Diario de Burgos
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miércoles, 23 de mayo de 2012
Vivir

Más vivos que nunca

R. Pérez Barredo/ Burgos - domingo, 18 de enero de 2009

El legado de los jesuitas asesinados en El Salvador hace veinte años sigue vigente mientras la Audiencia Nacional investiga para hallar a los culpables de la matanza

Un mes antes de ser asesinado en El Salvador, el gran líder jesuita Ignacio Ellacuría le hizo en Burgos esta confidencia a su compañero Manuel Plaza: «No creo que me vayan a matar». Sin embargo, su nombre y el de la institución de la que era rector, la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas" (UCA), estaban en el centro de mira de las dos facciones cuyo enfrentamiento guerracivilista estaba desangrando el país. Islote de libertad, de pensamiento, de cristianismo, de lucha por los derechos y la dignidad de los desheredados de la tierra, Ellacuría y los jesuitas que, con él, abanderaban y defendían con valentía y convicción ese ideal, eran cada vez más molestos. Representaban la esperanza de un mundo mejor, más justo y habitable, desde la trinchera de los marginados. Y por ello se les consideraba peligrosos. Amando López Quintana, nacido en Cubo de Bureba en 1936, era uno de los estiletes de aquella universidad. Un hombre cuya huella es todavía indeleble en su radio de acción de El Salvador y aún más allá: en Nicaragua, donde pasó muchos años como rector y donde le recuerdan como una persona que «tenía el don del consejo, de animar; disponibilidad para escuchar, corazón para acoger y risa para contagiar».

El 16 de noviembre de este año se cumplirá el veinte aniversario de la muerte a manos de militares salvadoreños de Ignacio, Amando, otros cuatro religiosos -Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno y Joaquín López López- y dos mujeres empleadas en la universidad, Elba Julia Ramos y Celina Mariset Ramos. Pero esta onomástica va a ser especial. No en vano, la Audiencia Nacional ha anunciado que investigará la matanza de los mártires de la UCA, toda vez que quienes presuntamente la ordenaron no fueron juzgados en su día e incluso «siguen en la vida pública», como afirma Manuel Plaza, jesuita, director del Centro Ignacio Ellacuría de Burgos y amigo y compañero de estudios de Amando López.

Aquel mes de noviembre de 1989, San Salvador era un polvorín. Se mataba en la calle. El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), una guerrilla bien organizada, se acantonaba en los barrios más pobres, mientras que el ejército repelía los ataques, que se sucedían en el casco urbano. Ante esta situación de emergencia, el Estado Mayor ordenó crear un comando de seguridad, el Batallón Atlacatl, algunos de cuyos integrantes acabaron siendo los ejecutores de los religiosos españoles, a los que vinculaban con corrientes de pensamiento marxistas.

Dos de aquellos pistoleros fueron juzgados y encarcelados, si bien cumplieron una condena efímera. Gracias a la Asociación pro Derechos Humanos de España (Apdhe), que interpuso el año pasado una querella, van a ser imputados catorce militares, cuatro de ellos generales, por los delitos de terrorismo. El único borrón, que lamentan algunos familiares, es que la investigación de la Audiencia Nacional no afecte también al entonces presidente de El Salvador, Alfredo Cristiani, de quien se sospecha no sólo que encubrió la autoría de los crímenes, sino que incluso pudo ordenar el atentado contra los jesuitas de la UCA.

amando y los suyos. Amando, que había sido durante años rector en la UCA de Nicaragua, llevaba cinco años en El Salvador. Allí no sólo daba clases (de filosofía y teología, además de ser el coordinador de filosofía), sino que atendía parroquias en barrios marginales y hacía todo lo que estuviera en su mano para ayudar: todos aquellos que siempre le buscaron hallaron en él consuelo, cariño, abrigo, comprensión. La misión de Amando, Ellacuría y el resto de miembros de la UCA trató extirparse aquella noche del 16 de noviembre de 1989. El golpe fue muy duro, terrible. Para la Compañía de Jesús y para el pueblo salvadoreño. Sin embargo, veinte años después, su legado, su forma de entender el cristianismo, la vida, sigue intacto.

«Se integraron con el pueblo en todo. Lo que lograron fue hacer una universidad cristiana: que el referente de ésta fueran los derechos de los pobres. Su muerte fue una tragedia, y a la Compañía de Jesús le ha costado mucho remontar tras un calvario de años», dice Plaza, y añade: «Pero los asesinos han desaparecido, no se sabe públicamente los nombres, pero los de los mártires sí. La filosofía de los asesinos sólo engendra muerte; la de éstos es un referente de libertad para los pobres y para todo el mundo. Después de veinte años los asesinos han desaparecido, pero los mártires están vivos, más vivos que nunca».

