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sábado, 23 de agosto de 2014
Vivir
La calle que fue nuestra. Tino Barriuso

Las dimensiones del teatro

Tino Barriuso - domingo, 31 de enero de 2010

pase usted,

don enrique...

Cuentan dos amigos míos que por aquellos años dos hermanas solteras compraron un televisor y cuando comenzaba el telediario y el locutor -Jesús Álvarez, supongo- decía «Buenas tardes» ellas, muy educadas, contestaban «Buenas tardes». Algo, con aquellas imágenes, entraba en nuestras casas y amenazaba con expulsarnos de ellas. Lo ha hecho: pero entonces no nos dábamos cuenta.

Porque aquel era otro contrato. Todos los miércoles ponían Estudio 1: con actores de la casa, Nuria Torray o Elvira Quintillá, Pablo Sanz o Fernando Delgado, cada semana entraba en casa el teatro universal, con puestas en escena algo más que cuidadas por Pedro Amalio López o Gustavo Pérez Puig. Cuando en sexto estudiaba la literatura universal tenía un conocimiento muy serio de su parte dramática, cosa que asombraba a Encarnita Adrián, mi estupenda profesora, que no podía entender que en una aldea de provincias un mocoso supiera tanto. Un día me lo preguntó, pensando acaso que mi papá era un potentado que tenía abono en todos los teatros de Madrid. «La televisión», le dije. Creo que me miró con cierto desencanto: era, claro, una mirada premonitoria pensando en el panorama actual. Pero era cierto. En mi casa, como en cualquier casa de España, los miércoles a las diez alguien llamaba a la puerta. E, indefectiblemente, le decíamos que pasara. «Pase usted, don Enrique…» Y era don Enrique Ibsen.

un héroe local

Huelga decir que el otro gran elemento vivificante, en el plano cultural y, sin duda, en el político, fue el teatro. El teatro tenía tres dimensiones, cosa que no le sucede al cine o la televisión: por eso nos estamos volviendo planos. Y no sólo en el aspecto geométrico: la vida era, ya lo había dicho Calderón, «El gran teatro del mundo» y por aquellos años añadía una espléndida coda Jaime Gil de Biedma: Envejecer, morir, eran tan sólo/ las dimensiones del teatro. Existía un teatro universal: «algo» pasaba en Broadway, en Londres o París: estrenaban Tenessee Williams, John Osborne o Jean Anouilh, estrenaban Miller, Wesker o Arrabal… Había un teatro nacional: estrenaba Buero y estrenaba Paso, coexistiendo entre ellos y compartiendo el mercado con las revistas de Celia Gámez o las cosas de Zori, Santos y Codeso.

Y existía un teatro local, que seguramente venía de la noche del tiempo, de las primeras corralas, y que se había perpetuado nombre a nombre, esfuerzo a esfuerzo, sueño a sueño. Ya había cerrado el Principal: pero entre los mayores quedaba el recuerdo de las épicas funciones de antaño, «La santa virreina», de Pemán, y María Guerrero y don Fernando Díaz de Mendoza: obras de fuste con alabarderos de casa y claque propia, con sucedidos muy chuscos, alguno de los cuales recogía Virgilio Mazuela procedentes de la infatigable memoria de mi padre. En ese teatro local se alineaban nombres en mi cabeza infantil: siempre quise ver actuar a Manena Olea. Nombres contra nombres muchas veces, que el mundo del arte está lleno necesariamente de egos muy sólidos cuyas fricciones producen -séame perdonada la comparación, pero es así- auténticos terremotos.

A mi memoria saltan los nombres de algunos directores: Ricardo López, médico con más vocación que ideas, José Luis Heras Karraskedo, que luego se dedicó totalmente al teatro de títeres, Vicente Ruiz de Mencía (sí, sí, no busquen, no hay otro) de quien recuerdo en SIPE una herida luminosa más que estimable, con mi hermana Cristy y Luis Renes. Mi hermana, estupenda actriz, lo dejó: cosas de los tiempos. Pero abrió la brecha por la que entró mi segunda hermana. Y eso son palabras mayores. Recuerdo, algo más tarde, una excelente versión de «Un soñador para un pueblo», de Buero Vallejo, a cargo de Paco Lesmes: no puedo entender que aquel chico no siguiera.

