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ARTE

Ocho burgaleses participan en el proyecto 'Telas al viento'

DB - viernes, 2 de noviembre de 2007
Amaya Barahona, Igor Torres, Solaguren, Gerardo Ibáñez, Verónica Alcázar, Rosario Palacios, Luiso Orte y Oscar Ulpiano exponen sus obras en Piñor (Orense)

Un espacio natural en las faldas de la Sierra de la Magdalena, junto a la Ruta de la Plata a su paso por las tierras orensanas de Piñor, acoge hasta el 15 de noviembre una manifestación plástica a cielo abierto, congregando a 24 artistas procedentes de cinco comunidades españolas, Portugal y Rusia y 32 creaciones, desafiando tanto el espectacular paisaje como los elementos arquitectónicos donde se apoyan las telas. Ocho de ellos son los burgaleses Amaya Barahona, Igor Torres, Solaguren, Gerardo Ibáñez, Verónica Alcázar, Rosario Palacios, Luiso Orte y Oscar Ulpiano.

La intervención, bajo el slogan Telas al viento, conforma la muestra inédita de una industria que en el siglo XIX alcanzó gran resonancia en Galicia y cuya finalidad no es otra que la recuperación y revalorización de lugares cargados de sensaciones a través de la cultura contemporánea, aproximar el arte al público que no tiene por costumbre visitar los museos y galerías, además de ayudar a potenciar el medio rural.

El enclave elegido para el experimento, la fabrica de papel de Lousado, no se ha escogido al azar, sino que se ha entendido como un referente histórico donde trabajaron una decena de hombres y medio centenar de mujeres.

«Las piezas concebidas para el entorno en perfecta sincronía paisajística donde se integran, diversidad de soportes, estilos y técnicas, ayudan a apreciar de otra manera la riqueza ambiental e histórica y una ocasión para la convivencia con la tradición arquitectónica rural», explica el comisario del evento, Manuel Estévez. Más de un año de trabajo ha llevado reunir las piezas. Él mismo, se ha encargado de la selección de los autores de las obras especialmente para el emplazamiento situado próximo al monasterio cisterciense de Oseira.

Las miradas de los espectadores que traspasan la puertas de la amurallada finca baten con Quien pone las fronteras y Las heridas que no se ven de Luz Martínez, artista de Alicante y con el collage fotográfico de tendencia clásica y surrealista de la castellana, Amaya Barahona al transitar por el pasillo central del recinto.

No pasa desapercibido el trabajo de Carmen Ibarra, Memorias en la pecera, igual que la estación mística del burgalés Gerardo Ibáñez a ambos lados de los peldaños, bajo las ramas del centenario magnolio y a tan solo unos cuantos metros del Paisaje soñado plasmado por el pintor madrileño, Garya, integrándose en la atmósfera. No son impedimento para los viandantes, ni rompe con la tradición y la vanguardia, los cuatro cerdos a la hora del paseo, sino que según Estévez Diego, forman parte de la instalación como si de una performance se tratara.

El molino, la central abandonada y el canal, conforman el escenario para el concierto del agua, pero también galería natural donde exponen, Alberto Gulías y Mayte Diz Neira, Melancolía verde y Millo, tuyo y recoveco de la burgalesa Rosario Palacios Orive para fijar una moza moviendo títeres al compás de la muela volandera.

Los amantes del arte y la naturaleza que acceden al paraje, siguen las huellas de Karina Vagradova y en complicidad con los cochinos levantan la vista a los ventanales de la ya histórica industria, observando el deshielo, los días brillantes, la lluvia, el viento, la nieve y la lana, otra de las propuestas que revaloriza el entorno salida de los talleres de la valenciana Laura Correa y se quedan con el mensaje de Asun Adá, Libertad, por derecho en pro de Birmania.

Muchas de las personas lugareñas e foráneas invitadas a Lousado disfrutan de los matices logrados por el pintor portugués, Víctor Alves en consonancia con el ambiente y llamando al paseante a la cascada contigua; sonrientes con el juego y la ironía de Miranda; atentos a la máxima impresión que el vasco Altuna Akizu consigue con un mínimo de ejecución o reflexionan delante del registro en impresión digital que su autor, el dezano Fondevila, reforzó en una de las paredes laterales de la capilla, al otro lado de la puerta donde Rosario Palacios, viajera sin pausa, fijó otros estandartes al viento, insignias que participan en las procesiones de los campos de Castilla.

Un abanico imaginativo para un territorio amurallado, donde tanto se puede encontrar la procesión de Santibáñez- Zarzaguda como personajes de Luiso Orte, flotando en su propio mundo o la barca de Verónica Alcázar que trajo a todos los náufragos que llegaron a las costas del paraíso de sus sueños.

China Gril del madrileño Borja Guijarro, así como las plasmadas por Oscar Ulpiano, Igor Torres, Solaguren o Filipe Rodrigues convierten los volúmenes recónditos de la que fuera gran industria hasta 1945, las riberas del Arenteiro y Devesa o los caminos que llevan al Reino, en una paleta de colores, alentando al diálogo sobre la importancia del lugar y su restauración para fines culturales.

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