Cuando recién cumplidos los 9 años dejó su La Horra natal para ir a estudiar a Olmedo (Valladolid), poco podía imaginarse Francisco de las Heras años después que llegaría a convertirse en el jefe de estudios de uno de los colegios más prestigiosos de Hong Kong. Mucho ha llovido desde que este burgalés amable y bonachón decidiera emprender una aventura de no retorno a un continente aún por explorar.
Corría entonces el año 1955 y la familia de Francisco, labradores de la Ribera del Duero, no tenía mucho que ofrecer al tercero de una extensa prole de 11 hijos. La vida religiosa en España era entonces casi la única opción de supervivencia para alguien sin recursos económicos, y lo máximo que unos padres de familia numerosa podían ofrecer a su hijo. Francisco aceptó su destino -en parte amañado por una tía monja- y se fue a la localidad vallisoletana de Olmedo para comenzar a moldear su vida.
De Olmedo a Valladolid, donde continuó su formación durante cinco años más. Encaminado ya en la senda sacerdotal, el joven Francisco invirtió un año más de su tiempo de estudios en Ocaña, donde se trasladó para realizar el noviciado y empaparse bien de los preceptos y mandatos de la vida religiosa. Cuatro años más en el convento de los Dominicos en Alcobendas (Madrid), para adquirir la experiencia suficiente para sellar el solemne compromiso que le convertiría en sacerdote. Ya con 21 años se trasladó a Ávila, donde pasó dos años más antes de regresar a Madrid, su último destino en España.
Fue cumplidos los 25 años cuando la vida de Francisco cambió para siempre. Siguiendo órdenes superiores, se le presentó la oportunidad de trasladarse a Asia para reforzar la labor docente de los Dominicos en ese inmenso continente. Ni por un momento lo dudó. «Siempre he tenido un gran interés por viajar, salir y conocer el mundo. De ninguna manera podía yo dejar pasar aquella oportunidad única de viajar a un continente que por entonces era un gran desconocido para todo el mundo», rememora Francisco en su extenso e impoluto despacho del colegio Rosaryhill.
A su llegada, realizó diversos trabajos en Taiwán, Japón y Filipinas, pero finalmente fue Hong Kong donde, tras un largo peregrinaje, encontró su morada definitiva.
LA BARRERA LINGÜÍSTICA
Claro que lo suyo tampoco fue un camino de rosas. Nada más llegar se dio cuenta de que todos los estudios que había realizado en España no le servían para nada. Imposible encontrar convalidaciones en estas lejanas tierras, en las que además, pronto se percató de la doble barrera lingüística. Por un lado, estaba el inglés oficial impuesto por los ingleses, que por entonces colonizaban el territorio hongkonés y, por otro, el enrevesado chino cantonés. La única solución pasaba por el Reino Unido, donde durante tres años cursó estudios de Religión y Psicología Educacional en las Universidades de Hull y Keele. En inglés, por supuesto, y obtener así las convalidaciones necesarias para su tarea religiosa y educativa.
«Durante mis estudios había trabajado con jóvenes en muchas ocasiones, pero cuando llegué aquí me di cuenta de que no estaba preparado. La educación que habíamos recibido era totalmente inválida y tuve que empezar prácticamente de cero», comenta Francisco con una sonrisa en la boca.
Corría el año 1972 y Francisco se encontraba de nuevo en Hong Kong, donde permanece desde entonces. Sus primeras clases fueron de español, una de las asignaturas optativas en el examen del Gobierno (Selectividad). Y se ha mantenido en la docencia activa hasta hace unos años. Ahora, por motivos de edad, se va retirando paulatinamente de la enseñanza diaria.
Fascinado por la enseñanza, Francisco reconoce que su labor docente ha eclipsado su actividad pastoral, aunque en el mismo colegio sigue celebrando Misa. Pero no se arrepiente en absoluto. De hecho, esta misión educativa es la labor más destacada que los Dominicos (también conocidos bajo el nombre de la Orden de los Predicadores) desempeñan en esta zona del planeta. No obstante, también realiza trabajos de apoyo a otras iglesias y congregaciones repartidas por Macao, Corea, Taiwán o Singapur junto a sus otros 24 compañeros que la Orden Dominica tiene destacados en Hong Kong (11 de ellos son españoles).
