Diario de Burgos
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miércoles, 23 de mayo de 2012
Vivir
Historia 50 años de la desaparición de Altolaguirre

Muerte de un poeta

R. Pérez Barredo / Burgos - domingo, 26 de abril de 2009

Manuel Altolaguirre, integrante de la dorada Generación del 27, perdió la vida tras sufrir un accidente de tráfico en Cubo de Bureba en 1959 cuando viajaba de San Sebastián a Madrid

Todos nos van dejando. Entre muchos compañeros que se van, nos vamos quedando solos. Yo al perder a Manolo siento que se me mueren otra vez Miguel, Federico, él, tres amigos míos fraternales... Vicente Aleixandre escribe con lágrimas en los ojos una carta a Gerardo Diego para compartir su desolación por la repentina muerte de Manuel Altolaguirre. Poetas y amigos, a los integrantes de la brillante y excelsa Generación del 27 la Guerra Civil española les había arrebatado a unos la vida, a otros la libertad y a la mayoría la posibilidad de permanecer en contacto: el exilio supuso para los supervivientes de aquel grupo ecuménico un alto y grueso muro, tantas veces insalvable.

El malagueño Manuel Altolaguirre, mal considerado poeta menor de esa generación dorada, era uno de los que había optado por marchar al destierro. Su temprana vocación por la poesía fue solapada por la intensa y magnífica labor que como impresor desarrolló también desde muy pronto. Con su amigo y paisano Emilio Prados, asimismo perteneciente a la estirpe del 27, fundó la revista de poesía Litoral en 1926, convirtiéndola en un vehículo cultural de enorme magnitud. No fue la única: Ambos, Caballo verde para la poesía (que dirigió Pablo Neruda) o La Verónica, entre otras, nacieron también de su genio y entusiasmo. Además, creó la editoral Héroe, en la que muchos de sus compañeros de generación pudieron publicar sus obras.

A la vez que amplificaba esa ingente labor editorial, tejía su obra poética. Con el poemario La lenta libertad obtuvo en 1938 el Premio Nacional de Literatura. Su voz lírica entroncaba con San Juan de la Cruz, Juan Ramón Jiménez o su "hermano mayor" Pedro Salinas. Es su poesía luminosa como su tierra natal, existencial y elegíaca. De su obra destaca, principalmente, Las islas invitadas, título bajo el que recopiló lo mejor de su poesía. Expatriado tras la contienda civil, se instaló primero en Cuba y más tarde en México, desde donde siguió escribiendo y, sobre todo, desempeñando junto a su mujer, la también poeta Concha Méndez, esa tarea de editor gracias a la cual la literatura del exilio, cuya nómina en número y calidad era excelente, pudo salir de la oscuridad y el olvido y desparramarse por todos los rincones del mundo.

En La Habana de aquellos años conoció a María Luisa Gómez Mena (también citada en otras biografías como Gómez Vivanco), mecenas cubana casada con un pintor de la isla llamado Mario Carreño. Dos años más tarde, ambos iniciaron, con Altolaguirre ya instalado en México, una relación sentimental que terminaría bruscamente, mucho tiempo después y muchos kilómetros más lejos.

el cine. La pareja, que acabaría casándose, prosiguió su quehacer cultural con especial interés en una inexplorada herramienta que despertó la pasión de Altolaguirre por considerarla una conjunción perfecta de todas las artes: el cine. «El cine, cuando supera lo musical, lo plástico, lo arquitectónico, cuando es realmente cine, nos ofrece lo indecible y lo inefable, lo que el poeta, el escultor, el dibujante o el músico, no pudieron expresar con palabras, notas ni líneas», escribió en una ocasión.

Sin perder de vista la literatura, a caballo entre Cuba y México, tras varias colaboraciones en diversos guiones sin demasiado éxito el poeta creó una productora que llamó "Producciones Isla". En 1950 apareció su primera película: Yo quiero ser tonta, adaptación de la obra Carlos Arniches; le siguieron Las estrellas, Doña Clarines y El puerto de los siete vicios, que pasaron sin pena ni gloria hasta que 1951 conoció el éxito de la mano de su amigo y también exiliado en México Luis Buñuel. La película se llamó Subida al cielo, dirigida por el cineasta aragonés con guión y producción de Altolaguirre, siendo premiada en Cannes. Antes de que la productora quebrara (hecho que se produjo en 1953), hizo más filmes, entre los que destacó una adaptación de Misericordia, obra de Benito Pérez Galdós, si bien las críticas que recibió fueron feroces.

El fracaso no le hizo renunciar, y a finales de los años 50 se zambulló en un plan ambicioso: adaptar El cantar de los cantares de Fray Luis de León, una versión bíblica y poética. Con un bagaje de once películas como productor, 25 como guionista y cinco como director, Altolaguirre y su segunda esposa viajaron a España, su segunda visita en 20 años, para presentar la cinta en el Festival de Cine de San Sebastián. El plan de la pareja era viajar después a Madrid, visitar a familia y amigos y regresar a México. Pero la carretera se cruzó en su camino.

el último viaje. Altolaguirre estaba emocionado. Hacía poco que le habían comunicado que el mismísimo Papa de Roma, Juan XXIII, ansiaba ver su última película. Era la tarde-noche del jueves 23 de julio de 1959. El escritor, editor y cineasta manejaba al volante de su impecable Renault Dolphine matriculado en México. Acababan de atravesar un pueblo cuando parece ser que le entró el sueño. Quiso reaccionar, pero era tarde: el vehículo se salió de la calzada yendo a parar aun trigal, donde se estrelló estrepitosamente. La carretera era la Nacional-I. El pueblo que acaban de cruzar se llamaba Cubo de Bureba. Un chaval de ocho años, Fernando Ruiz, fue testigo de la tragedia. Como relató años más tarde a la periodista de DB María José Fernández, se levantó «una gran polvoreda y un golpe seco de chapas y ruedas. Corrimos hacia el coche. Una mujer estaba fuera de él y un hombre debajo, atrapado. Ella era muy morena e iba enjoyada. Me impactó su cara, me pareció extranjera y muy guapa».

También recuerda el burebano que a ella, que pereció casi en el acto, «la colocaron sobre dos bancos que había en el Ayuntamiento». Manuel resultó herido grave y estuvo largo tiempo atrapado entre los hierros del coche. Cuando lograron arrancarlo de sus garras, estaba casi desnudo. Pero vivo. Fue trasladado con urgencia a la capital burgalesa, siendo ingresado en el Hospital de San Juan de Dios con gravísimas heridas en tórax y vientre. Falleció tres días después, el 26 de julio de hace 50 años. En otra carta, remitida a Emilio Prados, escribió su entristecido amigo Aleixandre: ¡Qué sino, Dios mío, venir a España a morir! Y de ese modo, como un hachazo en el pecho (...) Se nos ha muerto Manolito y él se lleva toda una época feliz...

Altolaguirre y su esposa fueron enterrados en Madrid. El poeta malagueño había dedicado muchos versos a la muerte -Yo quisiera/ que la muerte con su fuego/ me dejase el alma negra,/ volver a vivir teniendo/ en el pecho una tiniebla,/ olvidar lo que he perdido,/ perder lo que luego venga- pero había soñado con que ésta le llegara un día de luz intensa y blanca, junto al mar de su vida. Le sorprendió de noche, en el océano castellano del trigo y de la cebada.

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