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Vivir

06/01/2010

La ruta de las figuras

La proliferación de esculturas figurativas de bronce en el espacio urbano ha abierto un debate sobre su idoneidad, estética, calidad artística y oportunismo • Más allá de gustos personales, presentamos 4 visiones sobre el tema

Ancianos sentados.

Valdivielso
I.L.H. / Burgos

La ruta de la morcilla y la de la luz se han quedado cortas al lado de la que podría crearse en torno a las esculturas figurativas de reciente multiplicación. Las firman entre otros Ángel Gil, Teodoro A. Ruiz, Bruno Cuevas, Salaguti, Taller Alfa Arte, Javier Muro y Casto Solano y han costado entre 34.000 euros (presupuesto, por ejemplo, del herrero de la calle San Lorenzo), los 126.000 euros (precio del dulzainero y el del tambor ubicados en San Lesmes) y los 150.000 euros que establecían las bases del concurso para la pieza del entorno del Museo de la Evolución Humana.
Dejando a un lado los gustos personales, hemos pedido a cuatro personas relacionadas con el arte, la escultura y el espacio urbano que valoren, con criterios objetivos, el carácter estético de las figuras y su papel en el entorno en el que han sido colocadas.
La profesora de Geografía Urbana Begoña Bernal se detiene en la elección de los personajes, «tipos populares» que no representan sino «indumentarias, costumbres, edades o asuntos colectivos», que nada tienen que ver con la escultura conmemorativa y que, a su juicio, vienen solo a ocupar espacios vacíos de automóviles.
David Dobarco, presidente del Colegio de Arquitectos, considera que falta coherencia y sensibilidad en el uso del espacio público: «No se valora el espacio urbano como secuencia de imágenes, producto de la proporción del entorno arquitectónico, de jerarquía y contraste de elementos, de su capacidad de servicio».
Nicolás Alonso, profesor de Arte, Cultura y Educación, cree que se mantiene una visión tradicional de lo que debe ser la escultura de las ciudades, y Lena Saladina Iglesias, catedrática de Historia del Arte, rechaza la «insensata agregación de partes que, a grande y pequeña escala, se está imponiendo».

Begoña Bernal, profesora de Geografía urbana, crecimiento y evolución de las ciudades

Intervenciones margivagantes

A lo largo de su historia la ciudad de Burgos nos ha dado muestras de una gran cualidad, «saber hacer ciudad», con un excelente uso del espacio. Pero esa construcción urbana, de siglos, se está perdiendo en poquito tiempo por unas intervenciones en el espacio público que resultan absolutamente lamentables.
Da la impresión de que al Ayuntamiento no le gusta cómo quedan los espacios una vez que se eliminan de ellos los automóviles. Los espacios peatonalizados les provocan horror y de inmediato los llenan de elementos como bolardos, macetones, papeleras... y últimamente de diversos «personajes populares» o ridículas fuentes, que constituyen una contribución contemporánea del más bajo nivel. La plaza de Alonso Martínez es un gran ejemplo de lo que hace mucho tiempo fue definido como «horror vacui». Pero no es el único. Se ha llenado de objetos que representan una agresión y distorsión del espacio público.
Las patéticas fotografías de las inauguraciones en las que comparten protagonismo los poderes local y central, ofrecidas por los medios de comunicación, nos presentan un cuadro más propio de personas carentes de instrucción y que viven aislados en un hermético exilio interior. Puede ser que el deseo de embellecimiento de la ciudad con objetos y cosas que no son funcionales, ni son arte, obedezca a un instinto o impulso íntimo de hacer de Burgos una ciudad «original». Así, como si fuera un juego, asisten con regocijo al gran carnaval de inauguraciones de burdas intervenciones que convierten el espacio público en un delirio hilarante por ridículo.
Un peregrino tocándose un pie, dos campesinos enanos, un herrero gigante, dos desmesurados dulzaineros, una bruja asando castañas, un homenaje a nuestros mayores (o los suyos), otro homenaje a los dicapacitados, una mujer deforme abrazando un paraguas con su melena en medio de su propio charco, unos niños jugando a las canicas o un guardia urbano de tebeo dirigiendo el tráfico en una calle peatonal, constituyen un tipo de objetos, no esculturas, sin ningún valor intrínseco que contaminan el espacio público y contribuyen también a distorsionar el valor de ese espacio desde el punto de vista cultural.
Estos personajes que se desarrollan en esta modalidad de objetos, no son esculturas, no pretenden ser monumentales aunque paradójicamente están realizados en bronce, metal reservado para las representaciones públicas singulares. En algunos casos representan tipos populares que han sido motivo de burla por su condición marginal y, en general, no representan sino indumentarias, costumbres, edades, o asuntos colectivos. El gobierno municipal ha escogido estos personajes precisamente por su carácter innominado y por su origen popular y genérico. Esta modalidad de piezas de fundición se encarga a una empresa de carácter industrial y no existe control sobre el original sino sobre el producto final, poco importa quién sea su autor y menos su interés estético. Todo lo contrario a la escultura conmemorativa tradicional que es una obra singular, culturalmente historicista y responde a la introducción de valores mediante el ejemplo, además de ser realizada por un escultor con un nombre reconocido, mediante encargo público y a partir de un debate sobre su valor, la modalidad de ubicación y su significado.
El reciente descubrimiento del gobierno local de que le sale barato llenar de «pongos» el espacio público ha ido creando un paisaje urbano amenazante. Actúa sin ningún impedimento legal, como si la calle en la que asienta las piezas de su mal-gusto fuera suya y, guiado del síndrome de Juan Palomo, obliga a los ciudadanos a ver y soportar a diario tanta basura. ¡Jesús, qué hemos hecho mal los burgaleses!


