viajábamos a la sede universitaria, Valladolid en nuestro caso, y pasábamos un examen de madurez de aquí te espero y dábamos el segundo estirón. Estudiábamos una física que quitaba el hipo, y de eso sé mucho, y con la química aprendida en bachillerato anduve cómodamente en primero de carrera. Las matemáticas bajaban bastante: comenzaba la neura de la teoría de conjuntos. Pero teníamos también una historia de la filosofía, una literatura española de los dos últimos siglos, una historia de no te menees y una biología tremenda. Y francés: que nos esperaba un examen oral. Y otro par de asignaturas.
¿Qué cómo se hacía? Con mucho trabajo personal: recuerdo la cantidad de tardes que echamos en casa de Juanjo haciendo problemas. Porque preu era un lujo asiático: no teníamos clase por la tarde. Eso significaba dos cosas: que había mucho tiempo libre y que cada uno era hijo de su propio esfuerzo. Y ésa es la mejor escuela de libertad: ésta es tu vida, toma las riendas, responde… Ése es, para mí, el único modelo de enseñanza.
Es más difícil dejar huella explicando ciencia, porque la ciencia requiere un instrumental auxiliar del que siempre andamos algo cojos, que es la matemática. Y acaso porque es más árida: pero no lo tengo yo tan claro. Tuvimos dos auténticas estrellas dándonos clase: de una de ellas contaría anécdotas a cual más valiosa. Con una vale. Un día Martín Santos entró en clase y preguntó qué nos tocaba. «San Agustín». «¡Hombre…!» Y se sentó en la mesa y empezó a bosquejar una biografía errática, como la del obispo de Hipona, en un tono ligero y gracioso. «Bueno: ¿y qué opináis de alguien así» Uno, más decidido, se nos adelantó: un chaquetero. Gestos de asentimiento cómplice del resto. «Pues bien: Agustín es uno de los personajes más fascinantes de la antigüedad y un extraordinario filósofo.» Así se dirige una orquesta: todos agustinianos para siempre. Aunque la leyenda del año fue don Elías: nos tuvo aperreados con la Biología (salvo a Pascual, un águila de la chuleta) y el día del examen final de todo nos lo cambió por un aprobado general. Casi sale a hombros: y no era Finito de Córdoba precisamente.
Una pausa
Y ahora, querido lector, me tienes que permitir una pausa. El modesto escritor de todo esto ha ido variando tonos y estilos a medida que le cambiaba la voz y le crecía la pelusa. Nota que el tiempo que sigue es otro: que requiere otro lenguaje, que hay que bucear en otros rincones del alma, que fueron otros ojos los que vieron pasar las cosas de Burgos y de España y hay que ir a buscarlos…
Nota, también, que él se fue de Burgos en 1965 y cuando regresó, en 1970, volvió a «otra» ciudad. No sólo él había cambiado: la pequeña ciudad de curas y militares cambiaba su faz, su geometría, desplazaba notablemente hacia el norte su centro de gravedad y empezaba a ser habitada por clases desconocidas en sus muchos años de historia.
Habría que contarlo, creo yo… Pero sólo si te interesa a ti, lector, y si lo juzga oportuno mi director. Habrá que ir a buscarlo en otra parte de los adentros, a ese lugar que está a medio camino entre el rigor y la imaginación, entre los ojos del corazón. Yo creo que ni tú ni yo olvidamos esa preciosa sentencia de Machado: «Se miente/ por falta de fantasía:/ también la verdad se inventa».
Hasta la vista, entonces: tengo que descansar de mi infancia. O sea, de la felicidad. Sobre todo, ¡ay! de la de preuniversitario.