Habían pasado cinco años desde la muerte de Fermín Monasterio cuando la enésima acción de ETA volvió a conmocionar a la sociedad burgalesa. Aquella vez sucedió en Madrid, en la calle Correo, cerquita de la Puerta del Sol, en la cafetería Rolando, que solían frecuentar muchos policías. Fue el 13 de septiembre de 1974. Una bomba explosionó en hora punta arrojando un saldo de doce muertos, todos civiles, y ochenta heridos. Entre las víctimas mortales, una joven estudiante burgalesa de 20 años: María de los Ángeles Rey.
El 5 de marzo de 1978, en Vitoria, varios policías nacionales fueron tiroteados. Dos murieron en el acto. El tercero, José Vicente Val, natural de Burgos, agonizó durante semanas hasta su fallecimiento el día 30 de ese mismo mes. El agente se convertía en el tercer burgalés muerto a manos de los pistoleros de ETA.
San Sebastián, 25 de diciembre de 1985. El cabo burgalés Rafael Melchor integra un convoy militar que es tiroteado a su paso por el barrio de Bidibieta. Melchor y otro compañero mueren sin remisión. Sólo un año más tarde, de nuevo en la capital de España, en uno de los más salvajes atentados, el de la República Dominicana -dirigido por De Juana Chaos- ETA siega la vida de nueve guardias civiles. Uno de ellos es José Joaquín García, de 21 año, natural de Condado de Valdivielso. Sucedió el 14 de julio de 1986. Es la última víctima mortal burgalesa de la banda.
Maldita presencia
Pero la huella de ETA en Burgos y en los burgaleses se ha mantenido indeleble a lo largo de estos años con otro tipo de acciones violentas. En el año 79, en Llodio (Álava), el policía burgalés Ciriaco Sanz salvó la vida después de un dramático tiroteo. Otro agente de la nacional, Eustaquio Calzada, sólo resultó herido -aunque grave- de bala en un asalto de los etarras a varios miembros de la Policía en enero de 1980. Igual suerte corrió en marzo de 2000 la guardia civil Eva Pintado cuando el blindado en el que viajaba cerca de Intxaurrondo fue objetivo de un coche bomba. Resultó herida, pero salvó la vida.
En la memoria de muchos burgaleses todavía resonarán los ecos de onda expansiva de los 60 kilos de explosivos con los que los terroristas volaron la Comisaría de la Policía Nacional de la avenida de Cantabria. Hubo medio centenar de heridos y daños materiales que, entonces, en agosto de 1990, fueron valorados en 2.000 millones de pesetas.
Otros edificios oficiales han estado en el punto de mira de los terroristas. En 1983, en la Comandancia de la Guardia Civil explosionó otra bomba con 12 kilos de Goma2 que hirió a dos personas y causó numerosos desperfectos. En junio de 1992, 25 kilos del mismo explosivo volaron parte de la casa cuartel de la Benemérita en Lerma. En junio de 2000, ETA colocó una mochila bomba entre los juzgados y la comisaría de Miranda. Hubo cuatro heridos y daños materiales. En abril del 91 el objetivo fue el Gobierno militar, pero la bomba fue desactivada. En 2003, fue localizada una maleta con explosivos cerca de Briviesca.
En 1996, ETA secuestró a José Antonio Ortega Lara. Su infierno se prolongó durante 532 días. ¿Cómo olvidarlo?