El pensamiento frente a la sinrazón
Javier Brizuela González
5º de Periodismo y Filosofía de la Universidad de Navarra
Apenas había entrado a la nave industrial que sirve como sede del Banco de Alimentos de Pamplona cuando vibró mi teléfono móvil. Era Rafael, un compañero de clase que llamaba para preguntarme si estaba bien. Inmediatamente reveló el motivo de semejante preocupación. Un coche bomba había estallado a las once en punto (media hora antes) en el Campus de la Universidad de Navarra, y los datos eran todavía confusos. Se desconocía la ubicación exacta del vehículo y los daños personales y materiales que había causado.
La noticia, como es lógico, me impactó profundamente. En ese momento, mi mayor preocupación giraba en torno a amigos y conocidos, pero ningún profesor, empleado o alumno me resultaba indiferente. Cualquiera podía haber estado cerca del coche cargado de explosivos en el momento de la deflagración. Además, la incomodidad propia de la situación se acrecentaba por el motivo que me había llevado hasta el Polígono Agustinos de Pamplona, alejándome del acto criminal. Tenía concertada (junto con María, otra compañera de clase) una entrevista a las once y media con Carlos Almagro, presidente de la Fundación del Banco de Alimentos, y mi móvil no paraba de sonar.
Antes de entrar al despacho de Almagro llamé a mis padres. Ellos tenían que ser los primeros en recibir una llamada tranquilizadora. El periodista nunca debe llegar tarde a una cita con sus fuentes, pero creo que la excepcionalidad de la situación justificaba plenamente mi proceder. Por otra parte, realizar una buena entrevista no fue fácil. La cabeza de María y la mía se evadían constantemente hacia la universidad, nuestra universidad, víctima de la barbarie etarra por sexta vez desde su fundación (en el año 1952). La cascada de llamadas a nuestros móviles tampoco ayudaban a disponer de unas mínimas dosis de tranquilidad, que finalmente fueron otorgadas por la paciencia y la simpatía de nuestro interlocutor, totalmente consciente de nuestro nerviosismo.
En cuanto salimos de la nave industrial, una hora después, no perdimos la oportunidad de seguir con la ronda de llamadas a amigos y familiares. En ese momento ya disponíamos de algunos datos sobre el atentado. Sabíamos que el coche había explotado en el aparcamiento situado junto al Edificio Central, y que en principio no había habido víctimas mortales. Un rato después, los Telediarios desvelarían una escalofriante información: la banda terrorista, por omisión u error, había avisado a la DYA de Vitoria de la colocación de un coche bomba en el campus universitario, sin precisar a qué centro docente se referían. Las pesquisas de la policía se dirigieron a la opción más lógica: pensar que la explosión iba a tener lugar en el campus de la capital alavesa. Esto impidió el desalojo de la Universidad de Navarra, lo que evidenció la posibilidad real de que se hubiera producido una auténtica masacre.
En apoyo de esta teoría, las imágenes de las llamas en el Edificio Central y de los destrozos en Bibliotecas no dejan lugar a dudas. La carga explosiva del vehículo (cerca de ochenta kilos de dinamita) tampoco. Hay quienes tildan de milagro el escaso balance de daños personales (unos pocos heridos, y ninguno de gravedad). Otros los atribuyen a la casualidad o a la suerte. Que cada cual juzgue según los datos disponibles, pero cuesta encontrar una explicación lógica a la ausencia de víctimas mortales en un lugar tan concurrido y en hora punta.
El viernes se reanudaron las clases con una asistencia masiva del alumnado. Todo un golpe a los asesinos, que una vez más contemplan la ineficacia de su salvaje modo de proceder. Si pretendían sembrar las aulas de miedo, creo que han perdido el tiempo. La concentración a las doce en la explanada de la Facultad de Comunicación corrobora esta tesis. Asistí a ella junto a mis compañeros de clase y miles de personas que desafiamos a la lluvia para rechazar a la organización criminal en un bonito acto. Fueron cinco minutos que simbolizaron dos cosas: el rechazo perenne a la violencia de los asesinos y el triunfo, una vez más, del pensamiento frente a la sinrazón.
