Diario de Burgos
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El día que nos lavamos la cara

Álvaro Melcón | Burgos - domingo, 19 de octubre de 2008
Ocurrió en Burgos en julio del 75 y el conflicto cultural entre el régimen de Franco y el advenimiento de la libertad acuñó un mito que reconstruimos de la mano de quienes lo documentaron

amelcon@diariodeburgos.es

*Sobre los testimonios de Carlos Tena, Miguel Moreno, José María Rey, Pep Rigol, Eliseo Villafranca, Federico Vélez y José Luis Martínez Verea. Fotografías cedidas por los autores y Francisco Alcántara.

primavera 1975

En una mesa trasera del Mesón Burgos hay dos tipos poniéndose finos a cangrejos. El concejal de Festejos, Antonio García Martín, está acompañado de algunos técnicos municipales. Frente a ellos, el promotor musical José Luis Fernández de Córdoba, que trata de vender un hito: la celebración, por primera vez en la historia de España, de un festival de rock inspirado en el formato que en Estados Unidos puso en pie de guerra al hipismo psicodélico.

«Tengo el compromiso de José Luis Martín Frías para cerrar la fecha con lo mejorcito del rock catalán y también tengo los contactos necesarios en Andalucía para hacer lo propio», garantiza. Sus contactos con Martín Frías, director de la revista Popular 1 y persona de la que nació la propuesta después de que Fernández de Córdoba trajera a España los primeros bolos de artistas internacionales de artistas como como Patti Smith, y con Gonzalo García Pelayo, amo y señor de la discográfica sevillana Gong, que tenía en nómina el futuro del rock patrio (Triana), le convencen de que tiene en su mano la oportunidad de hacer historia.

Con Burgos tiene buena relación y la reunión con García Martín trata de cerrar un acuerdo para organizar todas las actuaciones de las fiestas de San Pedro. Su paso periódico por la burgalesa sala Tucán le ha proporcionado los contactos necesarios y la rueda comienza a girar. El edil burgalés se compromete con la causa: las primeras "15 horas de Pop Ciudad de Burgos" acaban de parirse sobre un mantel del céntrico mesón.

Días después, Fernández de Córdoba ha abierto una oficina en la cuarta planta del edificio Edinco desde la que gestiona toda la producción del evento, que gracias a Popular 1 y a que varios de los grandes gurús del periodismo musical son hijos de la villa (Diego A. Manrique, Carlos Tena...) amplifica su impacto. En Andalucía y Cataluña se fletan autobuses plagados de melenudos dispuestos a sufrir un viaje eterno que habrá de traerles hasta la ciudad de Burgos, a la que no pocos miran con cierto recelo por su estrecha relación con un régimen que se muere conforme lo hace su progenitor. La sorpresa por la elección del lugar es mayúscula.

4 de julio de 1975

Pep Rigol, un joven estudiante de periodismo y fotógrafo en ciernes, se prepara para cubrir un evento que le marcará para siempre. Trabaja como fotógrafo de la revista Disco Express y no ha dudado en ponerse en contacto con algunos músicos de la Orquesta Mirasol, que tocarán al día siguiente en el festival burgalés, para venir con ellos desde Barcelona hasta el corazón de una Castilla que ha mirado siempre a través de los libros de Historia pero que no ha pisado. Harán noche en Pamplona y llegarán a Burgos a tiempo de asistir, a las once de la mañana, a la inauguración del Festival.

En Burgos, las dos manos derechas de Fernández de Córdoba tratan de que el escenario de la plaza de toros de El Plantío, que es el lugar escogido para la ocasión, se sonorice antes de que caiga la noche. Los grupos que ya han llegado quieren probar sonido, pero no hay manera. Javier García Pelayo (hermano de Gonzalo) y José Luis Martínez Verea comienzan a darse cuenta de que el equipo de sonido, montado con retazos aportados por los grupos, va a sonar como el culo.

Martínez Verea regresa con frecuencia al hotel Norte y Londres para comprobar que los grupos que se han cansado de esperar no se meten en líos, pero pronto se da cuenta de que eso ya lo está haciendo la policía secreta y regresa al coso. Allí comprueba que en la orilla del Arlanzón más próxima a la plaza se levanta una comuna de campaña en la que el sexo y las drogas son moneda de curso legal. En Burgos. En el 75. Martínez Verea alucina sin ácidos.

Mientras, por las principales avenidas de Burgos circulan autobuses colmados de jóvenes con peinados imposibles y trazas de ser pasto de la Ley de Vagos y Maleantes. Pegan la cara al cristal y bajan de los autocares como quien sale despedido de una cama elástica. Muchos se suman al campamento del río, otros toman posiciones en las calles de la ciudad y un fotógrafo avispado (el muy joven Eliseo Villafranca) caza la instantánea de un grupo tomando el sol junto a los cuatro reyes del Espolón. El contraste reduce lo del agua y el aceite a una práctica de parvulario.

