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Vivir

30/07/2008

Victor contra el mundo

Vivir pegado a una silla de ruedas y tener grandes dificultades para hablar hace que, para la mayoría de la gente, este joven tenga una discapacidad intelectual.

Mar camina con dificultad. Por eso se apoya en la silla de Víctor. Ambos forman un buen equipo.

Luis López Araico
Angélica González / Burgos

Tiene 31 años y toda la vida lleva arrastrando las consecuencias de un coma que padeció con apenas mes y medio. Desde entonces sufre una parálisis cerebral que se materializó en tetraplejia y bastante incapacidad para expresarse oralmente, por lo que siempre va en silla de ruedas y con un comunicador, un pequeño ordenador en el que escribe las palabras que no es capaz de verbalizar. Estas circunstancias hacen que para todo el mundo, Víctor Villar sea un chico con discapacidad intelectual pero nada más lejos de la realidad: es diplomado en Educación Social, en Relaciones Laborales y está en 4º de Pedagogía, un curriculum que tendría que hacerle acreedor de un puesto de trabajo sin mayores problemas. Pero no es así a pesar de que su nombre está en todas las bolsas de trabajo habidas y de por haber.
El de la inclusión laboral es solo uno de los muchos problemas que Víctor viene denunciando desde hace años. Para él nunca han sido un problema sus limitaciones físicas y quienes le conocen saben que es un peleón que disfruta de la vida. No es de los que se han encerrado en casa a llorar con pena por su parálisis cerebral, una discapacidad que no se entiende muy bien y se conoce peor. Se define como la consecuencia de lesiones padecidas durante la gestación, en el parto o en los primeros meses de vida y van desde lesiones prácticamente inapreciables a grandes discapacidades físicas, mentales o ambas a la vez.
Víctor es muy listo. Y un chaval comprometido que ha decidido no mirarse el ombligo. Miembro del PSOE, donde participa en varias comisiones como la de discapacidad o la de inmigración, también está involucrado con la Asociación para la Memoria Histórica para la que gestiona el correo electrónico y la página web, y es un socio activo de Amnistía Internacional organización en la que se ha involucrado para luchar contra la discriminación a las personas con discapacidad.
Y desde hace un tiempo no está solo. Su compañera, Mar Molpeces, se ha venido de Madrid para estar más cerca de él. Se conocieron hace cuatro años a raíz de una carta que Víctor escribió a una revista on line de la Confederación Española de Personas con Discapacidad Física y Orgánica (Cocemfe). «Lo que decía allí sobre nuestra situación de discriminación era tan cierto, estaba tan bien explicado y yo estaba tan de acuerdo que quise conocerle», dice Mar, que habla con menos dificultades que Víctor y puede andar.
Así que se juntaron -como suele decirse- el hambre con las ganas de comer. Mar había militado en la asociación Movimiento de Mujeres con Handicap. A esta licenciada en Historia Moderna y Contemporánea le pasa lo mismo que a su novio, que no se puede emplear en otra cosa que no sea vender un cupón (aunque trabajó en una biblioteca y en un archivo) y sufre, además de las discriminaciones propias de la parálisis cerebral, otras más concretas derivadas de su condición de mujer.
«La mujer con parálisis cerebral, al ser considerada una persona con discapacidad intelectual por la población, se ve expuesta a proposiciones sexuales e incluso tocamientos. En mi caso, me han llegado a ofrecer dinero por acostarse conmigo mientras vendía el cupón o me ha dicho algún hombre que me compraría un cupón si me iba con él», cuenta.

Barreras mentales

Pese a todo, Mar y Víctor creen que las principales barreras que se tienen que superar en la ciudad de Burgos son las mentales (además de las físicas, como el escalón que hay en la taquilla donde se venden las entradas para el Teatro Principal). Por eso piden que no les miren como a bichos raros y que no les traten con una dosis extra de paternalismo, algo que les enfada mucho, aunque no hasta el punto de no reconocer que las familias tienen mucho que ver con esto porque les someten a una gran sobreprotección desde que son niños.
«Se necesita una educación que permita un desarrollo evolutivo más normalizado y que potencie las habilidades sociales de cada persona», afirma Víctor, cuya elevada autoestima no es lo más frecuente en personas que sufren parálisis cerebral y que es fruto de la educación que le dio su familia, abierta a lo diferente y a lo nuevo. En este sentido, cree que si en Burgos hubiera mucha más diversidad el respeto sería mayor.
Considera que se trata de una ciudad cerrada y con enormes prejuicios y para ilustrarlo cuenta lo que les pasó a Mar y a él hace no muchos días. Intentaban subir a un autobús municipal con las dificultades propias de su estado cuando oyeron el siguiente comentario: «¿Pero estos chicos no iban en autobuses especiales?». La conclusión a la que llega Víctor es que la gente no escucha y ni siquiera tiene tiempo para poder ponerse a leer lo que él les quiere decir a través de su comunicador.
Ambos son críticos también con las asociaciones de parálisis cerebral. Creen que están bien para el apoyo a los niños pero que en cuanto llegan a la edad adulta se vuelcan mucho más con las personas que sufren discapacidad intelectual. Las físicas, una vez más, pasan desapercibidas. Por eso, Mar y Víctor quieren crear un colectivo específico para personas adultas y con discapacidad solo física. Allí se realizarían diferentes actividades como una escuela de padres, la difusión de lo que es esta discapacidad pero realizada por los propios afectados, apoyo psicológico y asesoramiento laboral realizado por personas con parálisis cerebral.
El proyecto aún está muy verde porque Víctor y Mar quieren ponerse en contacto con otra gente con parálisis cerebral que solo tengan afectación física (quien lo desee puede hacerlo en vitycontacto@gmail.com).

El oásis de la UBU

Pero no todo es catastrófico. Hay un lugar en el que Víctor se ha encontrado siempre muy cómodo, un espacio físico y hasta emocional al que no duda en calificar de ‘oasis’ dentro de la ciudad: la Universidad de Burgos. Allí ha pasado mucho tiempo como estudiante y asegura que no ha encontrado ningún tipo de prejuicio ante circunstancias como la suya aunque matiza que esta situación idílica la ha vivido, sobre todo, en la Facultad de Humanidades.    

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