Pero la figura de entonces fue, sin duda, José María González Marrón, aquel niño de cuerpo grande, tan dotado para hacerse enemigos y para que nadie entendiera que su arrogancia era de atrezzo. Yo conocí a Marrón en su casa, pues su hijo José Mari era mi mejor amigo (sigue siendo un gran amigo, ahora en París).

Un día, siendo yo un adolescente que no se perdía función alguna (yo vi debutar a Carlitos Tena, el divertido y competente locutor de Auanba buluba balamban bu) asistí en la vieja casa del Cordón a un milagro: dos jóvenes actores superdotados representando «El zoo de cristal», de Tennessee Williams. Uno era muy contenido y disponía de una voz maravillosa: se llamaba Antonio Gregori, tantos años periodista en Radio Nacional, experto (de verdad) en cine y concejal de Burgos por el PSOE. El otro es, en mi opinión, uno de los mayores talentos dramáticos que he conocido. Brillante hasta decir basta y demasiado indómito para encajar en la disciplina de una compañía, José Antonio Martínez Gutiérrez, el Guti, ha sido, como el rubio jugador del Madrid, tan genial como intermitente. Pero debió hacer una carrera descomunal como actor y no la hizo: eso nos ha permitido disfrutar de un verdadero creador de poemas sobre el escenario, algo que no me consuela a la vista de tanto talento.

Aquello lo dirigía Marrón. Y ahora no recuerdo con qué o con quién empezó Tina Barriuso, otro talento descomunal que ganó dos premios nacionales de teatro, uno en Zamora y otro en Sitges, antes de irse a Madrid a hacer teatro. No lo hizo: cuando pudo dedicarse a ello ya tenía una niña y lo primero es lo primero. Pero a cambio ha dado mucha luz a las noches de España a través de la radio: muchísima. No puedo dejar de citarla porque sea mi hermana: fue un monstruo de simpatía y de intuición, un río de dones que no se han desparramado. La recuerdo haciendo con Marrón «Carta a una desconocida», un monólogo que equivale a un doctorado en teatro y que Tina (y su director) sacó cum laude. Años más tarde repetiría el examen de doctorado con otra soberbia actriz, Ana Neila, que lo volvió a bordar.

Si es por nombres, no hay problema. De aquí salió, directamente a París para trabajar con Marcel Marceau, el primer mimo del mundo, Blanca del Barrio. Porque José Mari se pasó al mimo y fundó «El Colacho», una escuela espléndida del que sólo he citado algunos frutos. Y de alguna parte salió el mejor de los directores de cine burgaleses, el gran Antonio Giménez Rico: nos debe todavía esa Ciudad del gran rey que le puso en las manos el no menos grande Óscar Esquivias.

Así que Marrón, con su facundia, sus errores y sus excesos cumplió en Burgos una función (varias) de primer orden. Aquí queda un pequeño recuerdo: lo merece.

PERFIL

JUANJO

Es decir, Juan José Ruiz Rojo: pero bastaba con Juanjo en casi toda la ciudad. La contrafigura de Marrón: reflexivo, silencioso y comprometido, Juanjo fue un fundador de pulsos casi instantáneos, que el tiempo y el espesor del aire disolvían como azúcar en un café: todos, eso sí, bautizados con nombres que empezaban por A. Hasta que llegó Alfoz Teatro-escuela: casa de acogida de un montón de soñadores adolescentes, limpios como la luz del alba, que en el poeta de la calle de la Puebla encontraron el punto de partida para otro camino, menos trillado, más próximo a los dictados del corazón y de la inteligencia, de la sensibilidad y el compromiso.

Juanjo fue ese fragmento de conciencia sin el que una ciudad se muere, una permanente clase magistral de generosidad, de proximidad al otro, fuera cual fuera su edad y una inacabable lección de estilo. Quizá todo lo hizo a medias: pudo ser un gran poeta existencial y se quedó en algunos poemas sueltos, por ejemplo… Muchas veces he pensado, sin embargo, que era pura abnegación: y la infinita pereza del que lo sabe todo y nada espera. Dio, a cambio, todo lo que tenía, y era mucho: su lucidez se transformó en esperanza colectiva, hombre a hombre, mujer a mujer y vena a vena. Si alguna vez esta pretenciosa ciudad se anima a pagar sus deudas culturales ahí tiene un par de nombres con un enorme saldo a favor.

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