Desde que en 2005 se puso en marcha el proyecto expositivo Siglo XXI: Arte en la Catedral de Burgos, la intención de los organizadores fue recuperar el diálogo entre la Iglesia y los artistas. En esta cuarta exposición promovida por Caja de Burgos en colaboración con el Cabildo Bernardí Roig y Marina Núñez afrontan el conflicto entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, el paraíso y el infierno, como lo han hecho durante siglos artistas de todos los tiempos.
El encargado de interpretar el paraíso ha sido el artista mallorquín Bernardí Roig. Su particular cielo lo componen cinco esculturas masculinas, de resina o aluminio y absolutamente blancas, que aparecen distribuidas por el patio del claustro bajo de la Catedral en distintas posiciones.
Un hombre en actitud pensativa apoyado en el pozo, otro cargando fluorescentes como si llevara la cruz a cuestas, un tercero recostado sobre el crucero del patio, un cuarto «en altura» y el quinto reflexionando sobre las cualidades de la luz componen su interpretación del paraíso. «Son figuras ausentes, que han absorbido la luz y tienen la sabiduría dentro de ellas. Están en una situación de placidez, y en cierto modo tienen un aspecto melancólico porque el cielo es un lugar en el siempre está atardeciendo», explica el autor, que ha llenado de quietud este rincón de la Seo.
Para su propuesta se ha inspirado en el cuadro barroco del francés Nicolas Puissin, Et in Arcadia ego (Y yo en la Arcadia, interpretándose el "yo" como la muerte): «He intentado acercarme a la idea del paraíso a través de la idea de la muerte y el sepulcro. Y he intentado ocupar este espacio concentrándome, no solo en el concepto de paraíso cristiano, sino también en la idea de Arcadia o de Campos Elíseos de la mitología griega y en las Églogas de Virgilio».
Bernardí Roig (Palma de Mallorca, 1965) sitúa a sus esculturas en una especie de limbo, entre lo real y lo onírico, que invita a recorrer el patio plácidamente contemplando los cuerpos inmaculados, flácidos y serenos.
Tormentos e inquietudes
Marina Núnez (Palencia, 1966) se ha encargado de reproducir los infiernos que persiguen a la sociedad actual. Lo hace en el espacio de la sala Valentín Palencia de la Catedral, también en el claustro bajo, y en él se recrean monstruos alados, rascacielos con pinta humana, crucifixiones de ángeles, y rosetones en el suelo que dan sensación de asfixia. La artista juega con ellos en un ambiente lúgubre para imaginar «infiernos posibles, que de manera enigmática nos presentan un futuro catastrófico, arruinado, en el que pululan vestigios y despojos humanos».
En esa oscuridad iluminada por los destellos que desprenden los monstruos de Marina Núñez se presentan cuatro series concebidas como cajas de luz, proyecciones y vídeos. La primera serie alude a seres atormentados, de aspecto mutante y rodeados de ruinas y fuego que anuncian un mañana inquietante y tenebroso.
A continuación, la artista palentina se fija en los ángeles caídos y en la iconografía de Ícaro. «En ellos las alas ya no son instrumentos de poder o de libertad, sino que se han convertido en instrumentos de tortura que les mantienen inmovilizados». Tan quietos están, que parecen crucificados.
En otra serie Marina Núñez recrea unas sirenas, «que lejos de ser un mito bello, se han convertido en seres mutantes, en el resultado de algún tipo de experimento biológico, un experimento que además se ha olvidado porque aparecen encerradas en unos cimientos que ya están oxidados».
Y en la cuarta serie que completa la exposición, la artista y profesora de pintura recrea en dos vídeos el mito de la caverna de Platón, con unos ojos que están atrapados en una cueva donde habitan entes orgánicos que muestran solo sombras y apariencias que dificultan el conocimiento.
Con esta exposición titulada Luz y tinieblas ambos artistas reconocían haberse sentido cómodos con el espacio y el tema, aunque admiten que es necesario cierto coraje «para intervenir en un espacio donde los significados ya están dados». La obra de Roig y Núñez permanecerá expuesta hasta el 7 de septiembre.