Silencio más fuerte que el ruido
Jorge Tárrago
Profesor de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra
No me encontraba en ese momento en la Universidad. Aunque tenía previsto ir a la Escuela de Arquitectura hacia las 10 de la mañana, otros motivos retrasaron este plan. La casualidad quiso que estuviera hablando por teléfono con otro profesor que sí se encontraba en la Escuela, escuchando en directo la explosión. Los primeros instantes fueron de lógica angustia ante la confusión de las noticias, y de mucha preocupación por la suerte de alumnos, empleados y profesores.
De tantos amigos. Acabamos de volver de una impresionante concentración silenciosa de toda la comunidad universitaria, bajo la lluvia. Un silencio intenso que me ha hecho recordar unas palabras, si no recuerdo mal, de George Steiner: "cuando la polis está llena de salvajismo, nada más resonante que el poema no escrito". Nuestro silencio es más fuerte que el ruido de las bombas.
Lugar del diálogo
Ramón Salaverría
Director del Laboratorio Multimedia de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra
ETA ha intentado matar indiscriminadamente en la Universidad de Navarra. No es la primera vez. En esta ocasión, sin aviso previo y a una hora de máximo tránsito de personas, ha colocado un potente coche bomba con el deseo de acabar con la vida de quien pasara por ahí: alumnos, personal de servicios, profesores. Afortunadamente, no lo ha conseguido.
Con esta acción despreciable, pretendían hacer daño a una institución y a unas personas que, a diferencia de esa banda de criminales, trabajamos día a día por el progreso de la sociedad navarra.
La Universidad es el lugar del pensamiento, del diálogo, de la razón. Quienes trabajamos aquí sabemos que ese es el motivo de que quieran acabar con nosotros, pues representamos valores diametralmente opuestos a los de ETA. Y a mucha honra.
Gracias
Marina Pereda Sancho
Estudiante mirandesa de Periodismo en la Universidad de Navarra
Durante el momento del atentado me encontraba en el Edificio de Ciencias Sociales, en clase. Imagino que los lectores ya conocerán lo ocurrido, pues ha habido un gran despliegue de medios, declaraciones y cobertura informativa durante las veinticuatro horas. El motivo de estas líneas no es describir la sensación de incertidumbre, desasosiego y tensión que se vivió en aquel momento. Lo que pretendo es, en primer lugar, dar las gracias a todos los que se han solidarizado con nosotros, con sus oraciones y muestras de apoyo. Quiero referirme en especial, a todas las Universidades españolas que se han unido a nuestros cinco minutos de silencio. Con este gesto, siento cómo se refuerza la idea que la Universidad de Navarra trata de transmitir a sus alumnos, esa idea que ayer, mediante el odio y la violencia más despreciable, trataron de destruir: la verdad nos hará libres. Ochenta kilos de explosivos no conseguirán matar la libertad. Mientras sigamos unidos, en defensa de la verdad y de los derechos de los ciudadanos, mantendremos la esperanza. Por otra parte, quiero hacer un llamamiento. No podemos olvidar que somos los ciudadanos (estudiantes, peluqueros, periodistas, taxistas...) los responsables de nuestro país. Espero que, de ahora en adelante, participemos mucho más en la vida política. Respiramos tranquilos al saber que no ha habido víctimas mortales, pero no podemos conformarnos. Cuando he leído la carta del Rector animándonos a la tranquilidad y al perdón, cuando he escuchado las palabras de apoyo de políticos y amigos, me he sentido orgullosa. Esta bomba sólo ha servido para demostrar que tengo razones para estarlo.
