Dulces Majestades. Los Reyes Magos de Oriente llegaron ayer a Burgos, donde repartieron 5.000 kilogramos de caramelos entre los más pequeños.
La noche era fría. De esas que se siente el frío hasta en los huesos. Pero eso importaba poco. Los Reyes, por fin, habían llegado a Burgos. La espera, de horas en muchos casos, había merecido la pena. Llevaban semanas pegados como ventosas a los escaparates de las jugueterías y, hoy, esos regalos que habían pedido en una carta con todo el empeño del mundo, iban a amanecer en el salón de su casa. Minutos después de las seis de la tarde, el séquito real -encabezado por las tropas del Imperio Romano- hacía aparición por la Real y Antigua de Gamonal. Un trayecto de dos horas que les llevaría hasta el portal de Belén situado junto al Teatro Principal.
Primero fue Melchor, con su imponente barba blanca, quien desató la locura entre los pequeños. Cada niño gritaba más que el anterior por eso de que sus majestades supieran que estaban ahí, esperándoles. Otros, sobrepasados por el momento, apenas podían mirar de reojo la majestuosa figura de los tres astrólogos que, sólo por ellos, habían recorrido miles de kilómetros desde Oriente. Un saludo, un guiño, un beso al aire o un caramelo era recibido como el primer regalo de la noche. Cada niño se sentía propietario de ese gesto, lo sentía suyo.
Un segundo de respiro y los bordillos de las aceras se llenaban de niños que, después de un afanoso acopio de caramelos, hacían recuento del botín. Sus majestades de Oriente repartieron ayer en Burgos más de 5.000 kilogramos del codiciado dulce.
Acto seguido llegaría Gaspar y la escena de euforia se volvería a repetir. Algunos miraban perplejos desde los hombros de sus padres que, perdida la vergüenza del primer momento, ahora gritaban más que los propios niños.
Para ayudar con la voluminosa mercancía, el tren del castillo y un coche de Bomberos bajaban por la calle Vitoria repleto de regalos. El color lo ponían los zancudos, la música y el baile eran obra de los grupos de danzas burgalesas y hasta la Policía Nacional se sumaba a la fiesta repartiendo caramelos desde su vehículo.
Más tarde llegaría el turno de Baltasar y, su aparición, colmó de gozo a todos los presentes. Sería el preludio de lo que da sentido a esta tradición: la adoración al niño Jesús y la entrega simbólica del oro, el incienso y la mirra.
Desde el balcón del Teatro Principal, los Reyes pidieron a los niños que se apliquen en el colegio, que colaboren en las tareas de la casa. A los políticos les instaron a que se acuerden de los niños que viven en situación de pobreza. Quedaba una larga noche por delante y había que apresurarse en llegar a los hospitales. Y es que, es conocida la predilección de los Reyes Magos por los niños enfermos.
La misión de este año no era nada fácil. Melchor, Gaspar y Baltasar sabían que el 2009 había sido un año difícil en muchos hogares burgaleses y tenían la difícil tarea de incorporar, fuere como fuere, un poco de optimismo en el día de la ilusión. Y es que la crisis también se ha dejado notar en Oriente, aunque lo de ayer deba ser muy parecido al paraíso.