Pilar López | Hermana de amando

«Mi hermano era la bondad hecha persona; salvó vidas con riesgo de la suya»

Pilar no quiere que se vea su rostro. «Si hay algún protagonista aquí, ese es mi hermano», dice mientras repasa con ternura y escalofrío un álbum de fotos familiar. Los familiares de Amando no quisieron sumarse a la iniciativa de la Asociación pro Derechos Humanos de España que ahora ha conseguido que la Audiencia Nacional abra una investigación sobre la masacre en la que murieron los jesuitas españoles. «Mi padre, con 90 años, dijo que les perdonaba. Quiénes éramos nosotros para ir a juzgar a nadie», señala. Y se muestra escéptica, toda vez que «al principal responsable le han excluido».

Pilar y Amando eran los pequeños de la familia. «Estábamos muy unidos», evoca. «Mi hermano era la bondad hecha persona. Lo daba todo por todos. A través de la palabra, porque hablaba con todo el mundo que se acercaba a él; ayudando en lo que fuera, con lo que fuera, incluso dándoles sus ropas». En una visita a Nicaragua, donde Amando estuvo entre 1975 y 1983, «cuando supieron que era su hermana, me pedían perdón por no tratarme mejor que a los demás. Hubo gente que se acercó a decirme que ojalá sus hijos fuesen algún día como el padre Amando. En Nicaragua salvó muchas vidas, ayudó a mucha gente». Lo hizo, además, en los tiempos más turbulentos que vivió el pequeño país centroamericano: durante la represión de la dictadura de Somoza. Cómo iban a olvidar los nicaragüenses que Amando López ayudó y protegió en la residencia de la comunidad a familiares de profesores y jesuitas e incluso a sandinistas para hacer lo propio, tras la caída de la dictadura sandinista, con los perseguidos por el nuevo régimen revolucionario. En algunos casos arriesgó seriamente su propia vida.

«Estuvo colaborando para la Cruz Roja, saliendo por las noches para salvar a gente exponiendo la suya, u ofreciendo su cama a algún herido o perseguido acostándose él en el suelo o bajo la cama para que nadie sospechara que había alguien ocultándose allí», relata. Amando siempre fue consciente del riesgo que corría. «Él lo sabía. Y no tenía miedo a morir, sólo a ser torturado. Era feliz. Sentía la necesidad de ayudar a los demás, de hacer todo lo que estuviera en su mano. Nosotros le decíamos que nuestros padres estaban mayores, que quizás estaría bien que viniera, pero él decía que no era suficiente, que su labor estaba allí, que tenía mucho que hacer», concluye.

Manuel Plaza | jesuita y amigo de amando

«No se puede olvidar

a quienes lucharon por

la dignidad de los pobres»

El director del Centro Ignacio Ellacuría es uno de los referentes intelectuales de la Compañía de Jesús en Burgos. Estuvo con Ellacuría un mes antes de morir y fue compañero de Amando durante los primeros años de ambos en el seno de esta orden religiosa. «Hay que felicitar a la Asociación pro Derechos Humanos por haber conseguido que la Audiencia Nacional investigue la matanza. Hay que pensar que no fue un atentado contra la Compañía de Jesús, sino terrorismo de Estado contra el pueblo salvadoreño y contra la Iglesia de El Salvador», dice el religioso burgalés, quien está recién regresado de un viaje que le llevó en diciembre a Guatemala, Nicaragua y, precisamente, El Salvador.

Allí ha podido constatar una realidad que le ha llenado de satisfacción y orgullo: que después de 20 años de los asesinatos, la UCA ha vuelto a levantar el vuelo. «Se ha recuperado y sigue siendo un referente para El Salvador y a nivel internacional. Un referente ideológico: Ellacuría dijo que había que leer la realidad nacional, y creo que tanto los jesuitas como los profesores y profesoras laicos han sido capaces de no perder ese punto de vista». Aunque la situación ha mejorado en el país, Plaza reconoce que sigue habiendo «bolsas de pobreza y de violencia».

El legado dejado por los mártires de la UCA, afirma Plaza, tiene que ver con un tipo de Iglesia que «une fe, justicia y cultura. Y eso es inolvidable. Porque, en el fondo, es apostar por la libertad y la dignidad de los pueblos, de los pobres. El hecho de que haya hombres y mujeres que han dado su vida por defender esto no se puede olvidar». Para Ellacuría, Amador López y todos los jesuitas de la UCA, «una sociedad en paz, en justicia y libertad era esencial. Para ellos, el seguimiento de Jesús era inseparable de la justicia, la cultura y el diálogo con la diferencia. Y eso creaba problemas a las instituciones. Monseñor Romero decía que quienes tocaban las instituciones se electrocutaban; y ellos tocaron la institución política. Por eso les mataron», apostilla.

De Amando guarda un maravilloso recuerdo. «Por lo que le conocí y, sobre todo, por los testimonios que recogí después del asesinato, era un hombre de muchísimo consejo. Le buscaba la gente por su acogida, por su don de consejo, por su buen humor. Era, realmente, un hombre entrañable. Un hombre que sabía hacer camino. Un hombre», concluye Plaza.

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