La Barraca para mí es toda mi obra, la obra que me interesa, que me ilusiona más todavía que mi obra literaria, como que por ella muchas veces he dejado de escribir un verso o de concluir una pieza (...) Hay un solo público que hemos podido comprobar que no nos es adicto: el intermedio, la burguesía, frívola y materializada. Nuestro público, los verdaderos captadores del arte teatral, están en los dos extremos: las clases cultas, universitarias o de formación intelectual o artística espontánea, y el pueblo, el pueblo más pobre y más rudo, incontaminado, virgen, terreno fértil a todos los estremecimientos del dolor y a todos los giros de la gracia». La declaración de Federico García Lorca, ideólogo y motor de aquel milagro llamado Teatro Universitario La Barraca, uno de los estiletes de la misión cultural y educacional que emprendió la II República en España, suena todavía hoy revolucionaria, exótica, maravillosa.
75 años después de aquella iniciativa que recorrió España llevando obras del Siglo de Oro a pueblos pequeños, carcomidos por la analfabetización, su legado está muy vivo, y Burgos acaba de ser testigo de ello, acogiendo una obra de teatro de Lope de Vega a cargo de una compañía (El Aula de Teatro Clásico de la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid) que dice textualmente seguir "Las huellas de La Barraca". La compañía que dirigió Lorca a instancias del Ministerio de Cultura e Información Pública visitó varias ocasiones la provincia de Burgos. En agosto de 1933 lo hizo en la capital, actuando en el Teatro Principal. Al año siguiente, recaló en Villarcayo y Villadiego; y en 1935 actuó en Espinosa de los Monteros y en Medina de Pomar.
Lorca, para quien el teatro era la poesía que se levanta del libro y se hace humana, recordaría siempre el entusiasmo, el respeto y la admiración que despertaban las obras en las masas campesinas, «la atención recogida de los aldeanos, que pegarían al que hiciera el menor ruido que les hiciera perder una palabra», solía decir el poeta granadino, quien desde el principio se mostró convencido de que la regeneración del teatro español debía pasar por actores aficionados. Éstos eran estudiantes que aprovechaban las vacaciones estivales para, ataviados con monos de obrero, recorrer con un camión (donde se transportaba el atrezzo, iluminación y vestuario) y un autobús, media España.
El repertorio de esta compañía ambulante era variado y representativo de aquella edad de oro de las letras españolas, clásicos que, decía el poeta, «sacamos del fondo de las bibliotecas, se los arrebatamos a los eruditos, los devolvemos a la luz del sol y al aire libre de los pueblos». Así, escenificaban entremeses de Cervantes (La cueva de Salamanca, La guarda cuidadosa, Los dos habladores y El retablo de las maravillas); La vida es sueño, de Calderón de la Barca; Fuenteovejuna, de Lope de Vega; Fiesta del Romance (espectáculo formado por el anónimo Romance del Conde Alarcos, La tierra de Alvargonzález, de Antonio Machado, Las almenas de Toro, de Lope de Vega y La tierra de Jauja, de Lope de Rueda); Égloga de Plácida y Victoriano, de Juan del Enzina; El Burlador de Sevilla, de Tirso de Molina; y El caballero de Olmedo, de Lope de Vega. «El teatro es algo muy serio; si el teatro está en decadencia, para volver a adquirir su fuerza debe volver al pueblo del que se ha apartado. Además, el teatro es cosa de poetas. Sin sentido trágico no hay teatro... y el pueblo sabe mucho de eso», defendía siempre el autor de La casa de Bernarda Alba.
Llanto por el amigo
El debut de La Barraca en Burgos fue exitoso. Las crónicas del día posterior ensalzaban el buen hacer de los jóvenes universitarios y destacaban la excelente dirección de Lorca, que al año siguiente, en una nueva tournée por la provincia burgalesa, viviría momentos muy amargos. No en vano, tras actuar en Santander y Ampuero, a punto de viajar hacia Villarcayo primero y Villadiego después, el poeta andaluz conoció la noticia de la trágica muerte de su amigo el torero y también poeta Ignacio Sánchez Mejías, corneado por el toro "Granadino" en la plaza de Manzanares, Ciudad Real.
Es más que probable que Lorca gestara una de sus obras más inolvidables en tierras castellanas, como un juglar errante, ya que La Barraca llegó a Villadiego unos pocos días después. El otoño vendrá con caracolas/ uva de niebla y monjes agrupados,/ pero nadie querrá mirar tus ojos/ porque te has muerto para siempre. No por ello la función fue menos exitosa. La conocida plazuela de las Monjas, con el Palacio de los Velasco al fondo, se llenó de público, y los muchachos de la compañía interpretaron «magistralmente», tres sainetes de Cervantes.