En la actualidad, se hace cargo de la labor administrativa de todo el centro educativo. Una tarea nada fácil, teniendo en cuenta que el colegio tiene cerca de 3.000 alumnos. Además, es el director de la sección de Primaria y del curso de Economía y Finanzas (una rama de estudios especializada que ofrece el colegio).
EL COLEGIO
El colegio Rosaryhill se encuentra en la carretera del Peak, una exclusiva zona en el centro de Hong Kong sembrada de casonas palaciegas y residencia de embajadores y cónsules, entre ellos el de España.
Aunque en Hong Kong tiene otra denominación, viene a ser una especie de colegio concertado, ya que está totalmente subvencionado por el Gobierno hongkonés en los años de enseñanza obligatoria; es decir, toda la Secundaria (niños de 12 a 18 años).
Para los niños de Primaria (4 a 11 años) y los del Jardín de Infancia (menores de 4 años) es un colegio privado en toda regla.
El Rosaryhill es un colegio católico aunque hoy por hoy sólo hay un 5% de alumnos que profesan esta fe. Nada que ver con otras épocas en las que rozaba el 60%. «La mayoría de los alumnos son arreligiosos, como la mayor parte de la población de este país», apunta Francisco.
Aún así, la religión Católica goza de gran estima, y la mayoría de las personalidades políticas y representativas de Hong Kong han sido educadas en esta religión, como el Jefe del Ejecutivo hongkonés y máximo representante en la isla de cara al Gobierno Comunista de Pekín, Donald Tseng. Las altas esferas de la sociedad hongkonesa tienen por lo común una visión positiva de los valores inherentes al catolicismo.
Y precisamente eso es lo que Francisco lleva haciendo durante 36 años: defender y predicar los valores católicos. Siguiendo el lema de la orden dominica (Laudare, Benedicere, Praedicare: Alabar, Bendecir y Predicar), Francisco advierte que su misión nunca ha sido convertir a nadie -tarea complicada en un país que mayoritariamente obedece la filosofía social del budismo-, sino «hacer conocer los principios del Catolicismo. Lo máximo a lo que aspiramos aquí es a implantar un sistema de valores generales, llamémoslos católicos, según la doctrina de la Iglesia».
un día en el colegio
Siguiendo la disciplina que imbuye todas y cada una de las actividades que los chinos realizan a diario, el colegio se rige por estrictas normas, acatadas por todos sin mayor problema.
La semana comienza con una actividad, la Asamblea, que consiste en entonar el himno de la Escuela y rezar el Padrenuestro en inglés o en chino, dependiendo de cada grupo. Esta rutina semanal se practica en el enorme patio del colegio, separados por turnos, y es considerada un símbolo de respeto y buena práctica para empezar la semana con ilusión.
Son las 8:30 de la mañana y los alumnos de Secundaria se van a sus aulas correspondientes para dar comienzo la jornada con 15 minutos de lectura individual (libros en inglés y otros idiomas).
Los de Secundaria empiezan la jornada a las 7.40 de la mañana y también dedican 15 minutos a la lectura individual, para comenzar las clases sobre las 8:10 de la mañana.
Las asignaturas son bastante parecidas en contenido a las que se imparten en las aulas españolas: Matemáticas, Inglés, Geografía, Historia, Música y Educación Física forman el grueso de las materias, que se reparten en clases de 50 minutos, con 5 minutos de descanso entre clase y clase.
Como la mayor parte de los progenitores de estos niños trabajan fuera de casa durante largas jornadas, los alumnos almuerzan en el comedor del colegio. Las clases terminan oficialmente a las 15:35 horas, aunque siempre suele haber alguna actividad extraescolar, ya sea coro, orquesta, boyscouts...
En cuanto a Religión, en Primaria cuentan con dos clases de 50 minutos a la semana, mientras que los de Secundaria tienen entre dos y tres clases a la semana, dependiendo de la elección de los padres.
