Diario de Burgos
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Vivir
Fuera de foco / Elena Gallego Andrada

Pasión por los ideogramas y los cerezos en flor

Fernando Ortega/Burgos - domingo, 14 de septiembre de 2008
La filóloga burgalesa trabaja desde hace años traduciendo la literatura japonesa. Fascinada por la cultural oriental, compagina esa tarea con sus clases en la Universidad Sophia de Tokio

Quizás la niña Elena, alguna tarde de otoño, mientras miraba entretenida los muros de la Catedral desde su balcón de la calle de la Paloma, soñara con mundos misteriosos, con gentes diferentes venidas de lejanos países que habrían llegado hasta su ciudad para levantar ese templo mágico que se elevaba frente a ella, y en el que habían dejado huellas de su buen hacer y de su cultura exótica en forma de misteriosas fierecillas, las gárgolas, que la miraban fijamente cada vez que se asomaba al exterior.

Desde su atalaya privilegiada, la niña Elena, con ojos grandes e inquietos, observaba el ir y venir de los canónigos que acudían a misa de 10, del trasiego de militares, carteros, barrenderos y, en fin, gentes del común, que transitaban por la antigua calle de los plateros, de connotaciones familiares. Cansada del continuo paso de personas y coches, se refugiaba en un rincón de la habitación, y cogiendo un libro comenzaba a realizar su afición favorita: leer. El libro, como si fuera una alfombra mágica, pronto la trasladaba a otros mundos, a países exóticos, quizás llamados De los Cerezos en Flor o Del Sol Naciente, en los que se imaginaba que ella era la pionera de una nueva inquietud, la descubridora de un mundo diferente. Y leía, y soñaba, y pensaba…

Su pasión por la lectura le acompañó desde entonces y, seducida por el poder de las palabras, al tener que elegir su carrera universitaria se decidió por estudiar Filología Hispánica en el antiguo Colegio Universitario. Allí conocerá a unos profesores que la fascinarán: Áurea Ruiz Sola, Mª Luisa Lobato y Francisco Quintana, entre otros, que le ayudarán a descubrir nuevos horizontes y le introducirán en el mundo sugerente del conocimiento, de la literatura y las palabras. Con ellos su vocación se afianza: quiere entender los mecanismos de la lengua para disfrutar más de los tesoros que el lenguaje y la literatura encierran en su interior. Y lee y lee…

Completa sus estudios en Madrid, y otro profesor, Carlos Bousoño, le descubrirá nuevos mundos literarios y le reafirmará en su pasión por la literatura, por los idiomas, como herramienta para llegar a conocer mejor la vida de los hombres y mujeres de las distintas culturas.

Sigue leyendo, sigue disfrutando con numerosos textos de autores españoles, clásicos, modernos… Se encuentra feliz con sus lecturas. Y pronto llegará uno de los momentos claves de su vida. Piensa un día: «Si la literatura escrita en castellano es tan interesante, tan bella, ¿cómo será la escrita en otros idiomas, la literatura de otros países?». Y comienza a leer libros de autores ingleses, suecos, alemanes… y japoneses.

Es un antes y un después. Hasta ese día su mundo había girado bajo el prisma de una mujer occidental. Conocía en profundidad la literatura escrita en esa parte del mundo, había disfrutado con ella, y, de pronto, surge algo que le fascina. Descubre que hay otros mundos, otras miradas ante los acontecimientos humanos, otras formas de pensar, de relacionarse… Lee libros de Natsume Soseki, Tanizaki Junichiro, Michio Takeyama y de otros muchos escritores japoneses que le abren las puertas a una nueva cultura y le introducen en un mundo nuevo, sutil, sugerente, deslumbrante.