David Dobarco, presidente del Colegio de Arquitectos

La nueva Edad de Bronce

Terry, mi difunto fox- terrier, cuando pasaba junto a la escultura homenaje al perro perdiguero evidenciaba la confusión de sentimientos que le despertaba; los perros no tienen buena vista, pero allí estaba «algo» que parecía un congénere, aunque ni se movía, ni ladraba y, desde luego, no olía… así que no estaba ni vivo, ni muerto. Terry nunca llegó a realizar valoraciones artísticas, pero sabía distinguir la vida, la emoción, incluso el afecto. Probablemente esa fue la primera escultura de una avanzadilla, cuyo objetivo final parece ser la colonización de la ciudad, o al menos de su espacio público.
El Arte primitivo pretendía ser lo más realista posible, pues de su magia dependía el éxito de una cacería, la inmortalidad transcendente del espíritu o, simplemente, la complacencia de los dioses; así que era inexorablemente figurativo, el Arte imitaba a la Vida. Pero el Hombre busca el conocimiento objetivo de la realidad y, a medida que lo hacía con la Ciencia, la magia se desplazaba hacia un Arte liberado de describirla, pero no de explorarla. Por ello hay un componente de transgresión en el Arte, al poder expresar lo que no es obvio o lo oculto, «otros mundos dentro de éste» según Paul Eluard. Como la Ciencia es más difícil de asimilar, las manifestaciones artísticas son la principal expresión de una Cultura, porque la primera aproximación al Arte es por la emoción, «el sentimiento de lo bello» que diría Oscar Wilde.
Demian Hirst es el artista vivo cuya obra es más cotizada; su máximo ejemplo es una calavera humana revestida de platino, oro y brillantes, vendida en 74 millones de euros. Demian, además de pintar, trabajó en un depósito de cadáveres y la provocación morbosa se convirtió en la base de sus obras. ¿Para qué pintar o esculpir un ser? ¿Por qué no enseñar su interior? Puede alcanzarse la máxima figuración, incluso pulcramente seccionada, con cadáveres de tiburones, becerros o humanos tratados adecuadamente (metidos en recipientes transparentes con formol). Si la transgresión es la base de su discurso, no toda transgresión es Arte. La obra de Hirst no es una congelación de la vida sino un espectáculo sobre la muerte; algunos argumentan su poder de reflexión, pero parece más bien una frivolización siniestra, por el dinero que mueve. Es incómodo juzgar a nuestra época por estas obras, pero nunca la voracidad económica había añadido el valor intangible de monetarizar la muerte como Arte.
Hace casi dos mil años, en Pompeya, el Vesubio proyectó una lluvia mortal que sorprendió a sus ciudadanos y los «congeló» en su actividad cotidiana. Por fortuna, los arqueólogos e historiadores llegaron antes que Hirst y le impidieron «comercializar» su muerte. Sin embargo, los cuerpos se recuperan como auténticas esculturas en sus espontáneas tumbas volcánicas. Nuevamente nos encontramos ante admirables e inquietantes manifestaciones figurativas: la vida se convierte en muerte y parece Arte.
La invasión de esculturas figurativas en Burgos tiene algo de pompeyano, parece que el bronce ha llenado el espacio que ocupó la vida cotidiana de algunos burgaleses hace décadas. También inquieta, porque busca la misma «objetividad» que Hirst, aunque no parece que el bronce sea un baño metálico sobre un ser humano. Llevar la vida cotidiana a las esculturas en el espacio público carece de interés argumental, a menos que desapareciera la especie humana de Burgos y quedara el vestigio de nuestros bronces: así jugaban, así se mojaban con un paraguas, así llevaban la boina, etc.
Estas esculturas no celebran la belleza del cuerpo humano, según la tradición clásica, ni ironizan sobre la molicie carnal, como Botero, o se yerguen atravesadas por el aire como las de Gargallo... No; están muy arropadas de refajos y pliegues para ocultar la naturalidad anatómica. Tendrían sentido en museos etnográficos, pero para eso no necesitan ser de bronce. Sólo una acierta en su mensaje al entorno: el Peregrino sentado en el banco, que busca la compañía de otro caminante para ser enmarcados por la Catedral. Debemos celebrar la vida y este «objetivismo» resulta siniestro.
En realidad expresan un problema más amplio: la ausencia de mínima sensibilidad y coherencia en el tratamiento del espacio público. No se valora el espacio urbano como secuencia de imágenes, producto de la proporción del entorno arquitectónico, de jerarquía y contraste de elementos, de su capacidad de servicio. No hace mucho, en nuestro Ayuntamiento se hablaba de Urbanismo, ahora se habla de Fomento. Tal vez por eso existe auténtico terror al vacío, al espacio, y se fomenta un furor por llenarlo de objetos que entorpecen su uso. Nuestras ciudades aplican normativas de accesibilidad universal, pero Burgos, como otras, se llena de barreras: bolardos, mobiliario dudoso, soportes publicitarios, fuentes de chorrito o simplemente «traicioneras», para deleite de gamberros, y… esculturas. Aportaciones costosas e innecesarias, en muchos casos.
El trabajo merece siempre respeto, pero puede valorarse de muchos modos y, por los motivos expuestos, no considero adecuada la proliferación de este tipo de esculturas. No estamos acertando en el tratamiento de nuestro espacio urbano actual, e invocar una nueva Edad de Bronce no es una buena referencia, sobre todo cuando se aspira a la capitalidad cultural europea en 2016.


