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Vivir
Historia / El infierno en la tierra

La memoria del superviviente

R. Pérez Barredo/ Burgos - domingo, 24 de agosto de 2008
Fallece a los 94 años Matías Arranz, burgalés de Vadocondes que resistió con vida a 4 años de confinamiento en los campos de exterminio nazis de Mauthausen y Gusen

Cuando Matías Arranz regresó a Mauthausen 60 años después de la liberación de este campo de exterminio nazi, no pudo contener la emoción: sin decir una sola palabra, las lágrimas inundaron sus ojos pequeños y vivaces. La última vez que sus pies habían hollado la tierra del siniestro recinto no quedaba rastro del hombre que había sido: con la dignidad arrebatada, era un saco de huesos con piel, un ser consumido y asustadizo, un cadáver prematuro y maloliente rodeado de moscas. Tenía apenas treinta años, pero parecía un anciano al borde de la extinción. No era para menos: sobrevivir cuatro años en aquel infierno había sido un verdadero milagro.

Fallecido el pasado 13 de agosto a los 94 años de edad, Arranz, natural de la localidad ribereña de Vadocondes, habría de recordar muchas veces aquel 5 de mayo de 1945. Fue quizás el día más feliz de su vida, aunque la pesadilla de esa terrible experiencia le perseguiría siempre. Matías nunca volvió a ser el mismo. Sin embargo, desde aquella jornada en que las tropas norteamericanas liberaron el campo austríaco devolviéndole la libertad, la dignidad y la vida, no dejó un solo día del resto de su existencia de recordárselo a los suyos y a todos aquellos que quisieran escucharle. Testigo del horror, víctima de los peores instintos de la condición humana, dedicó todo su tiempo a recordarlo con un único objetivo: que nadie lo olvidara para que no volviera a repetirse.

Y eso que jamás pensó, a su llegada a las puertas del infierno en un vagón de ferrocarril destinado al ganado en enero de 1941, que llegaría a nonagenario. Nadie en su sano juicio lo hubiera hecho ante la advertencia que el oficial alemán les lanzó entonces con insolencia y desprecio: "Entráis por la puerta pero saldréis por la chimenea". «En ese momento fui consciente de lo que representaba aquello. Toda mi vida me pasó por la cabeza. Era el final de todo», recordaría años más tarde.

Aunque ese oscuro presagio cruzó su mente como un pájaro de mal agüero, Matías Arranz no se arrepentiría nunca de los caminos que tomó en su vida antes de recalar allí, donde terminaba. Su desgracia había comenzado muchos años antes, en España, tras la sublevación militar de 1936 y la posterior Guerra Civil. Cuando todo sucedió, se encontraba en Madrid. Sindicado en la UGT y militante de las Juventudes Socialistas Unificadas, no dudó en alistarse en las milicias republicanas para defender al legítimo gobierno democrático. Tras recuperarse de unas heridas producidas en un fuego cruzado en Toledo, en febrero de 1937 se alistó en la XIII Brigada Internacional Dombrowski, compuesta en su mayoría por polacos. Con ésta combatió en las principales ofensivas del Ebro, las más cruentas de la contienda. Sobrevivió a todas y, ya con la guerra perdida, cruzó la frontera por La Junquera camino del exilio.

La decepción

Allí Matías, como las decenas de miles de españoles que hicieron el mismo camino, se topó con el menosprecio francés. Lejos de ser compasivos, los galos les concentraron en campos gigantescos, a la intemperie. El burgalés recordaría aquellos días de tristeza e incertidumbre muy gráficamente: «Nos despreciaron, nos humillaron. Nuestro colchón era la arena, nuestras mantas, las nubes y para resguardarnos de la Tramontana teníamos las alambradas». Pasó varios meses refugiado en los campos de Argelès y Saint Cyprian, hasta el estallido de la II Guerra Mundial. Francia, en el punto de mira de la Alemania de Hitler, tuvo que recurrir a los españoles para su defensa. Matías fue reclutado por el ejército francés, con el que combatió en peligrosos escenarios desde Alsacia a Las Ardenas hasta la defensa de París. En junio de 1940, cuando las esvásticas ya ondeaban en los Campos Elíseos, abandonados por los mandos franceses, Matías y un grupo de soldados también españoles cayeron prisioneros en el departamento de Les Vosgues.

El 27 de enero de 1941, tras dos días sin comer ni beber, más de un millar de prisioneros españoles llegaron hacinados en vagones de ferrocarril a un pequeño pueblecito de Austria. A Matías no le sonaba de nada su nombre: Mauthausen. Aunque rápidamente supo que no lo olvidaría nunca: antes de acceder al interior de aquel siniestro recinto y de estremecerse con la advertencia del oficial alemán, pudo ver, a través de la alambrada, a un grupo de prisioneros vestidos con trajes de rayas: «eran esqueletos humanos», evocaría el burgalés.

la infamia. El recibimiento fue la antesala de lo que le esperaba: fue desnudado y por tres veces duchado con agua fría a 15 grados bajo cero; fue obligado a vestirse con un traje de rayas varias tallas más grande que la suya; fue recluido en un barracón en el que no había sitio para tumbarse a dormir; y dejó de ser Matías Arranz para adoptar una nueva identidad: el número 5.819.

Cada jornada era un suplicio: eran mal alimentados -el menú se componía de nabos cocidos y pan ácimo- y obligados a trabajar de sol a sol en un clima de humillación y terror sin límites. Cuando, meses después, Matías fue trasladado al Gusen, campo de exterminio satélite de Mauthausen, pudo comprobarlo: muchos compañeros eran asesinados por el simple capricho de un oficial, cuando no rematados por vigilantes que les veían flaquear en los trabajos forzados. Convertido en el número 10.170, el burgalés creyó que aquel lugar sería su sepultura. Se equivocó. Resistió lo que muy pocos. «De aquel infierno en el que todos los días morían veinte personas sólo se podía salir con vida con voluntad y suerte. Los primeros en morir eran los que recordaban siempre a su familia, a sus mujeres, a sus hijos, a sus padres. Fui todo lo fuerte que pude y durante meses yo no pensé en nada», rememoraría. También le acompañó la suerte: una úlcera no dolorosa le ayudó a soportar la hambruna mejor que otros compañeros.

A Gusen llegaban a diario lo que él llamaba "autocares fantasmas", vehículos que se llevaban a prisioneros que nadie volvía a ver: carne de experimentos. Se salvó por los pelos. Durante 50 meses, Matías aguantó heroicamente aquella ignominia: vio cómo se llevaban a compañeros a las cámaras de gas; olió su carne ahumada en los hornos crematorios; escuchó los gritos de los torturados sádicamente, las expiraciones de los que eran rematados con su herramienta de trabajo por los oficiales, el golpeo de los cuerpos desfallecidos que se desplomaban contra el suelo... La mayor infamia de la historia de la humanidad.

Tras la liberación del campo por las tropas norteamericanas, Matías regresó a Francia. Se casó con Ivonne, una francesa con la que tuvo dos hijas y un hijo y de la que había enviudado hacía ocho años. Trabajó hasta su jubilación como tornero. En una ocasión, en los años 60, regresó a Vadocondes, pero supo que allí no tenía futuro. Compró una coqueta casa en Palau de Vidre, una pequeña localidad cercana a Perpignan, en plena campiña francesa.

Allí, hasta el fin de sus días, trabajó incansablemente por mantener viva la memoria del horror. Hace tres años, en el acto central del 60 aniversario de la liberación de Mauthausen, habló para los medios de comunicación de todo el mundo. Los ecos de su voz resuenan todavía.

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