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sábado, 25 de mayo de 2013
Vivir

El primer desamor de Fígaro

R. Pérez Barredo / Burgos - domingo, 29 de marzo de 2009

Con 16 años, Mariano José de Larra, del que se celebra el bicentenario de su nacimiento, se enamoró de una arandina. Cuando supo que era la amante de su padre, médico en la capital ribereña, sufrió una gran decepción

Cuando Larra se voló la tapa de los sesos de un pistoletazo tenía sólo 27 años. El autor más talentoso y clarividente del siglo XIX español había sido precoz en todo: en el amor, en el desamor, en la literatura y en el periodismo. A pesar de su efímero paso por este valle de lágrimas, su legado es inmenso. Se trata de uno de los máximos exponentes del Romanticismo pero, sobre todo, su figura -mitificada y casi convertida en leyenda por su trágico final- es la de un genio que inventó el periodismo moderno. Sus artículos tienen hoy, doscientos años después de su nacimiento, una vigencia que harían sonrojar a más de uno y aplaudir con entusiasmo a la mayoría.

Aunque escueta, su biografía es tan rica como tumultuosa. Mariano José de Larra vino al mundo el 24 de marzo de 1809 en un Madrid ocupado por los franceses. Su padre, médico afrancesado, tuvo que exiliarse en Francia tras la expulsión de los ejércitos napoleónicos. El joven Larra vivió entonces en París y Burdeos hasta el regreso de la familia a España, en 1818. Abandonar su país supuso un golpe duro, ya que, con su marcha, se veía obligado a modificar sus costumbres y a seguir educándose en una lengua que no era la suya. De nuevo en Madrid, estudió en los Escolapios durante cuatro años. Lo hizo como interno, perdiendo el abrigo de la familia, otro mazazo para su alma sensible. Ese mismo año, un nuevo traslado de su padre le llevó durante unos meses a Corella (Navarra). Tras otra breve estancia en Madrid, de nuevo el trabajo de su padre le obligó a cambiar de residencia. En esta ocasión el lugar fue Aranda de Duero, si bien Larra fue enviado a estudiar en la Universidad de Valladolid. Era el curso 1824-25.

acontecimiento misterioso. Durante las vacaciones estivales, que Larra pasó con su familia en la capital ribereña, sucedió un «acontecimiento misterioso», como lo calificó siempre Cayetano Cortés, uno de sus biógrafos, que habría de marcar al futuro escritor y que supondría otra muesca en el frágil y enamoradizo corazón que tantas amarguras le procuraría hasta el final de sus días. Larra ya había cumplido los 16 años. Durante aquel verano de sofocos y noches plácidas, el adolescente conoció a una arandina, joven pero mayor que él, de la que se enamoró perdidamente. Según Jesús Miranda de Larra, descendiente del escritor y autor de Larra. Biografía de un hombre desesperado, señala que aunque no se conoce la identidad de la mujer que embrujó a aquel Larra casi niño, muy posiblemente se trataría de una paciente de su padre.

En uno de sus estudios sobre el escritor madrileño, Miranda de Larra evoca así este capítulo de su vida: «Sus 16 años, el verano y la manera especial de mirarle aquella mujer hicieron que el joven Larra quedara prendado de la joven. Pasó un tiempo embelesado, sin saber qué hacer ni cómo reaccionar a la presión de sus instintos juveniles. Pensaría en escribirle un poema arrebatado que le mostrase su amor, pero no encontró ni las palabras ni el momento. Esperó con ansiedad para verla cada día y poder deleitarse con esa mirada curiosa y risueña, como de amistad cómplice».

Sin embargo, un terrible descubrimiento golpeó con dureza al tímido galán. Aquella mujer era la amante de su padre. «El mundo entero se hundió a los pies del joven Larra, y su amor platónico, silencioso, se tornó en desilusión y rabia. ¡Su propio padre! Aunque fuese platónico ese amor, lo creyó suyo. Comprendió el porqué de esas miradas tan especiales: eran para el hijo de su amante, sólo eso

y nada más. Su orgullo, el desmedido orgullo apareció con toda su

fuerza por primera vez y le hizo sufrir y sentir vergüenza como nunca la había sentido», escribe Miranda de Larra.

Este hecho generó en el joven Larra cierto odio hacia la figura paterna hasta que creció y comprendió, con tristeza, que todo había sido un espejismo, una vana ilusión. Fue, señala Miranda de Larra «una desilusión, el final de una fantasía erótico-amorosa donde sólo podía haber un perdedor: el joven Larra y su orgullo, que tanto le traicionó. Tal vez fue esta la primera vez que reconoció que su orgullo era más fuerte que él, la primera vez que se dio cuenta de que podía llegar a condicionar fuertemente su pensamiento y sus decisiones».

Uno de los grandes. Larra padeció el resto de su vida de mal de amores, circunstancia que le acabó empujando al suicidio. Fue un brillante escritor -es autor de dos dramas históricos a la manera romántica, Macías y El doncel de don Enrique el Doliente-, pero sobre todo fue un audaz, lúcido, satírico y sensacional articulista. Escribió cientos, a menudo bajo seudónimo -El Duende, El Bachiller pero principalmente Fígaro- en los periódicos más importantes de la época. Con ellos retrató y, a menudo, dejó en cueros a la sociedad, al país que tanto amaba. Fue una ráfaga maravillosa de luz en una época que discurría por callejuelas oscuras, siniestras, viles e infames.

Casado demasiado pronto con Josefa Wetoret, el matrimonio no tardó en quebrarse. Su maltrecho corazón fue ocupado por Dolores Armijo. La relación fue tan apasionada como tormentosa. La tarde del 13 de febrero de 1837 recibió en casa la visita de su amada. Ésta insistió en la imposibilidad de continuar con la relación. Apenas había alcanzado Dolores la calle cuando escuchó la detonación. Fue enterrado en loor de multitudes dos días después. Al pie de su tumba, alguien recitó unos versos ripiosos y tristes. Ese vago clamor que rasga el viento/ es la voz funeral de una campana.... Aquel joven también conocería el amor de una burgalesa y el éxito profesional. El poeta se llamaba José Zorilla.

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