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Martes, 9 de Febrero de 2010
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Vivir

02/02/2009

Miguel Vivanco, el último viajero romántico

Afincado en Edimburgo y natural de Burgos, el artista plástico Miguel Vivanco continúa buscando conexiones entre nuestra cultura y la escocesa. De ahí nace el proyecto Rodapozos.

Miguel Vivanco

Patricia
Fernando Ortega/ Burgos

Palomas mensajeras en forma de correos electrónicos viajan cotidianamente desde la capital de Escocia, Edimburgo, a la capital histórica de Castilla. Enviadas por Miguel Vivanco llegan a bibliotecas, periódicos, universidades, archivos y centros culturales, noticias, documentos y pistas sobre historias burgalesas que nuestro conciudadano ha encontrado en las constantes investigaciones que realiza.
Miguel lleva viviendo en esa bella ciudad escocesa desde algo más de 30 años. Su vida -como hombre inquieto que es-, ha estado llena de idas y venidas. Viajes a lo largo y ancho del globo: México, Argentina, Israel, Australia… que si no sorprenden por sí mismos, sí llaman poderosamente la atención por la causa que los hace: visitar lugares relacionados con Burgos y traer y llevar piedras para unir dichos hitos geográficos.
Burgos, una ciudad en la que apenas ha vivido una cuarta parte de su vida pero que lleva dentro de su corazón. Un Burgos que le vio nacer en un barrio histórico: la antigua calle de Tenebregosa, ambiente que el escritor Carlos de la Sierra describe magistralmente en ‘Los santos días del pasado’: un microcosmos que giraba en torno a la cuesta de la Ballena, la torre de hierro que sostenía los focos que iluminaban a la catedral, las escalinatas de la iglesia de San Nicolás, y las tiendas del barrio: los comestibles de la señora Eleuteria, la mercería ‘El Carrete’ o la Librería ‘Arte’.
En ese mundo privilegiado a la sombra de la Catedral, ese «bosque de piedra» al decir del escritor burgalés Fernando Alonso, pasó sus años de infancia y juventud Miguel Vivanco, observando las idas y venidas y las maravillas que realizaban vecinos suyos como Maese Calvo, Florentino Lomillo o Ismael Ortega. Sus ojos vivarachos y su mente despierta seguramente le hicieron pensar: «Algún día seré como ellos», y, para conseguirlo, buena parte de sus propinas acababan irremediablemente en forma de papeles, lápices y pinturas comprados en Amábar, Sedano o Fournier.
Así comienza a compaginar sus estudios en los Hermanos Maristas con la participación en las clases de la Escuela de Dibujo de Sindicatos, instalada en el Hogar del Productor, que, además de conocimientos técnicos, le facilitará un viaje a Madrid donde tiene la oportunidad de escuchar y conocer a José Hierro, Castro Arines o el Marqués de Lozoya, que intentan transmitir a aquellos aprendices provincianos la importancia y la belleza de la pintura y del arte.
Sigue empapándose de arte y belleza en la Academia de Dibujo donde conocerá a un gran maestro: Rigoberto G. Arce, que le estimula y le anima a trabajar, a conocer, a viajar. Y Miguel, decidido e inquieto, llega a Barcelona y estudia en la prestigiosa Escuela Massana, que le deslumbra con sus diseños y estudios de cerámica y de joyería. Aires nuevos, mundos diferentes. La chispa del conocimiento se acrecienta.
Sus ansias de saber son ilimitadas y consigue tiempo para aprender las técnicas del cercano Conservatorio del Libro, donde se matricula en grabado y litografía. Miguel Vivanco estudia, escucha, observa y vuelve a aprender y a escuchar. Pensará, con Antonio Tabucchi: «No soy más que un hombre que se esfuerza por comprender».
Viaja también a Madrid y conoce las nuevas técnicas y las nuevas posibilidades de otro soporte artístico: la cerámica. De nuevo se matricula en la histórica Escuela de Cerámica del Ayuntamiento, fundada por la Institución Libre de Enseñanza, y allí participará en su primera exposición colectiva. Sus ojos vivarachos y su espíritu inquieto acumulan, una vez más, sabiduría, conocimientos, que repetirá en San Sebastián, donde contactará con la famosa fábrica «Cerámicas Bidasoa».
Apenas tiene 20 años y ya ha ido y venido a lo largo de la península y ha expuesto varias veces sus cuadros y realizado y vendido numerosas piezas de cerámica con temas de caseríos vascos.
Pero la vida sigue, y el viajero romántico, animado por su profesor Rigoberto G. Arce, vuelve a Barcelona donde de nuevo escucha, aprende y experimenta sobre técnicas textiles y donde consigue el título en la Escuela de Artes Aplicadas de Procedimientos Pictóricos y de Cerámica. Trabaja en un taller de estampado y conoce la técnica del serigrafiado en tela, exponiendo al final parte de su trabajo en el Museo Textil de Tarrasa.
Viaja, pinta, dibuja y se introduce en el mundo de la fotografía. Trabaja con el cartón y con telas… La inquietud y el ansia de saber no tiene límites: «El arte no es posible sin desasosiego», comentó en su día el escritor noruego Kjell Askildsen.