Una necesidad vital

Oriente, Japón en concreto, le fascina. Se siente abducida por él. Lee los libros traducidos por el profesor Fernando Rodríguez-Izquierdo, y queda prendada de esa literatura. Se entusiasma, y sueña con hacer algo parecido. Sigue con su lógica impecable: «Si un español ha podido traducir estas obras, yo también podría…». Sueña, y a la vez se pone manos a la obra. Recopila todo el material que encuentra sobre Japón y su idioma…, que para su frustración es muy escaso. Apenas existe un mal método y un diccionario, y con esos simples elementos, se dedica a estudiar por su cuenta, muchas veces hasta ocho horas diarias. Mes a mes. Año a año. Hasta cuatro. Lo hace como si fuera una predestinación, una necesidad vital, disfrutando cada vez que consigue descifrar los ideogramas y las sutilezas de la cultura japonesa.

Japón se convierte así en una meta a conseguir, en el asunto prioritario de su vida. En Madrid acude a todos los eventos que se realizan relacionados con el país del Sol Naciente y llega a convivir con los escasos japoneses que en aquellos años se acercan a aprender español, viviendo, de alguna manera, en un pequeño Tokio en pleno Madrid: sus amistades, las comidas, las lecturas, la decoración de su habitación habla, vibra en japonés, y con sus amigos aprende las costumbres, las tradiciones, la lengua de su deseado nuevo país.

Y, claro, se impone viajar a su soñado Japón. Llega a la isla en septiembre de 1993, sin becas ni contratos fijos, ni mayores apoyos. Acude seducida por su cultura, por su idioma, por su caligrafía… Llega y -al contrario de lo que pueda pensarse- desde el primer momento se encuentra como en casa. Japón le fascina, le deslumbra. Recorre pueblos y ciudades y se entusiasma con sus gentes, sus costumbres, su gastronomía. La intuición que había tenido hacía años de que existía otra cultura -la oriental- tan interesante como la ya conocida y vivida por ella, se corrobora.

No se siente extranjera porque Elena Gallego, ante todo, se considera ciudadana del mundo. Piensa que el planeta Tierra es amplio y acogedor y quiere campar por todos sus territorios, sorteando las fronteras mentales que dividen y distancian a hombres y mujeres.

Es posible que en alguna de sus múltiples lecturas Elena Gallego haya leído la frase de Antonio Tabucchi: «No soy más que un hombre que se esfuerza por comprender», y como el escritor italiano, también ella intenta conocer y comprender el alma de los hombres y las diversas culturas de todos los pueblos. Y piensa -como buena filóloga- que una de las mejores fórmulas para ello es hacerlo a través de los idiomas, del lenguaje, que son la expresión de la cultura, de la cosmología de los hombres: «La lengua es la forma de ver las cosas y verbalizarlas».

Sus comienzos no son cómodos. Ser pionera a veces conlleva problemas y dificultades, y si para otras persona, ante la falta de apoyos lo más lógico hubiera sido regresar a España, para Elena Gallego -mujer tenaz y perseverante- ello supone un acicate para reforzar sus deseos de comprender a fondo la cultura japonesa, de vivir en japonés. Aprende ilusionada el Chado o la ceremonia del té; el Kitsuke o el arte de vestirse con kimono, y se emociona y vibra cuando pausadamente elige un pincel y lo impregna de tinta china, y traza un ideograma que expresa sus pensamientos. La caligrafía japonesa, o Shodo, no solamente es un sistema de comunicación; supone, como en otras ceremonias y actos japoneses, un deleite espiritual con la materia, con el propio cuerpo; un acto sensorial vivido con plena conciencia: elegir el pincel, untarlo de tinta china, comenzar a dibujar/escribir los rasgos que conformarán el ideograma, pausadamente, hasta completar la idea que se quiere transmitir. Una palabra/cuadro que ha sido escrita/dibujada como lo que es: un pensamiento que a través de la mano se plasma en negro sobre blanco. Es un camino más de llegar a la perfección a través de la escritura.