Atentado en la Universidad
Paloma Lorenzo Usabiaga
Alumna de Periodismo de la Universidad de Navarra
Han pasado cuatro días desde que ETA atentara contra la Universidad de Navarra. Viví este acontecimiento en primera persona, pero a 500 metros del lugar de los hechos. A las 10.45 de la mañana entraba en mi casa cuando escuché un tremendo estruendo que en un principio confundí con una tormenta. Yo nunca había vivido un atentado tan de cerca. Tardé unos segundos en reaccionar, porque no podía identificar aquel sonido. No quería creer que lo que había oído era el estallido de una bomba. Inmediatamente me asomé al balcón desde donde se divisa el campus y descubrí con horror que mis oídos no me habían engañado. Una columna de humo negro y denso se elevaba entre los edificios de Comunicación y Bibliotecas. Yo acababa de estar allí hacía 10 minutos. Otros jueves yo hubiera estado en la biblioteca, pero no sé por qué ese día decidí volver antes a casa. Momentos de angustia, rabia contenida entre las compañeras de piso. ¿Por qué en la universidad? ¿Por qué en cualquier sitio?
Vivo muy próxima al campus, por lo que a los 10 minutos de la explosión mi casa se llenó de compañeros que subían a escuchar la radio o a ver la televisión en busca de información. Los móviles de todos echaban humo, nuestras familias asustadas, no sabíamos si había algún compañero herido, no nos dejaban acercarnos al lugar de la tragedia, todo el recinto estaba acordonado. Fueron unos minutos de inquietud terribles hasta que comenzaron a salir las primeras noticias e imágenes aclarando que no había ningún herido grave. Con el paso de las horas la «tranquilidad» volvió a nuestro entorno. Dicen que las personas de nuestra generación no nos movemos por nada ni ante nada. Pero el día 31 cientos de jóvenes en Pamplona y miles en toda España salimos a la calle a condenar este nuevo repugnante atentado de ETA. Como alumna de la UN agradezco desde aquí el apoyo y la solidaridad mostrados por las diferentes universidades que secundaron esta iniciativa. Y de igual manera a todos aquellos que sin pertenecer al mundo académico dieron muestras de repulsa y nos mostraron su cariño.
El corazón en un puño
Alfonso Vara
Profesor de Economía
Tenía por delante dos horas de clase con el grupo B de primer curso, en el aula 2 de CC. Sociales. Delante, unos 90 alumnos charlaban, sacaban el manual, preparaban los folios o sin más, miraban como sólo saben mirar los de primero. Estaba sentado, abriendo la web que correspondía al tema 5.
Hoy lo iba a bordar...
Y todo tembló. Aquello sólo podía ser una cosa: una explosión brutal, quizá una bomba. De primeras no pensé que hubiera sido en el campus, pero salí de la clase, me asomé al pasillo. Veo una inmensa columna de humo negro elevándose desde la zona del Central. Con el miedo en el cuerpo, los alumnos comienzan a ponerse nerviosos, no saben qué hacer. Veo pasar a Javier M. que sale de NT. «En el Central, ha sido en el Central», le digo. Asiente serio con la cabeza, mientras avanza a paso ligero mirando la columna de humo.
Pido a los alumnos que vuelvan a entrar en clase, que tengan tranquilidad. Una vez dentro, me planteo cuál es la mejor decisión para su seguridad, si permanecer o evacuar. Miro al fondo de la clase. Me fijo en los ventanales. ¿Quién no me dice que haya otra bomba? Les sugiero que recojan sus cosas, evacuen el edificio sin carreras, evitando acercarse a los cristales y que se dirijan a la explanada. Con el rabillo del ojo compruebo que varios alumnos están ayudando a Ana Z., invidente, a bajar las escaleras. En medio de la barbarie siempre hay espacio para la generosidad. Es la línea que nos separa a ellos de nosotros.