Nicolás Alonso, profesor de la UBU de Arte, Cultura y Educación

Una visión tradicional

Al hacer un recorrido por la ciudad de Burgos podemos toparnos con objetos de bulto redondo, en cualquier rincón, bajados del pedestal y realizados en bronce. Su intención escultórica tiene más parecido con el diseño publicitario tridimensional, entre otros tantos objetos que pueblan las aceras; salvo por lo distintivo: el tema, su tratamiento formal y el uso de los materiales y técnica. Parecen más ocurrencias estéticas localistas, fundidas en metal, que un verdadero proyecto escultórico conjunto para la ciudad. Estos artefactos distribuidos y yuxtapuestos en los espacios públicos de la ciudad conviven de manera heterogénea, aunque su aspecto reconocible les dé una aparente y falsa unidad.
Esta visión tradicional jalona la ciudad de manera masiva e invasiva, manifiesta una perspectiva complaciente con el pasado, en clara contradicción con la consecución de la capitalidad europea, con una ciudad y sociedad abierta al futuro. Todas estas figuras no sintonizan con una revisión actualizada de la función de las artes en la sociedad, es más, no pueden ni ser etiquetadas de modernas.
La promoción de supuestos ideales estéticos chirría por el énfasis en la figura humana y lo que se obvia, la complejidad de la sociedad actual. Existe una oposición evidente entre la propuesta plana y genérica, con su tópico y típico tema realizado en metal noble, con la riqueza y diversidad artística más actualizada, con otros planteamientos más acordes con el presente, con una mayor amplitud de miras. Confundir objeto escultórico y diseño figurativo, bajo parámetros artísticos tradicionales, aparentemente modernizados, es un error que no pasa desapercibido a las personas interesadas y preocupadas por la sociedad actual.
En una breve descripción formal, indicativa y simplificadora, observamos que los resultados estéticos tradicionales de una figura se centran visualmente en la anatomía y el ropaje, en la mimesis o verosimilitud e identificación del tema, sin olvidar el lugar de colocación, el espacio circundante y de circulación, su escala, además del material y técnicas. La figura se extrae de un bloque, se convierte en un objeto inmóvil rodeado por las posiciones o miradas del espectador en interacción estética.
Pues bien, muchas de estas condiciones no se cumplen en muchos o algunos de los objetos escultóricos sembrados por la ciudad. Invitamos a fijarnos en las posiciones de las figuras sedentes o andantes con el tratamiento de la caída de los paños, las pátinas enmascaradoras del modelado, la correspondencia entre forma volumen y textura, lo heterogéneo de la escala y la banalidad de los temas, por su complacencia populista.
Complementariamente no debemos olvidar la función y valores que trasmiten, qué nos proponen, qué manifiestan y pretenden. Es un debate no abierto, sustraído a la sociedad burgalesa, pero no desdeñable por la imagen que se ofrece, aunque quizá sea demasiado tarde o se considere poco importante. Aunar esfuerzos en vez de imponer criterios es signo de una sociedad moderna.


