El adolescente Romel Miñoza no reconocería a su madre si se la cruzara por la calle. A cargo de su abuela desde que su progenitora emigró a Arabia Saudí, cuando él tenía dos años, es uno de los 10 millones de menores filipinos criados a miles de kilómetros de sus padres: la generación que quedó atrás.
Tiene 14 años, va impecablemente vestido con la ropa que le llega desde Oriente Medio y es un estudiante ejemplar. Pero una timidez enfermiza y el hecho de que se eche a llorar en cuanto se nombra a su madre le distinguen de los alegres niños que pueblan las calles del extrarradio de la capital. Su progenitora, sin embargo, se consuela de su soledad de emigrante al pensar que ha logrado ofrecerle una vida mejor: «Me marché para dar una educación a mi hijo y ayudar a mis padres». No puede permitirse más que una llamada a casa al mes.
Ana Riza Miñoza envía a su madre menos de 150 euros de los 307 que cobra como empleada del hogar. Ella y sus dos hermanos, que también tuvieron que ganarse la vida allí, forman parte de los ocho millones de filipinos -el 10 por ciento de los habitantes del archipiélago- que trabajan fuera de su país con el beneplácito y la promoción del Gobierno, que se sabe incapaz de emplear a toda su población y que recibe como agua de mayo los 16 billones de dólares de remesas que éstos envían cada año; nada más y nada menos que el 10 por ciento del PIB nacional.
Pero este fenómeno ha acarreado un coste social, en el que destaca la situación de estos pequeños, más vulnerables que sus compañeros de generación a abusos, fracaso escolar, embarazos prematuros, soledad, falta de autoestima o problemas con las drogas, según denunciaron organizaciones como Unicef.
feminización. «Los filipinos comenzaron a trasladarse en los 60, durante la revolución agraria, pero entonces se hacía en familia. El problema es que el patrón ha cambiado. En los 90, asistimos a una feminización del proceso», explica Grace Agcaoili, experta de Unicef.
Solo en 2007, 146.337 féminas dejaron atrás sus hogares -y sus hijos- para trabajar como enfermeras, empleadas del hogar o cuidadoras en 140 países distintos.
Mujeres que abandonaron lugares como el pueblo de Mabini, una localidad donde las típicas casas de bambú conviven con villas de estilo italiano y donde el 70 por ciento de la población se mantiene gracias al dinero enviado por sus familiares desde Milán, Roma o Turín.
«No se trata de cerrar las puertas a las mujeres que se van, sino de centrar el debate en el coste social de este tipo de movimientos migratorios. Debería ser una opción, no la única salida posible», asevera Agcaoili.
Sin embargo, en una nación con casi tres millones de parados y otros tres millones de hambrientos, según denuncian de forma vergonzante las cifras oficiales, hay ocasiones en que una encrucijada es en realidad una calle de dirección única. «Mi familia no quería que volviera para que siguiera enviando dinero», cuenta Nimfa Melegrito, madre de tres hijos y abuela de seis nietos, que pasó una década en Arabia Saudí y que ahora, ya jubilada, dirige una asociación de ayuda a emigrantes y sus familiares.
«No sé si mereció la pena. Allí tenía dinero, pero también nostalgia. Pasé varios años sin ver a mis hijos. Además, la ley allí es muy estricta. No podía ni mirar a los ojos a mi jefe, por ser hombre», recalca Melegrito, que asegura que le horroriza la perspectiva de que sus hijos se vean obligados a vivir la misma experiencia algún día.
Sin embargo, las estadísticas van en su contra. Éstas demuestran a las claras que uno de los patrones de conducta más repetidos entre los vástagos dejados atrás por los inmigrantes de este país asiático es su firme deseo de seguir los pasos de sus progenitores. Yes que es el único paso para salir de la miseria.
Basta preguntar a Romel Miñoza por sus sueños de futuro, cuando mira la televisión en el salón de casa de su abuela, presidido por una enorme Virgen de plástico: «Quiero salir de Filipinas en busca de un futuro mejor». Seguramente, le pedirá las oportunidades que su propia patria le deniega. Mejor un paria en el extranjero que pasar hambre.