el oficio de traductora. Elena Gallego va levantando los velos de una civilización refinada, sutil, diferente, que tiene una cosmología, una manera de entender la política, el humor, las relaciones personales, la Naturaleza, la escritura, el cuerpo… muy diferente a Occidente. Y quiere, necesita de alguna manera, hacer partícipes a sus conciudadanos del encanto de Japón, de la riqueza de su literatura, de la sutileza de su cultura. Conoce a Montse Watkins, periodista catalana que poco antes había fundado la editorial Luna Books dedicada a editar literatura japonesa en español, y colabora con ella. Traduce la obra de Saneatsu Mushanokoji Amistad, y lo quiere hacer de la mano de su admirado profesor Rodríguez-Izquierdo. Más tarde vierte al español El mesón con muchos pedidos, acompañada por su gran amiga Montse Watkins, y por último traduce una obra compleja, arriesgada, a la que se enfrenta sola: el libro de Ogai Mori El barco del Río Takase, ambientada en la era Edo, que utiliza un lenguaje clásico, lleno de matices, lo que le supone un desafío en su vocación de traductora del que sale airosa. No en vano su tesis doctoral -dirigida por el profesor Rodríguez-Izquierdo- había versado sobre «Las dificultades de la traducción de la literatura japonesa clásica al español».

Después de esas importantes experiencias constata que traducir es una tarea compleja, delicada, al tener que conocer muy a fondo la cultura, lengua e historia de los dos idiomas. Pero Elena Gallego asume con responsabilidad ese desafío de trasvasar la mentalidad japonesa a las pautas españolas, tan diferentes. Como ella misma dice «Lo más difícil es traducir lo que no está escrito. Una obra de literatura es una obra de arte y traducirlo también tiene que ser una obra de arte». Pero, por eso mismo, le entusiasma seguir traduciendo.

Con la misma pasión e ilusión que pone para enseñar a sus compatriotas la riqueza de la cultura y literatura japonesa, se vuelca, desde sus clases en la Universidad Sophia (fundada por los jesuitas en 1913) y en otras actividades docentes, en dar a conocer la complejidad de la cultura española. Y de la burgalesa cuando se tercia, como ha realizado escribiendo, en japonés, en el boletín de su universidad un artículo sobre la fiesta de El Colacho.

Comprueba con tristeza que la globalización en general, y la americanización en particular de la vida y de la cultura avanza inexorablemente en todo el mundo -simplificando la complejidad del ser humano-, y va conquistando amplias parcelas de su querido Japón. Elena Gallego observa con desaliento cómo Tokio se va transmutando en una copia de Nueva York, diferenciándose por los ideogramas de los letreros y las facciones de los paseantes, y su querida lengua se va dejando invadir por numerosos anglicismos que van llegando a convertir a una lengua bellísima en un vulgar japanglish.

Mientras sueña ilusionada con realizar nuevas traducciones, con culminar nuevos proyectos, Elena Gallego sigue leyendo, pensando, viajando, escribiendo sus reflexiones con su bolígrafo español o su pincel japonés, intentando captar con su tinta china la esencia del ser humano, la pluralidad de las diversas almas y soñando vivir en un mundo más complejo, menos marcado por la globalización, más flexible y lleno de matices. Una sociedad en la que todos estemos contaminados por otras culturas, por otros modos de pensar y de vivir. Recordará, de sus lecturas, las palabras de Lorca: «Es imprescindible ser uno y ser mil para sentir las cosas en todos sus matices».

…Y de vez en cuando se acercará a su querido Burgos, a descansar del agobio de la gran ciudad, y a pasear por las apacibles orillas del Arlanzón, por sus recordadas calles y plazas, y comentar con sus amigos las nuevas experiencias y sus últimas sensaciones. Y regresará, al poco, al País de los Cerezos en Flor repleta de energía, con la sensación de pertenecer a dos mundos muy diferentes y, a la vez, ser extraña a ambos. Y pensará, de nuevo con el poeta granadino: «Un español que no haya estado en Nueva York no sabe lo que es España».

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