Lena Saladina Iglesias, catedrática de Historia del Arte

Por un progreso conjunto

La reciente proliferación de esculturas ocupando posiciones singulares en nuestro casco histórico, y entorno, merece reflexionar sobre el alcance que tal hecho puede tener sobre su adecuada conservación como centro neurálgico de convivencia ciudadana.
Desde una dimensión de conservación estrictamente material, la colocación de estas obras, por peyorativo que pueda ser el juicio estético aplicable a las mismas, no implica un deterioro físico en tanto que constituyen actuaciones reversibles.
Por el contrario, su presencia resulta altamente cuestionable si se plantea desde la consideración de las actitudes y repercusiones que pueden generarse al invertir sustanciosas cantidades de nuestros impuestos en tal tipo de amueblamiento urbano concentrándolo, básicamente, en la zona histórica.
Cierto es que, desde el clasicismo, fue frecuente incluir estatuas de dioses y héroes o personajes destacados por sus virtudes en los espacios públicos con un carácter de evocación modélica y reconocimiento público.
Tal sucede con las estatuas del Paseo del Espolón, referidas a protagonistas del medievo, o con Carlos III que, en la Plaza Mayor, fue erigido como imagen emblemática del buen gobernante.
Desde tal consideración, la modélica, debe reconocerse que las nuevas esculturas revelan los planteamientos de una sociedad diferente, donde los verdaderos héroes somos todos los que, desde nuestras diversidad, impulsamos el común desarrollo.
Pese a tal reconocimiento, cabe preguntarnos si, precisamente, no se le banaliza y pervierte al incluírsele en el casco histórico y de acuerdo a una distribución ajena a los espacios en los que se sitúa cada obra.
Pero, sobre todo, esta «resemantización» del centro de Burgos parece evidenciar una peligrosa contradicción. Por una parte, se exalta a los ciudadanos como héroes anónimos, eso sí, en forma de esculturas fundidas e inanimadas. Y, a la vez, al hacerlo se ocupan los espacios destinados tradicionalmente a su convivencia que quedan, así, desvitualizados a favor de una nueva e improcedente monumentalización.
Quizás vaya siendo hora de que asumamos nuestro papel como agentes del desarrollo de Burgos, no meros sufridores de lo que algunos deciden para y por nosotros. Rechacemos esa insensata «agregación de partes» que, a grande y pequeña escala, se está imponiendo. Y alejándonos de montajes «beleniles» para el consumo turístico, construyamos UNA ciudad con profunda cohesión social, UNA ciudad que, atenta a sus raíces históricas, sea a la vez UNA ciudad del presente donde el progreso que vayamos elaborando de forma conjunta, con el esfuerzo diario y en permanente diálogo, abra nuevos cauces hacia el futuro.
Y una reflexión final. Los espacios que fueron surgiendo en el tejido urbano heredado no necesitan ser obstaculizados con amueblamiento alguno.
Se consolidaron como VACIOS que los vecinos destinaban a funciones puntuales a la vez que desarrollaban las que los convirtieron en hombres libres: la convivencia y el intercambio de opiniones/opciones.




   

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