Y en eso apareció el amor, que trastoca planes de trabajos en Burgos o en Barcelona. Se traslada a Edimburgo, capital de Escocia y allí seguirá desarrollando su afán de conocimiento, sus ansias de creación. Ingresa en la importante Escuela de Arte de Glasgow en la que se matricula en la especialidad de Arte de la Naturaleza, realizando su tesis sobre el pintor escocés David Wilkie, un viajero romántico que visitó Burgos en 1837.
Miguel Vivanco comienza, quizá sin darse cuenta, un periplo que continúa hasta nuestros días: la búsqueda de conexiones entre la cultura escocesa y británica con Burgos. Wilkie le descubre nuevas facetas de la historia burgalesa, como la actividad de los protestantes, tan presente en su querida Edimburgo, y que luego plasmará en textos como el publicado en la revista burgalesa ‘En Plural’, en su número del año 2000.
Lee, aprende, escucha, investiga, viaja. Sus conocimientos de Arte de la Naturaleza se entremezclan con sus numerosas lecturas. En los parques de la vieja capital escocesa descubre a la Generación del 98, especialmente a Azorín y a Unamuno y su lamento por una Castilla olvidada, marginada. Intuye que hay que lanzar una llamada de atención sobre la importancia de su querida Castilla, de su histórico Burgos. Tiene presente sus estudios de Arte de la Naturaleza y sus paseos por la campiña escocesa, sembrada de menhires, le hace soñar con elevar hitos similares en su querido Burgos, como llamadas de atención al pasado y presente de la tierra castellana.
Comienza la aventura. En sus paseos románticos descubre el monte de Rodapozos, cercano al histórico monasterio de San Pedro de Cardeña, con 996 metros de altitud y se plantea hacer sobre él un menhir moderno, acumulando piedras y más piedras para conseguir llegar a los 1.000 metros de altitud.
Airea su proyecto y con cierto asombro se da cuenta de que esa invitación de alzar un hito espiritual, un símbolo de un Burgos marginado, obtiene muchas respuestas: filólogos, geólogos, historiadores, gente de a pie, participan y colaboran en ese proyecto. Rodapozos crece. Miguel recuerda un texto de Miguel de Unamuno en el que habla de un monte cercano a Bilbao, el Ganecogorta, que tenía esa misma altura. Y sueña con crear una Hermandad de Montes, una red de monolitos que unan a los hombres más allá de fronteras físicas y mentales. Y va y viene con piedras de ambos montes. Otro componente de la Generación del 98, Azorín, le descubrirá la «Peña del Cid», en Elda, y allí va Miguel Vivanco con sus piedras, ampliando horizontes, dando valor a la Naturaleza, provocando reflexiones.
El ciclo ya está abierto. Viaja al Burgos mexicano, a un monasterio benedictino con monjes burgaleses en Australia, a… Y va y viene intercambiando piedras del páramo, con trozos de basalto o piedras de hierro. Sus menhires modernos, sus hitos espirituales van creando una red, cual puntos geodésicos, que se van contaminando, como él quisiera que sucediera en la sociedad, en el mundo. Piedras que simbolizan diferentes orígenes, significados, historias, pensamientos, razas, pero que se unen y entremezclan en sus monolitos, que miran hacia el cielo esperando una respuesta.
Otro hito se eleva en el cercano San Medel, a raíz de los datos que ofrece el Cartulario de Cardeña, donde se relata que a esa zona -como a otras muchas- llegaron vascones a repoblarla, y siglos después esa inmigración se transformó en emigración hacia las tierras del Norte. Piedras del campo burgalés mezcladas con piedras de Bilbao, de Australia y del Centro Burgalés de Buenos Aires fueron la base de ese nuevo punto geodésico particular de Miguel Vivanco, una nueva vuelta a la tela de araña humanitaria que quiere establecer a lo largo de la Naturaleza.
Preguntas y llamadas que también vuelca en sus queridos linos, en los que serigrafía, en gran formato de hasta nueve metros por tres, la historia humana: rostros humanos, fauna y flora, símbolos religiosos y culturales, arquitecturas, signos… a modo de petrogríficos en lino que interrogan sobre el conocimiento humano y su futuro. Reflexiones con pigmentos que invitan a pensar.
Y Miguel Vivanco sigue, ligero de equipaje, viajando, escuchando, aprendiendo, creando, planteando llamadas de atención con elementos de la Naturaleza: piedras, lino, pigmentos, arcilla, papel, elevando física o simbólicamente nuevos menhires cual llamadas de atención ante las incógnitas del ser humano, de la sociedad moderna y que invitan a abrirse a un mundo espiritual. «Los hombres somos como árboles, con los brazos abiertos», dijo Eduardo Chillida.
Colabora asiduamente con instituciones, bibliotecas, archivos, periódicos, Espacio Tangente, Consulado del Mar, exponiendo su obra, sus sueños, todo ello sin ningún afán de protagonismo, de comercialización o de querer hacer grandes cosmologías. Como en su día apuntó T. S. Eliot: «Para teorizar hace falta una inmensa ingenuidad; para no teorizar una inmensa honestidad».    

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