Me dirijo hacia la consejería del edificio, donde me encuentro con la decana, Mónica H., Manuel M. A. y Sonsoles S.. Los bedeles comentan que la explosión ha sido en la zona de Oficinas Generales. ¿Bomba? «Sí, un coche bomba en el aparcamiento, nos lo acaban de confirmar». Decidimos acercarnos a la zona, al sendero que une la explanada de Ciencias Sociales con el edificio de Arquitectura. Mientras avanzamos, trato de telefonear a Camino, pero la red está saturada. Le envío un sms: «estoy bien». Trato de hablar con mis padres, pero no hay forma. Han pasado 9 minutos desde la explosión.
Y entonces vemos la barbarie, las llamas en torno al ala izquierda del Central. Y me traslado mentalmente al interior y sé que ese despacho en llamas es el de Dirección de Personas. Y me angustia pensar qué ha podido ser de mi amigo Javier M., o de sus colaboradoras. O de José E.. O de Rosa. O de Jorge R. O de José Luis. O de las decenas de alumnos que suelen pasar a esas horas por esa zona. Se cierra el estómago, el corazón se encoge y rezo para mis adentros para que todos estén bien, aunque me temo lo peor.
Nos desalojan de la zona y decido volver a CC. Sociales. Me refugio en el Seminario de Información Económica, un local interior bien guarnecido. Me conecto a Facebook y cambio mi «status». Mientras, consigo hablar desde una línea fija con mi hermano Rubén. Le tranquilizo y le pido que hable con el resto de la familia. Comienza a llegar una avalancha de mensajes: la red sigue saturada y recibo un pelotón de llamadas perdidas. Más de 45 en veinte minutos. Y pienso en esas 9.000 madres, 9.000 padres, 9.000 hermanos que tendrán el corazón en un puño, tratando de localizar a sus hijos, a sus hermanos...
En internet comienzan a dar cifras de heridos: 7, 14, 17... Al parecer, todos leves. Y no me lo creo, pero le doy gracias a Dios y le pido que no haya muertos, que proteja a nuestros chicos. Llamo a un amigo en la Clínica Universitaria y me confirma que milagrosamente todos los heridos son leves. Me cuenta la historia de varios colegas que salvaron la vida por ese café de media mañana: sus despachos están destrozados. Mientras, siguen llegando al correo electrónico y a través de Facebook decenas de mensajes de ánimos de antiguos alumnos.
Recojo el portátil, salgo al pasillo y me encuentro con Paco S., Samuel N., la decana, Manuel M., Sonsoles S., D. Eduardo, Ramón S. y Josean. Me cuentan que aunque no hay orden de evacuación del edificio, no podemos sacar los coches. Decido quedarme a que la cosa se tranquilice y me voy a la secretaría de la Facultad con Mónica, Manuel y Sonsoles para atender posibles llamadas. Por fin se va descongestionando la red y mi móvil -y el del resto - comienzan a estar operativos así que aprovechamos para tranquilizar a la familia, a los amigos, a los vecinos.
Por fin contactamos con colegas de la Facultad y de Rectorado, que nos dan la última información: 18 heridos leves, no ha habido aviso previo a la Universidad y se pretende recuperar la normalidad cuanto antes.
Y descubro - una vez más y no termino de acostumbrarme - que en un día tan gris, tan espeso, con esa tristeza que se corta con tijeras, los antiguos se acuerdan de nosotros, nos envían sus mensajes de aliento, de ánimo, nos acompañan. Palabras que nos ayudan más de lo que puedan imaginar. Y llama un antiguo delegado de la facultad. Y llaman desde Brasil, de Madrid, de Barcelona, de San Sebastián, de La Coruña... También llaman algunos alumnos preguntando por el examen que iban a tener hoy por la tarde.
También medios de comunicación. Incluso una cadena de televisión nacional nos pregunta si la facultad ha ordenado a los alumnos sacar las cámaras de televisión que se usan en prácticas para grabar las imágenes del atentado.(¿!)
Hoy ha sido posiblemente el día más duro desde que trabajo en la Universidad. Pero mañana volveremos a estar ahí. A las 8 de la mañana. Y volveré a descubrir que los de primero miran como no miran los demás.
Quizá tengan sueño. Pero no temor ni rencor.