No hay en la biografía del vallisoletano, ni en su creación, tacha que le desdore el prestigio que se ganó con unas armas poco corrientes en las lides literarias. Delibes siempre fue un modelo de modestia y de humildad. Nunca se le conocieron capillas ni clientelismos. Su compromiso fue ajeno a la política, pero fuertemente imbricado con la naturaleza y con el ser humano. Un humanismo duro y áspero que se reconoce como sello de sus novelas constituyó la preocupación primordial de este hombre hecho de tierra, aire libre y convicciones de acero.
Este castellano recio, vivió todos y cada uno de los momentos clave del siglo XX. La afirmación, que parece obvia no lo es tanto, pues España tiene como línea maestra hacer pagar peaje político a los escritores. Sin embargo, Delibes defendió su independencia con una callada tozudez. La honestidad sin concesiones atrae como un canto de sirenas a quien cae en los encantos de su literatura.
Y no es que sus libros sean amables ni complacientes. En ellos no se puede sentir una brisa suave. Más bien los atraviesa el cortante viento Norte de los páramos castellanos. Su realismo seco, no exento de una poesía que surge de las piedras, del barro, del agua fría y del color el cielo, golpea con la mano de la vida. No hay nada extraño ni folletinesco en las novelas del cazador de perdices rojas. Nunca un escritor supo asimilar mejor las lecturas de infancia (Zane Grey, Oliver Courwood) como él, que transformó aquellas aventuras en las grandes praderas del Oeste americano en libros de profundo conocimiento del ser humano.
Su obra no solo se nutre de argumentos ambientados en la plena naturaleza. También practicó una especie de novela introspectiva.
Cinco horas con Mario (1966) representa un jalón ineludible en su trayectoria. A través del soliloquio de una viuda, Delibes realiza una radiografía de la sociedad de provincias y de los matrimonios imperfectos. La falacia de la clase social, la denuncia de la incultura, la hipocresía de la moralidad llevada a límites insospechados, el tradicionalismo mentecato de una mujer que durante cinco horas de velatorio monologa con su marido en un intenso ejercicio psicológico que terminó por confirmarle como un escritor de gran calibre.
Pocos años después con El Príncipe destronado (1973) ensayó otra introspección más difícil. Aunque la novelita se califique como una de las menores del autor, la visión del mundo de un niño de cinco años en la tesitura de enfrentarse a la vida sin ser el centro de atención al nacer un nuevo hermanito, constituye una vuelta de tuerca en los acerados análisis sociales de Delibes. El microcosmos familiar en el que se desenvuelve el niño refleja el otro microcosmos social y cerrado de una sociedad, la propia del tardofranquismo, condenada a desaparecer.
El camino (1950) es la crónica de la vida cotidiana en un pueblecito castellano. En esa aldea habita Daniel el Mochuelo, el niño narrador, un cronista aparentemente ingenuo que sirve al escritor para orquestar un recital a medio camino entre un suave costumbrismo y un realismo cortante. Daniel recorre todos los ritos de iniciación a la vida que debe ser toda niñez. Así comparte amistad y correrías con Roque el Moñigo, se ve sorprendido por la muerte de su amigo Germán el Tiñoso, atisba el amor en los ojosde la niña Uca-Uca e intenta comprender el complicado mundo de los adultos.
Las ratas (1962) carece de la ternura de El camino. Los protagonistas, el pequeño Nini y el tío Ratero, representan dos actitudes contrapuestas ante vida. El viejo es un hombre cerrado de mente que solo sabe hacer una cosa: cazar ratas de agua para venderlas como manjar en el pueblo próximo a la cueva donde habita. El niño, por el contrario es una mente despierta que desentona en la compañía del tío Ratero. Confrontación entre las formas de vida primitivas y el progreso, Las ratas ilustra las trágicas consecuencia que acarrea la intransigencia y la ignorancia.
1981 marca la aparición de Los santos inocentes. De factura sobria en lo formal y de una claridad narrativa sin mácula, Delibes vuelve a retomar el tono crítico hacia una serie de situaciones de orden social de enorme injusticia y doble moral. La familia de Paco el Bajo vive en condiciones precarias mientras el señorito Iván se aprovecha sin remordimientos de un servilismo heredado de tiempos pasados que se resisten a desaparecer. El clímax de la novela es violentísimo, salvaje, desgarrador, pero hay que confesarlo, el lector siente un feroz regocijo mientras Azarías repite su inocente letanía: «Milana bonita, milana bonita».
En cuanto a El hereje (1998), su última novela y culmen de su obra, es necesario decir que un canto a la libertad de culto tan vehemente es mucho más valioso si viene de un hombre de profundas convicciones católicas.