El 99% de los alumnos son chinos, aunque hay gran variedad cultural: indios, nepalíes, filipinos, pakistaníes, coreanos, taiwaneses, americanos, -ningún español-... Estos forman el denominado grupo internacional y sus clases se imparten principalmente en inglés. El resto, en chino.
«La enseñanza en Hong Kong no tiene que ver nada con la enseñanza en España porque aquí los niños tienen todavía mucho respeto a sus mayores», asegura Francisco, que, si bien no ha ejercido la profesión en España, conoce bien su realidad gracias a las indicaciones de una de sus hermanas, también profesora.
«Los niños son extremadamente disciplinados y respetuosos con los profesores», puntualiza. A los tres años ya se les enseña a ponerse en pie y a saludar siempre que el profesor entra en el aula y a despedirse y darle las gracias siempre que sale.
Francisco considera que en Hong Kong todavía existe el respeto a los adultos, algo que, lamentablemente «han perdido los jóvenes y los niños españoles».
Actualmente el colegio que regenta Francisco suma 3.000 alumnos, la mitad de los que tenía hace unos años. El centro está tripulado por un equipo de unos 100 profesores más otros 100 empleados entre chóferes, oficinistas, secretarias, cocineros, servicio de limpieza...
«El profesorado es 25% católico y el resto más bien agnóstico, pero muy flexible» apunta Francisco, para quien los hongkoneses en general «no son muy religiosos en el sentido que nosotros entendemos de devotos. Aquí no son de ideología muy fuerte, yo diría que son más bien agnósticos pero son muy flexibles y respetuosos con la forma de pensar del prójimo».
LA IGLESIA EN ASIA
El nombramiento del jesuita Adolfo Nicolás como Prepósito General de la Compañía de Jesús el pasado mes de enero «supondrá una mayor influencia de los cristianos en Asia, un país que representa la mayor fuerza humana del mundo y que en estos momentos está atravesando por un boom ideológico, cultural y social muy importante!, dice Francisco. En su opinión, Nicolás tiene un extenso conocimiento de Filipinas y Japón, destinos en los que «ha trabajado de forma impecable durante muchos años» y se muestra convencido de que es una buena noticia para la Iglesia Católica. «Los jesuítas son muy influyentes en India y China, pero no lo suficiente. Hoy por hoy, Asia sigue siendo la gran asignatura pendiente de la Iglesia Católica».
En cuanto a los enfrentamientos doctrinales que durante siglos han mantenido el Vaticano y el Gobierno de China, el burgalés considera que «se están dando pasos muy positivos para un acercamiento a largo plazo». Un plazo que, en su opinión, no será suficiente para que el Papa Benedicto XVI pueda convertirse en el primer pontífice católico en pisar territorio chino, aunque «es posible que el próximo Papa, sí».
«Creo que los pasos que se están dando son muy positivos en todos los sentidos. Cada vez hay un ambiente más equilibrado en China y la gente ya empieza a practicar su fe de forma más libre, algo totalmente impensable hace unos años», añade.
Hasta ahora, y quizá debido a su aislamiento internacional «China siempre ha tenido miedo a cualquier grupo confesional con ideología adjunta», señala Francisco. «El comunismo es en sí una religión sin Dios que tiene miedo a una religión con Dios».
De ahí, las persecuciones a las que muchos sacerdotes católicos han tenido que hacer frente a lo largo de la Historia. Y de ahí, que muchos fieles y practicantes católicos chinos tengan que ejercer su fe en la clandestinidad por miedo a posibles y crueles represalias.
Francisco reconoce que nunca se ha sentido perseguido y que desde que él llegó a Asia ha notado cierta apertura por parte del régimen de Pekín, que en muchas ocasiones hace la vista gorda ante la celebración de rituales católicos en una clandestinidad por casi todos conocida.
Después de los Juegos Olímpicos de este verano, «China tendrá un tiempo muerto en el que cerrará ligeramente las puertas al exterior para analizar el impacto que su apertura y exposición internacionales han tenido en el país». Tiempo después del cual, «no tendrá más remedio que seguir abriendo las puertas y flexibilizando sus posturas», actitud que ya parece haber empezado a practicar. «China está cambiando mucho y está evolucionando a pasos agigantados en todos los terrenos, incluido el del respeto a los Derechos Humanos».