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jueves, 23 de octubre de 2014
Vivir
Historia / Un mito de la América latina

La sangre burgalesa de Simón Bolívar

R. Pérez Barredo / Burgos - domingo, 18 de octubre de 2009

El tatarabuelo materno de "El Libertador" nació en Miranda de Ebro y emigró a Caracas en la segunda mitad del siglo XVII • Todos sus descendientes, hasta el revolucionario, pertenecieron a la aristocracia colonial

Cuando José Palacios Sojo y Ortiz de Zárate llegó a Caracas, ésta era una ciudad en plena expansión, caótica en su entramado urbano, exuberante en su vegetación de acacias, tamarindos y guayabas que acariciaban con su esplendor verde los rojos tejados de las casas; una ciudad joven y altiva a pesar de vivir amenazada por los corsarios que surcaban el Caribe y que cada cierto tiempo trataban de expoliarla. Se estaba construyendo la Catedral, y cada día se llegaban hasta allí forasteros con el deseo de labrarse un porvenir, amenazado por el soterrado enfrentamiento que ya empezaban a mantener españoles y criollos por las diferentes cotas de poder.

Palacios había nacido en Miranda de Ebro de una familia oriunda de Berberana en 1647 y se había casado en 1686 con María Isabel Gedler, una caraqueña de buena familia. En sus primeros años, e impulsado por el sobresaliente patrimonio conseguido por su familia en tierras burgalesas, hizo más dinero, lo que también se tradujo en poder, llegando a ser alcalde y contador general de Caracas.

A su muerte, acaecida en 1703, su apellido era uno de los más importantes de la aristocracia colonial. Su primogénito, Feliciano de Palacios Sojo y Gedler, nacido en 1689 en Caracas, fue también alcalde y procurador general. De su matrimonio en segundas nupcias con la caraqueña Isabel María Gil de Arratia nació un niño, llamadado también Feliciano, y también con los años regidor de la ciudad venezolana, lo que demuestra el poder de las familias de origen español establecidas en la ciudad. Así, los Palacios representaban a la perfección esa artistocracia elitista y nepotista que se ganó su privilegiada posición haciendo favores a la Corona, si bien pocas generaciones más tarde sería ésta la que promovería y protagonizaría los primeros movimientos para la emancipación.

Así, ese segundo Feliciano Palacios tuvo varios hijos. El cuarto fue una niña: María Concepción Palacios y Blanco, nacida el 9 de diciembre de 1758 en Caracas y casada en la misma ciudad en 1773 con Juan Vicente Bolívar, otro aristócrata caraqueño treinta años mayor que ella y cuya familia descendía del País Vasco. Diez años después del enlace, en la medianoche del 24 de julio, vino al mundo el cuarto hijo de ese matrimonio, al que llamaron Simón José Antonio de la Santísima Trinidad, y que la historia conoce con el nombre Simón Bolívar, El Libertador de América de Sur.

Simón quedó huérfano de padre con tres años y de madre con nueve. Criado con su abuelo materno y con dos de sus tíos, pronto se convirtió en pupilo de Simón Rodríguez, educador y filósofo influenciado por Rousseau, quien terminó siendo un influjo y un referente esencial para el joven Bolívar, quien le estimó hasta su muerte. (Años más tarde, en plena liberación del continente, le escribiría una hermosa epístola: «Usted formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso»). ¿Cómo era aquel joven caraqueño nacido en el seno de una de las más ricas familias de la oligarquía venezolana y, sobre todo, cómo forjó su carácter rebelde para acabar convirtiéndose en uno de los líderes del independentismo suramericano? El médico e historiador venezolano Mauro Torres, en su Moderna biografía de Simón Bolívar (Ecoe Ediciones, 1999), desarrolla una teoría vinculada a los orígenes familiares del visionario emancipador.

La rama de los Palacios

Así, sostiene que la rama materna de Bolívar, los Palacios, tenía un marcado carácter sedentario y pragmático, nada dado a alharacas aventureras, muy imbricado en la personalidad del futuro Libertador en sus primeros años. «Los Palacios eran pragmáticos, obsesionados con los intereses económicos (...) Las primeras cartas de Bolívar llevan la impronta de la sequedad de los Palacios, que va al grano, y el grano son los negocios y los intereses en los negocios comerciales. Por lo que se observa más tarde, no era éste un realismo estrecho, sino trascendente a las grandes cosas, siempre que Bolívar fue realista y no se dejó avasallar por sus vuelos fantásticos. No nos cabe duda de que por esta línea materna de los Palacios -la originaria de la provincia de Burgos en España-, le llegaron a Simón Bolívar sus dominantes genes sedentarios (...) El sedentario es práctico, trabajador, acumulador, ahorrativo, previsor, metódico, defensor de sus intereses, el típico burgués. Esto eran los Palacios por tradición».