Villafranca sabe que la tiene y además lleva el orgullo de corbata porque los figurantes no son de los que ven en Burgos a diario y no sabe cómo se lo pueden tomar. Se da la vuelta y regresa volando a la tienda de su padre en la plaza Vega, donde Saturnino, un empleado de La Voz de Castilla, vendrá a recogerla. El rotativo está dirigido por el joven de 23 años Javier Zuloaga López, que está dispuesto a resucitar un periódico para el que los vientos de libertad tocan a muerto a golpe de titular sensacional.

Tiene una plantilla en la que figuran jóvenes como Álex Grijelmo, que como apunta maneras excepcionales y no ha cumplido los 20 ya sabe que se va a encargar de contar lo de los rockeros, Miguel Moreno o Miguel Ángel Fernández, a los que nadie ha dicho nada por ser tan melenudos como los importados seguidores de los grupos que van a actuar en el festival, y otros más curtidos, como Vicente Ruiz de Mencía. Cuando el director comunica a su gente que ha dado con el titular algunos se echan a temblar y le advierten: «Javier, que nos van a quemar el periódico».

Pero el director del rotativo lo tiene claro y ordena imprimir una primera presidida por estas cinco palabras: «La invasión de la cochambre». Debajo, «a Burgos le ha cambiado la cara: ahora tiene legañas». Así va a despachar al día siguiente la llegada de los miles de jóvenes de estética rupturista y moderna que van fondeando los buses en las inmediaciones de la plaza de toros. A las doce de la noche no se debate más sobre la portada y en la puerta de la habitación del hotel de Pamplona donde pernocta Pep Rigol suenan unos nudillos. Son los secretas. «Quién es usted, de dónde viene y hacia dónde va». Rigol saca su acreditación de Disco Express y el policía, que es quinto, se interesa por el asunto. Tanto que no acaba subiendo al coche porque sería jugar con fuego.

Mientras, en Burgos, Martínez Verea y el hermanísimo (Javier García Pelayo) toman conciencia de que sonorizar la plaza es misión imposible y, lo que es peor, se ven venir la reacción del público. Máxime cuando Diario de Burgos acaba de publicar una entrevista con Fernández de Córdoba en la que el peculiar promotor declara que el Ayuntamiento le va a pagar 2.350.000 pesetas, dinero suficiente como para comprar cinco pisos, para organizar el festival, siete verbenas y una caseta andaluza, pero que ya se ha gastado más de tres millones solo en el festival. «Me he traído, para la luminotecnia, a la mejor empresa, no de España, de Europa», declara.

Sus pupilos no dan crédito a la osadía del jefe. Es imposible hacer sonar a la vez todos los equipos recopilados de aquella manera y las luces apenas iluminarían el patio de una casa. La expectación es enorme, el riesgo también. Esa noche no duerme casi nadie.

5 de julio de 1975

El rebote hoy es mayúsculo. Ya son 4.000 los jóvenes que se arremolinan en torno a los accesos al coso burgalés y abundan las hogueras alimentadas con La Voz de Castilla. Por la acera izquierda de la calle Vitoria sube una marea de melenudos que se amontonan sobre la edición del día de Diario de Burgos y de La Voz. Leen la previa del festival. Por la acera derecha, bajan tres señores de respetable edad. Tienen la cabeza metida en su periódico, cada uno en el suyo, y mientras con un ojo se informan de las felicitaciones del ministro del Ejército, el teniente general Coloma Gallegos, por la brillante ceremonia de conmemoración «del centenario del gloriosos Regimiento de Artillería», que tuvo lugar hace dos días en la recientemente inaugurada base de Castrillo del Val, con el otro radiografían a la marabunta.

Pasan las diez de la mañana y Fernández de Córdoba da la orden de abrir las puertas. Los grises toman el tendido y la policía secreta ocupa en la zona de escenario más espacio que los propios músicos. La entrada, muy floja. Hay 4.000 personas, pero solo se han vendido 2.100. El resto son pases de escenario que nadie termina de saber bien de dónde han salido.

Por la zona comienzan a trabajar los periodistas locales y los compañeros de la radio nacional. Algunos son verdaderas estrellas, tanto como los propios músicos. Carlos Tena, que dirige en RNE el espacio "Para vosotros jóvenes" (título que le horripila pero que el ente ha plagiado a la RAI italiana), charla con unos y otros, no le hace ascos a los porros que le llegan a dos manos y le pega sin rubor al vino malo y al whisky barato. Hoy cubrirá el evento, pero además supervisará la actuación de Tilburi, a los que ha producido su primer disco. Diego A. Manrique no anda lejos y está a punto de comprobar que el sonido va a arruinar la fase artística del evento, circunstancia que plasmará en "Vibraciones" y que le costará un largo cruce de acusaciones con algunos grupos.

