Diario de Burgos
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Un banquero burgalés en la corte de Felipe II

R. Pérez Barredo /Burgos - domingo, 1 de febrero de 2009
El historiador Henri Lapeyre recupera en un libro la memoria de los Ruiz, una de las familias de comerciantes y financieros más importante en la Europa del siglo XVI

Batiéndose con ferocidad en nombre de su rey, de su patria y de su religión, decenas de miles de soldados españoles arruinaron sus días en un rincón húmedo y frío de Europa. Los Tercios de Flandes, los batallones de los hombres más valerosos y audaces que jamás tuvo el imperio español, no sólo padecieron la exigencias de la guerra en los Países Bajos: allí, víctimas de un clima infame, fueron mal alimentados, mal vestidos y peor pagados. A punto estuvieron de no ver siquiera un mísero doblón, e incluso de perder antes aquella eterna guerra, cuando en 1575 el monarca Felipe II se topó con una hacienda en bancarrota. Con un vasto imperio que dominar, en guerra contra medio mundo, el emperador tuvo que recurrir a prestamistas privados. Uno de los más importantes fue Simón Ruiz, mercader y financiero burgalés.

Este episodio, así como la importancia que tuvo la familia Ruiz en el escenario comercial entre España y Francia durante el reinado de Felipe II, se narran con exhaustivo rigor en el libro Una familia de mercaderes: los Ruiz, de Henri Lapeyre, traducido por Carlos Martínez Shaw y que acaba de editar la Junta de Castilla y León. La saga de los Ruiz, originaria de Belorado, extendió su enorme influencia a lo largo de seis décadas del siglo XVI. Los Ruiz, pertenecientes a la alta burguesía castellana, comerciantes laneros con aspiraciones nobiliarias, alcanzaron si cabe un grado mayor, dadas las ambiciosas metas que acabaron conquistando.

Por encima del resto de miembros de la familia, y a pesar de las dos generaciones implicadas en su esplendor, hubo dos nombres propios en el seno de los Ruiz: Andrés y Simón. El primero desarrolló sus extraordinarias dotes de comerciante en Nantes, el puerto más importante de la Francia occidental. Su poderosa presencia es hoy todavía palpable: uno de los muelles del puerto de esta ciudad lleva su nombre, y el archivo municipal guarda varios registros sobre su intensa actividad económica. Andrés, que viajó desde Belorado atraído por la importante colonia castellana en Nantes establecida. Allí, en poco tiempo, se convirtió en un importante comerciante del textil a la par que financiero, si bien esta última actividad acabaría por ser su principal fuente de ingresos.

Llegó a actuar como representante de banqueros franceses e, incluso, prestaba servicios al rey. En pocos años, Andrés Ruiz, asegura el autor de la obra, se hizo con una incalculable fortuna que le reportó ser el hombres más rico de Nantes. Se hizo construir varios palacios e incluso una capilla, donde fue enterrado tras su muerte, acaecida en 1580 por una enfermedad infecciosa. Su descendencia emparentó con la mejores familias de la Bretaña, lo que revela asimismo su poderío, e incluso llegó a desestimar el ofrecimiento de ser el primer magistrado de la ciudad.

Hombre popular, recto, profundamente pío «al mismo tiempo alegre y dado a la buena vida», su estupenda relación con la Corona francesa no le impidió prestar servicios a su rey, a pesar de las malas relaciones entre Francia y España. «En Nantes, desempeñaba el papel de un verdadero cónsul de España», sostiene el autor de Una familia de mercaderes: los Ruiz.

Simón, hombre de negocios. Simón, hermano de Andrés, cambió Belorado por Medina del Campo, enclave próspero, siguiendo la estela de un tercer hermano, Vítores, que era comerciante en la ciudad vallisoletana. Simón pronto se consolidó como un serio comerciante, dedicado a la compra y venta de telas de Bretaña. Constituyó varias sociedades mercantiles que le fueron reportando pingües beneficios. Comerció con diferentes ciudades tanto españolas como francesas y de Flandes, estableciendo alianzas con familias poderosas, como los también burgaleses Maluenda y Quintanadueñas. Con todo, atravesó momentos duros en los que su fortuna se resquebrajó.

Sin embargo, ésta experimentaría un crecimiento vertiginoso a partir de un cambio en sus negocios. Así, fue olvidándose poco a poco del comercio, trocando esta actividad por otra más lucrativa: la especulación. «De las filas de los que tomaban dinero a préstamo, pasó a las filas de los que lo daban». Aliado estratégicamente con negociantes portugueses y manteniendo sus relaciones con los comerciantes de Francia y Flandes, en 1575 era ya uno de los principales hombres de negocios español con tentáculos e influencias en las principales plazas europeas. Aquel año acabaría suponiendo para el beliforano un espaldarazo definitivo en su exitosa carrera.

No en vano, el monarca español declaró la hacienda imperial en bancarrota, teniendo que recurrir a los hombres de negocios para salir del paso. «Recibió la consagración suprema al convertirse en uno de los prestamistas de Felipe II. Utilizó sus relaciones en Portugal, Lyon y Amberes para suministrar al rey, en un momento de extrema gravedad, tras la quiebra de 1575, las letras de cambio de necesarias para el pago de las soldadas de las tropas de Flandes. De este modo, se inauguró su nueva carrera de financiero (...) que proporcionará a nuestro personaje una influencia y una consideración fuera de serie. Tratará de igual a igual con las grandes potencias financieras, mantendrá relación con los Lomellini, los Spinola, los Fugger, será persona grata en el Consejo de Hacienda (...) e incluso el propio Felipe II oirá con frecuencia hablar de él», recoge Lapeyre. Todo ello, claro, sin descuidar su condición de comerciante; más al contrario: su fortuna le permitió ampliar esa actividad.

gran rectitud. Lapeyre define a Simón Ruiz como un hombre de gran rectitud, de hondas convicciones religiosas, austero, sencillo la par que lúcido y de gran talla intelectual, «el gran hombre de la familia Ruiz». De su vida privada destaca el historiador francés un hecho singular: la fundación del hospital de Medina del Campo, edificio que todavía hoy se mantiene en pie y que es una de las joyas de esta localidad castellana, de estilo herreriano, inspirado en El Escorial. Se trató de un gesto altruista, ya que se construyó para dar servicio a los pobres. Cuando Simón Ruiz murió en 1597, aún no había concluido, algo que sucedería años después.

Sin embargo, tardaría siglos en dar el servicio para el que se ordenó levantar, toda vez que su conclusión coincidió con la decadencia de Medina del Campo, por lo que tuvo que llegar la Guerra Civil española, ya en el siglo XX, para que se convirtiera en alivio de enfermos y heridos. «Sea como sea, allí queda como testimonio de que en la España del siglo XVI la caridad no era una palabra vana y de que el genio de los negocios no es incompatible con el espíritu cristiano», subraya Lapeyre.

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