Sin embargo, por la rama paterna, los Bolívar, Simón poseía también un carácter ardiente y nómada, que fue el que se impuso finalmente. Esa personalidad arrolladora, impulsiva y apasionada que desarrolló no sólo en aventura de la insurrección y en la guerra, sino también en las relaciones amorosas, que fueron incontables en su vida. «Había una tremenda lucha entre lo sedentario y lo hiperactivo y violento en Bolívar y, a la postre, como era de suponer, triunfó lo nómada en el vértigo de la guerra», escribe Mauro Torres. El propio Simón Bolívar declararía en más de una ocasión: «Soy el genio de la tempestad».

Adalid de la independencia

Y así fue: Simón Bolívar lo fió todo por un sueño. Con 16 años realizó su primer viaje a España. En la capital del Reino entró en contacto con el sabio ilustrador Marqués de Ustáriz, que se convirtió en su tutor durante varios meses, hasta que Bolívar decidió instalarse en Bilbao, donde estudió francés. Hechizado por Napoleón Bonaparte, en 1802 viajó al país vecino, quedando prendado de la ciudad de París. En mayo de ese mismo año, en el Palacio del Duque de Frías de Madrid, se casó con María Teresa Rodríguez del Toro, aristócrata española con ancestros venezolanos de quien se había enamorado al poco de llegar a España. En el mes de julio, el joven matrimonio marchó hacia Venezuela. Bolívar, que aún tenía apagado el genio levantico, se dedicó a cuidar de su rica hacienda. Aquella tranquila felicidad no duraría demasiado: víctima de unas fiebres terribles, posiblemente de paludismo, María Teresa falleció en Caracas en enero de 1803.

Hundido, Bolívar trató de conjurar su dolor viajando: regresó a España y a Francia, donde presenció la coronación como emperador de Napoleón, y a Italia. Allí, en el Monte Sacro de Roma un día de agosto de 1805, realizó su famoso juramento siendo testigo su viejo maestro Simón Rodríguez: «Juro por el Dios de mis padres; juro por ellos; juro por mi honor y juro por mi Patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español!». Con esa idea en mente, e iniciado ya en la masonería, recorrió varias regiones de Estados Unidos antes de regresar a Caracas en junio de 1807. Desde su ciudad natal asistió con alegría a los acontecimientos que pronto se precipitaban en España con la Guerra de Independencia que la metrópoli se vio obligada a mantener con las tropas invasoras de Napoleón. Bolívar creyó que era un momento propicio para levantarse en armas.

Tras meses de conspiraciones, el 19 de abril de 1810 se produjo en Caracas un movimiento revolucionario que ha sido considerado el primer paso en la lucha por la independencia de América del Sur. Bolívar fue entonces comisionado a Londres, de donde regresó con las ideas todavía más claras y con varias alianzas. Sólo un año más tarde, ante la Sociedad Patriótica de Caracas abogó por la independencia, que fue proclamada el 5 de julio de 1811. Con el grado de coronel, Bolívar se incorporó inmediatamente al ejército, pero fue traicionado, exiliándose en Cartagena de Indias, donde escribió su Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, texto que define sus ideas y principios.

A partir de entonces, entró como un torbellino en la acción bélica. Sus conquistas y victorias comenzaron a ser inapelables. Y nació el mito. Bolívar fue aclamado en Caracas como capitán general y Libertador en 1813; liberada Venezuela, fue elegido su presidente en 1819; ese mismo año liberó Nueva Granada y creó la República de Colombia, siendo elegido presidente por el congreso; se exilió en Jamaica para regresar poco después y, en 1824, ayudar a liberar el Perú. A finales de ese año, queda liberada toda la América española. En febrero de 1825, ante el congreso de Perú, renuncia a todos los poderes que le habían sido conferidos y marchó al llamado Alto Perú, cuyas tierras fueron convertidas en una nación que llevó su nombre: República Bolívar, la actual Bolivia. Sin embargo, su sueño de una América liberada unida se reveló una utopía: las ambiciones de poder provocaron rupturas y en un ambiente constante de tensión y enfrentamientos, aquel ideal fue haciéndose pedazos.

Enfermo y exhausto, en 1830 renunció en Bogotá a la presidencia de Colombia e inició su último viaje siguiendo el río Magdalena. Su intención era marcharse a Europa, pero la muerte le sorprendió en Santa Marta, en la quinta de San Pedro Alejandrino. Simón Bolívar murió solo, abandonado y traicionado por casi todos, siendo consciente de que se llevaba al otro mundo, aunque nadie entonces lo supiera y a él no le consolara, el equipaje eterno de la gloria.

Él, que había sido un Dios sobre la tierra, no pudo consumar su aspiración de unir a los pueblos latinoamericanos. Dicen que postrado en la cama, cuando ya se adentraba en las tinieblas definitivas, exclamó con desesperación: «¡Cómo voy a salir de este laberinto!».

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