Aunque parte del acuerdo entre Fernández de Córdoba y el Ayuntamiento pasa por vender el alcohol a un precio estratosférico para trata de evitar "calentones", la juventud se ha hecho fuerte en la comuna de circunstancias y maneja materiales que mandarían a comulgar a sus padres solo con verlos. Hace calor, las camisetas desaparecen y dejan al aire torsos famélicos que, rematados por el peinado afro que viene de serie, les da un aspecto similar al que algunos vieron en los periódicos cuando pasó algo en Woodstock que dio la vuelta al mundo.

Es el momento. Hilario Camacho sube al escenario y del susto al público y a la crítica casi se les para el reloj. No es que aquello suene mal, es que ni a propósito se encuentra una sonorización más deficiente. Camacho sabe que ha servido de cobaya y a la segunda canción se va del escenario, pero ya había hecho parte de su trabajo y recogen el testigo grupos como Alcatraz o Tilburi. Tena no pierde la ocasión y se sube al escenario a presentar a sus apadrinados, micrófono en ristre y conectado al directo de la Radio Nacional en la que, claro, nadie sabe que está afiliado al PCE en la clandestinidad.

El calor es insoportable cuando pasa la hora de comer, pero no se puede parar la rueda porque las 15 horas no deben convertirse en 30. Los foráneos John Campbell y Falcons hacen lo que pueden, Fernández de Córdoba pretende subir al escenario para entregar unas placas al Ayuntamiento pero es saboteado por el público, al que tiene que pedir varias veces que se relaje porque «no está el horno para bollos». Eso sí, no suelta el porro.

Conforme Tartessos ha cerrado la primera parte del festival, la temperatura comienza a dar un respiro y los ánimos se caldean para la llegada del rock. Pep Rigol, que pretendía diez buenas fotos para la revista, va cambiado carretes hasta que llega a coleccionar casi 400 instantáneas. Su colega José Madrid, también enviado especial, tampoco para de retratar tanto lo que hay encima como lo que hay debajo del escenario. Los dos reporteros gráficos locales, Fede Vélez y Eliseo Villafranca, no se quedan parados. Han tomado conciencia de las dimensiones sociales del Festival y pululan cámara en ristre por todo el coso. El plumilla Álex Grijelmo bastante tiene con que no le identifiquen como reportero de La Voz.

Bloque abre la cara rock del festival y suenan bien gracias a que han traído su propio equipo. Martínez Verea respira por primera vez en toda la tarde. La entrada al escenario de Eva Rock impacta tanto a la crítica como al público y enciende la llama que el cansancio, el calor de la mañana y el sonido infame había apagado. Y entonces se suben al escenario los hippies más hippies que había en España. La Companya Eléctrica Dharma, que vienen nada menos que de una comuna precedidos por la notable fama que han cosechado en el circuito catalán, se convierte en la sensación de la tarde. Arrasan.

Es el momento de resarcir a los frustrados por el sonido y algunos regresan al escenario: Camacho, Tartessos, Tilburi... Eso no gusta. Silbidos y otra vez a pedir calma. Algunos incluso abandonan la plaza y se van a la orilla del río, donde buena parte de los acampados han preferido quedarse y beberse las 200 pesetas de la entrada. Otros aguantan lo suficiente como para ver en escena a Gualberto. Es la hora del rock andaluz. Los cerca de 1.000 sevillanos y gaditanos que han cruzado España para estar aquí se ponen en guardia y sostienen el evento.

Termina Gualberto y otra sorpresa. Entre tanto flamenco psicodélico progresivo se han colado los madrileños Burning: hay mucho rupturista, gente afín al concepto de contracultura que, como no pueden hablar de política en casa, hablan a través de la música que escuchan, pero lo de Burning les deja a todos ojipláticos. Tocan versiones de los Rolling Stones, que son lo más, y dos de sus miembros ¡¡¡se han travestido!!! Espectacular. Lo que se han perdido los de fuera. Y encima queda lo mejor.

Regresa el rock andaluz y los Granada toman la escena. El sonido vuelve a ser catastrófico, el frío de la noche burgalesa comienza a fulminar los huesos de un público que, aprovechando que la policía se esfuma tras comprobar que allí no cabe la posibilidad de que un ejército de jóvenes extenuados que no han provocado problema alguno fueran a hacerlo más tarde, hacen hogueras en el tendido.

La Orquesta Mirasol y Eduardo Bort ponen música a la cena y después continúan circulando sustancias que van por barrios. Los andaluces parecen haber nacido con un porro en cada mano. Los catalanes no le hacen ascos a nada y el resto le pega a todo lo que venga embotellado. La madrugada es de los Storm, una formación apadrinada por Fernández de Córdoba. Piensa que ha llegado su momento, pero vuelve a ser abucheado. Sin embargo, esos chicos, cuyo único pecado era un horrible inglés, le darán muchas tardes de gloria. Y muchos duros. Cumplen y los últimos de El Plantío resisten para, entrada la madrugada, ver en escena a Triana.

Los autores de canciones como En el lago, Abre la puerta o Sé de un lugar son venerados como dioses. Jesús de la Rosa, sumido en un estado indefinible maleado con heroína y alcohol, eleva el rock sinfónico andaluz sobre la fría noche de Burgos. El momento es, sin duda, para recordar. Al salir, todavía hay algún pardillo con cara de estar buscando a sus padres que no se explica por qué al final no ha venido Dylan, como a él le habían dicho.

Rigol lo ha dejado hace unas horas, Tena ha salido del coso sosteniendo como puede el pesado equipo analógico, Martínez Verea se va a dormir dos días seguidos, a Manrique se le ha perdido la pista y los cronistas locales comparten con los compañeros, eso sí, lejos del coso, un buen número de cervezas mientras comentan la jugada. Fernández de Córdoba comienza a tomar conciencia del cataclismo económico que le va a suponer aquello y tal vez por eso acaba en la Cruz Roja. Los grupos regresan a casa, la comuna del Arlanzón merma conforme la noche la engulle y la cochambre se disuelve sin que el gobernador militar reciba parte alguno de incidencias que reseñar. Dentro de unos minutos va a amanecer.

9 de octubre de 2008

El Palacio de la Salina de Salamanca la actividad es frenética. Acoge una de las muestras más llamativas del Festival Internacional de las Artes de Castilla y León, Explorafoto, que este año se ha volcado en plasmar la relación nuclear existente entre el arte y el rock. Antes de la inauguración oficial, los fotógrafos Federico Vélez, Eliseo Villafranca, Pep Rigol y José Madrid comparten sensaciones cuando ven colgada la mayor colección de imágenes jamás expuesta sobre un festival de rock que aconteció en Burgos en julio de 1975.

Ellos fueron los encargados de documentarlo gráficamente y han puesto en manos del comisario de la exposición, el periodista Francisco Alcántara, el material inédito que nunca vio la luz, ese que no se publicó en las revistas y periódicos.

Curiosamente, todos han guardado con celo aquellos negativos durante más de 30 años; tal vez fueron conscientes de haber vivido un hito, tal vez algo se movió en sus entrañas y les invitó a custodiar los rollos. Sin embargo, el nombre de la exposición no se lo ha puesto Alcántara, ni tampoco los directores de Explorafoto (David Arranz y Javier Panera). El título se lo puso La Voz de Castilla hace 33 años: La invasión de la cochambre.

Por los salones del Palacio ahora transitan jóvenes a los que nadie va a aplicar leyes antimaleantes porque luzcan crestas o lleven medio culo al aire. Han nacido y vivido en libertad y tienen en la exposición la ocasión de comprender que fueron muchos los ladrillos que hubo que poner en los cimientos de la tolerancia: las "15 horas de Pop Ciudad de Burgos" son sin duda uno de ellos.

Cerca de ellos, muy cerca, hay un matrimonio que peina canas (ella, a él no le queda nada que peinar) que creen encontrarse en una panorámica del coso. Estuvieron allí y la exposición evoca el paso del tiempo, el avance de la historia. Recuerdan a algunos de los músicos que se subieron al escenario de la plaza de toros de Burgos y lo cochino que fue el destino con muchos de ellos, cuya última canción firmaron las drogas y el sida.

Jesús de la Rosa, el alma de Triana, murió en Burgos después de sufrir un accidente de coche cuyas heridas no pudo superar a pesar de los esfuerzos del equipo médico del Yagüe. Ocurrió el 9 de octubre de 1983: exactamente 25 años después abría sus puertas la exposición de Salamanca. Toño, el cantante que puso la voz a Burning en "la cochambre", también terminaría sus días en Burgos sepultado por su adicción a la heroína. Tanto tiempo ha pasado, que hasta el vivir deprisa ha quedado desfasado.

Las hemerotecas y la memoria de quienes sí han vivido para contarlo son hoy custodias de aquel día en el que, lejos de salirle legañas, a Burgos le lavaron la cara. Sobre el ejemplar de hemeroteca del Diario de Burgos del 6 de julio de 1975 queda estampado el sello del Ministerio de Información y Turismo, de la censura, en definitiva, y una fotografía de las 15 horas de Pop. Al lado, la noticia del día: Estalla una bomba en Jesusalén. Hay 13 muertos y 75 heridos. Tal vez no haya pasado tanto tiempo.

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